CAIDA LIBRE

1 de Octubre de 2008

“…Me has dicho un secreto…”

     -dije

y antes de saltar por la ventana

pusiste un beso en el aire

que por el viento inútil fue…

                        …tratar de atrapar.

 

                        …Tratar de tomarte

imposible, cual pompa de jabón

entonces morirías, frágil, ausente

silencioso destino va hacia ti,

hacia mi.

 

Ya no importa tratar de ocultarse.

Sucede a tu silencio una tristeza,

el ciego lamentar de unos labios,

tus labios,

y retenido en tu cuerpo

eclipsado por el tiempo,

un grito de dolor.

 

Lejano está el resonar de esas dos alas

que súbitas nos dieron el amor

y aun minutos antes de cruzar por el dintel

a manos llenas le consumimos sin control.

 

Nuestro leve vuelo ha girado su bandera,

nos tendió una trampa y no podremos escapar,

ese aire que innominado te habitaba

hoy sucede a la sangre en tu latir,

el fin es lo más bajo y más profundo

ya es muy tarde, tenemos que partir.

© Jesus Angel Sanchez Juarez

El platillo volador.

13 de Septiembre de 2008

El contexto de este sueño fue un día que discutí la muerte de un perro perfectamente entrenado llamado “Fury” y cuyo dueño lamentó mucho su pérdida.

Soñé que invité a la familia de mi amigo Lalo a dar un paseo en mi “nave espacial”, que más bien era un platillo volador.

Una vez que todos estábamos a bordo del platillo, despegamos y enfilé el artefacto hacia el volcán de Colima y su pico nevado. Ya habíamos ganado suficiente altura como para contemplar una excelente panorámica desde donde se podía apreciar, allá en la lejanía, el horizonte del mar y se veían, relativamente cerca, las montañas de El Nevado.

En eso se le ocurrió a Lalo pilotear la nave y le cedí los comandos.

Pero inmediatamente Lalo perdió el control de la nave y comenzamos a zigzaguear en el viento. Cuando nos dimos cuenta que nos enfilábamos directo al pico rocoso de El Nevado todo mundo entró en pánico y gritábamos llenos de terror. La situación era desesperada pero no grave. Entonces empujé a Lalo a un lado y le dije en forma de reproche:

-“¡Lalo!, ésta nave se controla por medio de la voz,” Al tiempo que señalaba a los controles en la cabina.

-“¡STAY!,” grité en voz alta y el platillo volador de inmediato se estabilizó para el alivio de los presentes.

-“¿Ves, cabrón? son los mismos comandos que se les da a los perros,” le expliqué.

-“¡FLOW!,” le grité de nuevo a la computadora e inmediatamente la nave comenzó a deslizarse suavemente por el cielo. Brevemente le seguí explicando algunas instrucciones simples para que Lalo aprendiera a pilotear la aeronave.

-“¡FLOW HOME!,” dije con firmeza.

Con éste último comando, la nave tomó el rumbo de regreso a nuestra ciudad y pocos minutos después descendió a una de las avenidas más transitadas de Guadalajara.

Ya que estábamos dentro flujo de carros y camiones, para mi desgracia, la nave seguía un trayecto directo hacia la casa, sin respetar los señalamientos de tránsito. Así continuó y cuando se pasó unas luces rojas, le dije a manera de explicación a Lalo:

-“Bueno, ¿qué esperabas? ¡Ésta nave no está entrenada para el tránsito terrestre!”

 
© Francisco J. Carabez 3 Mayo 2007

 

El Nevado de Colima

El Nevado de Colima

Toda Esperanza Abandonada.

26 de Agosto de 2008

 

Tenía desde los seis años que no soñaba en la guerra. Hoy particularmente no podía conciliar el sueño y cuando al fin lo logré desperté al final de una larga guerra.

Era un preso guardando la fila, dentro de la última ronda, para el paredón de ejecución.

A lo lejos, el paisaje era confuso: humo, explosiones, balazos, gritos… guerra al fin.

Antes de ejecutarnos nos estaban haciendo una entrevista. Al llegar mi turno, la persona tras un escritorio me miró a los ojos y con voz seria me dijo:

-“La guerra está por terminar. Y como considero absurdo matarlos,  su fusilamiento será una farsa: fingirán caer muertos al escuchar las balas de salva. Después serán arrojados entre los cadáveres de una fosa común y allí deben permanecer silenciosos hasta que amanezca el nuevo día con la paz. Si los descubren antes serán ejecutados.”

Pues así sucedió, actuamos la farsa y fingimos estar muertos, y nos llevaron por montones al lugar citado. La guerra había secado todos nuestros sentidos, ya no percibíamos el hedor de los muertos; nuestros músculos ya se habían consumido desde hacía mucho tiempo por el miedo, la tensión constante y la miserable alimentación. Por nuestras venas corría tanta vida como la de aquellas piltrafas a las que, inmóviles, imitábamos. En nuestras mentes no quedaba siquiera un recuerdo feliz para rumiar en las largas horas de espera.

Por mucho tiempo la fosa fue un pozo de expectación. Su inmovilidad se rompió de pronto por un adolescente, de la pared contraria, que comenzó a llorar desconsoladamente y su madre trataba inútilmente de callarlo.

-“Este niño no tiene consideración para con su madre,” pensé.

Se podía sentir en el ambiente las miradas que penetraban como lanzas a la mujer, como diciendo “o callas a tu hijo o lo callamos.”

La madre desesperadamente trataba de taparle la boca, en un intento vano por sofocar los gritos del puberto.

De pronto se levantó de entre nosotros Albert Einstein, caminó furtivamente hasta llegar a un lado de niño llorón, sacó una pistola plateada y le dio un disparó en la cabeza.

Todos en la fosa, inmutables, miramos como el muchacho cayó agonizante y veíamos formarse en su nariz grandes burbujas de sangre que se reventaban con su respiración apresurada. Einstein nos miró y cual espejo, su rostro reflejaba nuestra indiferencia e insensibilidad: “¡Ya remátalo!,” dije con frialdad en silencio.

Cerré los ojos cuando escuché el segundo balazo. Cuando los abrí el rostro de la madre reflejaba alivio en lugar de dolor. Me giré y escondí entre los muertos.

Pasó el tiempo.

Ya de noche, cuando salieron las estrellas y cesaron los sonidos de disparos a lo lejos, por momentos reinó la calma.

Entre la oscuridad escuchamos una voz muy serena, de uno de nosotros, que dijo:

-“Allá, orbitando en una estrella del cinturón de Orión, está mi planeta. Es un lugar hermoso, donde nunca ha habido guerra. Y desde allá van a venir por mi, mis paisanos. Sí, van a venir por mi, estoy seguro de eso.”

Todos alzamos la vista al infinito y recordamos la serenidad de tener un tiempo de paz. Después explotamos en risas ahogadas. Sin duda era un trastornado más a causa de la maldita guerra. El chispazo de humor se extinguió rápidamente y después se perdió dentro de un siniestro letargo.

Impacientes de esperar, cobijados por la obscuridad y la aparente paz, nos atrevimos a salir de la fosa y caminamos varias horas entre las ruinas y los escombros.

Llegamos a la orilla del mar.

Nos dirigimos a una armería de reciclado y reconstrucción. Había montones de armas inservibles al aíre libre y un sin fin de piezas regadas por todo el lugar. Todos comenzamos a separar piezas para ensamblar rifles y pistolas.

Ese estúpido “extraterrestre” no sabía distinguir rondanas, tuercas y tornillos. Con el fin de que nos apoyara a construir armas, le dije con poca paciencia: “las rondanas son las planas y debes insertarlas en los tornillos que tienen forma de palito.”

Mientras separaba las piezas y ensamblaba un excelente rifle, miré en el cielo las estrellas del cinturón de Orión. “Cómo quisiera estar en el planeta de éste infeliz: sin guerra, sin prisa y sin miedo. Y poder dormir tranquilamente. Me dormiría tres horas seguidas; quizá hasta podría dormir seis horas en una sola pestañada. Me imagino que será un planeta donde sople un viento fresco y limpio; en una atmósfera cálida y donde reine un silencio profundo,” pensaba.

El sol derramaba sus primeros rayos en el horizonte cuando alguien gritó:

- “¡Corran!, que han desembarcado soldados en la playa y ya están sobre nosotros.”

Con el pánico huimos hacia el lado contrario y en desbandada veía como caían al azar los compañeros, al impactarles los misiles que desde lejos disparaban los soldados.

Los pocos que sobrevivíamos nos vimos acorralados, pues al frente,  a lo lejos había una trinchera enemiga y por la retaguardia ya nos pisaban los talones más soldados enemigos.

Con toda la esperanza abandonada y el cuerpo agotado, solté el rifle y me dejé caer.

Resoplé el polvo del suelo. Me sentí aturdido, vacío, harto y muy cansado. Me sentí imposible de poseer aunque sea una falsa ilusión como la del loco y seguir corriendo para intentar salvarme. Cerré los ojos y envidié la suerte de todos los que ya habían muerto.

Lo único que deseaba, en ése momento, era descansar -literalmente- en paz.

© Francisco J. Carabez 18 Agosto 2008

 

Albert Einstein

El Querubín

24 de Julio de 2008

Les voy a contar de un sueño que tuve anoche.

Sucede que mi primo Miguel, que es “guerrero” en las campañas y maratones etílicos, tuvo a bien la idea de matrimoniarse y me invitó a su boda que ha realizarse el siguiente sábado en San Luis. En el pasado agosto lo invité a celebrar mi cumpleaños en El Hotel Danza del Sol ubicado en un sitio dentro del ombligo de México llamado Ajijic, y quedó encantado con el lugar.

Antes de dormir, ya acostado, hice un plan maestro para asistir a su boda: El sábado saldría temprano hacia San Luis y me hospedaría en un hotel en el centro de la ciudad, de tal manera que me facilitara el traslado tanto a la celebración religiosa como a la fiesta de brindis.

Según mi sueño la boda se estaba realizando en el templo de Ajijic y por alguna razón yo llegaba a media celebración nupcial. Había tantos asistentes que no cabían en el templo y varios de ellos estaban amontonados en la puerta principal. Yo no estaba presentable para una boda, pues vestía camiseta y pantalones cortos; saludé a algunos conocidos que estaban afuera del templo y me retiré inmediatamente para cambiarme de ropa en el hotel Danza del Sol, con la intención de regresar lo más pronto posible.

Así que caminé con rumbo al hotel, y pronto me encontré subiendo por una angosta calle empedrada, con ambas hileras de casas típicas coloniales (adobe, tejas, grandes ventanas y de color blancas con la parte inferior pintada de rojo). Y subí, subí la cuesta, hasta que llegué a lo más alto. Allí la calle se terminaba dando inicio a un desfiladero; pero con una magnífica vista del Lago de Chapala y las montañas que lo rodean. Para evitar que la gente se despeñara, había una pequeña reja de madera.

Pues allí estaba yo, en el mirador contemplado aquél hermoso paisaje. Y pensé lo bueno que sería poder volar y recorrer el lago desde lo alto. Como a mi edad uno se convierte en cínico, me dije:

-“Pues a la mejor y Dios te ayuda a volar” con cierto sarcasmo.

¡No me lo van a creer! apenas había yo terminado de hablar, cuando algo me tomó de ambas mangas de la camisa y me elevó por los aires; de la misma manera con que las águilas toman a sus presas, sentí que algo me sostenía fuertemente. Auque no podía verlo directamente pude ver, por la sombras que hacíamos en las rocas del desfiladero, que se trataba de un niño.

Pero como los niños no vuelan, creo que era un querubín o un demonio en forma de niño. El caso es que, como era algo pequeño, con más tranquilidad comencé a platicar con aquél ser y mientras ganaba altura, enseguida me platico que como era exageradamente travieso, incluso más inquieto e hiperactivo que los actuales infantes, nadie lo soportaba en el cielo y no tenía amigos con quien jugar. Después de varios minutos de placentero vuelo y de charla amena, él me dijo:

-“Así como yo te he cumplido tu deseo de volar, ahora quiero que tú me cumplas un deseo.”

Me sentí chantajeado y le dije que por mi parte no le cumpliría ningún deseo, que me bajara en ese instante.

Él, enojado por mi negativa, me soltó y yo comencé a sentir el vértigo de la caída y grité de miedo al ver la cercanía de las peñas; pero enseguida él se deslizó, cual águila, atrapándome de nuevo al vuelo. Sintiéndome a salvo, reconsideré su petición y le dije:

-”¡Hombre, está bien, vamos a negociar tu deseo!”

Seguimos avanzando, y esperé a que dejáramos las rocas y nos adentráramos hacia el lago. Entonces me enteré de su deseo:

-”Quiero que hagas que Enriqueta diga que me quiere mucho antes del viernes”. Me dijo.

Pues mis estimados amigos, sucede que Enriqueta es una muy querida amiga mía, así que la propuesta fue muy indignante para mí. Analizando la situación, si me dejaba caer de nuevo, ahora caería en el agua, en lugar de las rocas. Con la certeza de sentirme ahora seguro, con mucha autoridad y coraje, le ordené a aquella “cosa” del demonio que me bajara inmediatamente:

-“¿Estás loco?, no voy a hacer tal cosa”, le grité, “y quiero que me bajes donde están aquellos pescadores secando sus redes en la orilla del lago”.

Seguramente se asustó con mi actitud de enojo, pues me bajó rápidamente y aterrizamos a la orilla del lago, cerca los botes de los pescadores. Una vez que me sentí seguro en tierra firme, comencé a discutir con el niño, y lo atrapé de los pies. El me gritaba que lo soltara, y aunque apenas momentos antes él podía con mi peso, yo trataba de que no se fuera volando. Internamente tenía el temor de que por despecho le hiciera una travesura a Enriqueta. Así pues lo sujetaba de sus pies y me tenía con mis brazos al cielo:

-“Suéltame, esto es maltrato infantil”, me gritaba entre otras estupideces y malas palabras.

Y después de momentos de forcejeo, dejó de gritar palabras y ¡comenzó a gritar en pitidos! Yo me extrañé de lo anterior. Como dejó de patalear y dejó de resistirse, bajé su cuerpo a la altura de mi pecho mientras él seguía emitiendo los pitidos. Entonces su cuerpo se esfumó convirtiéndose en ¡un reloj despertador!

En ese preciso instante me desperté con la sensación de tener un ruidoso reloj despertador entre mis manos. Efectivamente, en la vida real, mi reloj despertador estaba sonando. Me giré, estiré la mano y lo apagué. Volví a recostarme y por momentos rumié lo que sucedió en mi fantasía onírica.

© Francisco J. Carabez 13 Octubre 2006

Monte Coxalá

Monte Coxalá

Una personalidad atrayente.

23 de Junio de 2008

“El Barón los recibirá en su despacho” nos dijo el conserje de edad madura encargado de la casona vieja ubicada en un barrio del centro histórico de la ciudad, mientras caminaba al frente de nosotros para guiarnos para la entrevista concertada con anterioridad. La finca conservaba el señorío de antaño y uno se sentía transportado a los tiempos antiguos al pasar por los pasillos impecablemente conservados.

Para llegar al despacho subimos unas escales que tenían a su mitad un descanso. Antes de la oficina, había una sala de espera donde algunas personas aguardaban su turno para ser atendidos. Al llegar nos sentamos en unos cómodos sillones mis amigos y yo a esperar a que el Barón nos llamara. Sobre una mesa había una moderna pantalla de Alta Definición que serviría de recreo para hacer más amena el tiempo de espera de los visitantes.

“Aprovechando la ocasión”, se dirigió a mí el conserje, “acabamos de adquirir esta nueva pantalla, y ya que es usted entendido en estos aparatos modernos, nos complacería si hace los arreglos para que funcione correctamente”. “Con mucho gusto” contesté. Y después de algunos minutos terminé de conectar el Reproductor de Video de Alta definición con la pantalla, tomé una película incluida como obsequio por los fabricantes, la introduje al aparato que de inmediato mostró los títulos iniciales; era una película de dibujos animados por computadora y todo mundo quedó absorto ante la calidad de video y de sonido.

Apenas comenzó la trama cuando el Barón se paró en el marco de la puerta despidiendo a unas personas. Él era de ésas personas que tienen una personalidad atrayente. Al mirarme me saludó y con un ademán me pidió que me acercara. Después de saludarlo le expliqué que mis amigos tenían un negocio muy interesante que tratar con él, y que yo sólo era el contacto entre ellos y él; mis amigos se acercaron a mi señal. 

“¿Qué cuentas de nuevo?”, me preguntó cambiando de tema, le dije que acababa de conseguir el cuarteto para cuerdas K421 de Mozart en audio de alta calidad, que habría que descorchar una botella de tinto para apreciar y discutir sobre la interpretación.

Mis amigos entraban a su despacho al tiempo que yo me despedía del Barón. “¿No entras?”, me preguntó. Le dije que el negocio era idea de ellos y sólo a ellos les concernía. Que por mi parte tenía un asunto urgente que atender en la casa de mis padres. Me despedí y con celeridad salí de la casa.

Ya en la calle, abordé un taxi y desde el asiento de atrás podía apreciar que era un anciano el que manejaba, aunque sólo veía su nuca que tenía un corte de pelo corto y canoso. “A dónde vamos, joven” me preguntó al tiempo que me miraba con sus ojos grises por el espejo retrovisor. “¿Cuanto me cobrará por llevarme al Castillo?” le respondí. “Ah, el Castillo es un lugar lejos. Lo malo es que de regreso uno no encuentra clientes” me respondió a manera de justificar el precio alto que seguramente me cobraría. “Por favor dígame para ver si tengo suficiente dinero.” Dije. “Le voy a cobrar $800”. La cifra me pareció muy alta y sin ganas de negociar le pedí que detuviera el carro para bajarme.

Inesperadamente, él giró su torso y me sujetó las manos aprisionándolas contra mi pecho. Entonces fue que aprecié una marca que tenía en su frente, parecía causada por una quemadura hace mucho tiempo, que junto a sus ojos grises le daban un aspecto macabro a su rostro. Lo que terminó por paralizarme de miedo fueron sus uñas negras con forma como las que tienen las garras de cuervo, que miré cuando acercaba lentamente su mano a mi rostro haciendo una marca imaginaria sobre mi frente. Yo, paralizado, había entrado en estado de pavor. Después tocó con la asquerosa uña de su dedo índice a la vena de mi cuello, resaltada por la acelerada  palpitación de mi corazón. Seguramente a él le parecía graciosa que la vena reaccionara así con angustia del miedo.  “Lleva el mensaje” me ordenó mirando en lo profundo de mis ojos…

En ese preciso momento, me desperté boca arriba sintiendo la presión de mi brazo derecho en mi pecho y sobresaltado por la pesadilla, hice un intento por quitarme la siniestra mano que sólo existía en mis sueños. Aún tenía la boca amarga de miedo.

 © Francisco J. Carabez Víspera del día de todos los santos Noviembre 2007

Busco, busco y no busco.

12 de Mayo de 2008

- Busqué.
- Busqué y busqué.
- Busqué, busqué y no busqué.
- Busqué el encuentro fortuito.
- Busqué el misterio de lo nuevo.
- Busqué en una amistad que nacía.
- Busqué su rostro que emanaba paz serena.
- Busqué sus ojos que brillaban aún en la noche más obscura.
- Busqué su voz melodiosa que llenaba los espacios con una alegría mágica.
- Busqué la razón por la que el corazón palpitaba con el frenesí de primavera.
- Busqué la metamorfosis de amiga en amante.
- Busqué los roces tiernos.
- Busqué sus manos suaves y su abrazo efusivo.
- Busqué la sensación de saberme amado.
- Busqué su sonrisa alegre y carcajada franca.
- Busqué su compañía y su charla.
- Busqué su silueta con forma dulce.
- Busqué su piel pálida y joven.
- Busqué percibir el aroma de su flor de mujer.
- Busqué la inocencia que le robé un sábado por la tarde.
- Busqué la dicha de poseer su sensualidad en plenitud.
- Busqué su calidez.
- Busqué y ella también buscaba.
- Busqué y la encontré y me encontró y nos encontramos.
- Busqué y ahora la busco de nuevo.
- Busco.
- Busco y busco.
- Busco, busco y no busco.
- Busco porque necesito encontrarla.
- Busco para desahogar el nudo en mi garganta.
- Busco aún la redención de un pecado ya perdonado.
- Busco saldar la promesa incumplida.
- Busco borrar el recuerdo oculto en la sombra lúgubre que tiritaba bajo sus labios que embozaron una mueca disipada en un patético intento de sonrisa cuando le dije que ya no me buscara más.
- Busco porque desde entonces a diario la pienso.
- Busco porque en lo profundo de mi corazón está latente un certero “¡Sí, búscame!”
- Busco saber, después de tanto tiempo, si ella es ahora feliz.
- Busco.
- Busco y busco.
- Busco, busco y ¿qué busco?…
- Busco el olvido.

© Francisco J. Carabez 26 Abril 2008

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El Dilema de los Eruditos.

2 de Mayo de 2008

Cuando les contaba a mis amigos este relato, les aclaraba que tenía la intención de que  éste sería un cuento para ser narrado solamente; pues era muy largo para ser escrito y que jamás lo plasmaría en papel. Así que al tiempo que escribo estas palabras se aplica una variante de la definición de ironía verbal: cuando el sentido literal es opuesto al sentido real. Pero el dilema moral que descubre mi anterior “proto-mentira” es simplemente el preámbulo de otros tres dilemas morales de mayor interés, lo cuales describo brevemente.

Primer dilema moral: Del erudito en libros.

Hace mucho tiempo, cuando Occidente dormía en su sueño medieval, la Iglesia era la encargada de conservar la memoria y el conocimiento de los hombres. Antes de que se inventaran las universidades, las bibliotecas en los monasterios  guardaban la sabiduría en las obras del pasado y de aquél presente.

Humberto Eco en su libro “El nombre de la rosa” narra que en el invierno de 1327 un maestro y su discípulo fueron enviados a una  abadía que era famosa por su enorme biblioteca, para discutir una supuesta herejía de una rama de los franciscanos llamados los espirituales. Pero debido a una serie de asesinatos que se inician el mismo día en que llegaron, el maestro y el discípulo desvían su atención para resolver los crímenes.

Finalmente las sospechas recaen en el viejo bibliotecario que tenía la responsabilidad de leer todos los libros para censurar aquellos que estaban en contra del dogma; y la causa por la que cometió los crímenes era el libro del segundo tratado sobre poética de Aristóteles –supuestamente perdido- que trata sobre la risa.

Moralmente para el bibliotecario, dar a conocer el contenido de dicho libro en un mundo donde la Iglesia dominaba por medio del dolor y del miedo traería el caos en el orden de aquella sociedad obscura y reprimida donde no había cabida para la alegría.

Así que cuando el viejo se ve descubierto por los jueces, huye tratándose de esconder en el laberinto de su biblioteca, y justo antes de ser atrapado tiene que tomar una decisión desesperada: Por un lado tiene que destruir el libro por las consecuencias que su divulgación tendría en la fe de los seglares; y por otro lado sería deplorable deshacerse de la reliquia histórica que tenía en sus manos. ¿Ven el dilema? Tiene que destruirlo pero no debe destruirlo. En el último momento, el viejo hace tirones el libro y se lo traga. Al no poder destruirlo: lo deglute, lo asimila. ¡Una solución genial!

 Segundo dilema moral: Del erudito en arte.

¿Conocen la trama del libro de Thomas Harris “El silencio de los corderos”? El libro precedente es “El dragón rojo” del cual asistí a ver la película que trata de un asesino en serie que nace con un defecto físico en el rostro; razón por la que es rechazado por sus padres y finalmente su infancia transcurre en una granja al cuidado de su senil abuela quien lo amenaza con castrarlo constantemente.

El niño rechazado y traumado comienza a hacer transferencias: su ira y su rencor encuentran alivio cuando mata animales de la granja en lugar de liquidar a la anciana.

Ya independiente, de adulto, investiga a fondo la obra del pintor William Blake y se obsesiona tanto con la obra “El gran Dragón Rojo y la Mujer vestida en sol” que se la tatúa en la espalda, acto que detona su instinto latente iniciándolo como asesino serial.  

Pero cuando empieza una relación romántica con una colega ciega, su nuevo amor crea un conflicto con sus impulsos homicidas que él atribuye a la pintura original.

Así pues hace una cita con el Museo de Brooklyn para estudiar la acuarela y cuando lo dejan sólo con la obra, se le presenta la siguiente encrucijada moral: Por una parte tiene que destruir la pintura para dejar de matar y buscar una relación normal con su novia. Por otro lado se sabe incapaz de dañar una obra de invaluable calidad artística y a la cual él venera. En esa precisa escena, estando yo en el cine, -pensando para mis adentros: “que se la coma, que se la coma”- al ver que él hace pedazos la acuarela y se los lleva a la boca, me levanté emocionado de la butaca gritando “¡bravo, bravo!” ante el enfado del resto de los cinéfilos. Sin duda una escena exquisita, y una excelente solución.

  Tercer dilema moral: Del erudito en floricultura.

La conocí cuando ella tenía catorce años. Era una chica aficionada al cultivo de las flores. No lo niego, me gustaba su charla y su compañía, pero la edad era un impedimento para que surgiera un romance entre nosotros, pues yo recién entraba a los treintas.

Cuando decidí no aceptar la invitación que me hizo para su fiesta de cumpleaños número quince, ella esperó un año y lo intentó de nuevo al llevarme serenata justo antes de cumplir los dieciséis. Yo aún respetaba sus sentimientos. La evadía y me mantenía al margen tratando de guiarla con los mejores consejos que podía ofrecer; ilustrándola con la obra de los grandes genios y llenando su cabeza con un mar inmenso de posibilidades para su futuro y haciéndole entender que yo sería un ancla en su proyecto de vida.

Para no hacer el cuento largo, ante su insistencia, decidí dar una oportunidad a la muchacha.

De manera que la relación era ya profunda cuando ella cumplió los dieciocho. Para entonces se dio la ocasión donde estuvimos por fin a solas, y justo antes de intimar sexualmente ella me aclaró que su flor de mujer estaba intacta. En ese momento exacto vino a mi mente la sabiduría fruto de todos mis años de estudio y de lucha por un mundo mejor, emergiendo mis sentimientos de protección paternal. Pero por otra parte el aroma de su flor de mujer había erigido mi primavera ahora palpitante y deseosa de explotar.

¿Ven mi dilema? Dentro de mi, el erudito no debería destruir la flor, pero mi patán interno no podía dejarla intacta. Así que siguiendo la inercia, mi solución también fue brillante: me comí la flor.

 

Conclusión: Los eruditos terminan asimilando aquello en lo que son expertos.

 

© Francisco J. Carabez 30 Abril 2008

 

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Decálogo para Esquizofrénicos.

25 de Abril de 2008

Decálogo para discriminar a un personaje imaginario.

Nos hemos esmerado en hacer este documento como un intento para auxiliar a las personas que sufren en síndrome de múltiples personalidades puedan discriminar, en un momento dado, si la persona(s) con la que interactúan pertenece(n) al mundo real.

Este documento está redactado a manera de 10 reglas básicas (decálogo), que si se aplican correctamente tendrán una efectividad muy alta en la detección de personajes imaginarios. Bien, sin más preámbulos, comenzamos.

1. Un personaje Imaginario es incapaz de mover objetos físicos, por lo cual esta primera regla consiste en tentar al personaje a que mueva un objeto dado: pedirle que te alcance el salero o que te dé una cerveza si se está en la mesa son buenos métodos; aunque generalmente darán una excusa –brillante y aguda por cierto- para no hacerlo, o pretenderán ignorar el mandato. Debemos procurar hacer la petición con mucha entereza y de improviso, además de no aceptar ninguna excusa por parte de nuestro(s) interlocutor(es).

2. Aunque usualmente los personajes imaginarios son ajenos de cualquier daño físico, nosotros NO. Por lo tanto, cuando nuestro amigo nos pida que hagamos algo que atente contra nuestra integridad física, acudan, con toda propiedad y cortesía, a la educación de ceder el lugar. Por ejemplo: si van caminado por un lugar elevado –un puente, los pisos altos de un centro comercial, el borde de un precipicio- y su amigo(s) le(s) pide(n) que salten juntos ¡NO lo haga usted primero!, cédale(s) el placer de la primicia diciéndole(s) que usted saltará DESPUES de que el (ellos) salten. Antes de cualquier cosa, intente alejarse de los bordes o zonas de peligro, e intente cambiar el tema de conversación.

3. Un factor común en esos personajes es su poca o nula responsabilidad. No permitas que te convenzan de dejar de ser responsable. Tiéntalos pidiéndoles que paguen la cuenta de bar, o que hagan una tarea simple como lavar el auto o limpiar la mesa: jamás lo harán.

4. Hágale caso a su médico y tome sus medicamentos. Sin duda son el mejor remedio para exterminar brotes no deseados. Habrá que considerar los efectos secundarios como el menor de dos males: impotencia sexual, babear como idiota, viajes psicodélicos, etc.

5. Luego sucede que dichos personajes usualmente tienen un tema de conversación muy interesante; evite ser envueltos por su labia, aunque le cueste mucho mantenerse al margen de temas en extremo tentadores (música, vino, sexo, historia, drogas, libros, etc.), recuerde que cualquier cosa que ellos digan, en realidad viene de Usted mismo. La fuente de su erudición está fuera de ellos. Además considere que aunque estamos en pleno siglo diez y… er… veintiuno, la gente aún considera trastornados a aquellos que hablan en voz alta sus pensamientos.

6. Estos seres son muy interesantes y en extremo útiles; no pierda oportunidad alguna en pedirles pequeños favores: que le alcancen el salero o que le sirvan otra cerveza. Su servilismo es la razón por la que viven.

7. Deberá tener mucho cuidado cuando decida jugar con ellos a cosas verdaderamente divertidas: saltar de un puente o estrellar su auto a toda velocidad. Pues suelen tener un físico muy delicado. Véalos como si fueran mascotas delicadas.

8. Porque tienen un serio problema con su ética puritana, usualmente se apresuran en pagar la cuenta, y con servilismo asean el coche o la mesa. En el fondo son unos controladores-compulsivos que necesitan de atención médica.

9. Por lo mismo son propensos a la automedicación y si cuentan con una receta médica válida abusan de sobredosis. Hágales un favor y tire sus medicamentos en cualquier descuido. Al final se lo agradecerán.

10. Por último hay que tratarlos con la condescendencia que le tiene un abuelo a su nieto: habrá que ilustrarlos con las cosas bonitas que tiene la vida y charlar de cosas en apariencia triviales como filosofía, teología, política. Aunque no entiendan ni pío, su mérito está en que son unos escuchas excepcionales.

Esperamos que estos simples consejos les ayuden tanto como nos han ayudado a nosotros.

Atte: Alter-Ego y Yo.

© Francisco y Javier Carabez 25 Abril 2008

 

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Los Compadres

21 de Abril de 2008

-“Deja caliento para escribir un cuento.”

Muchas veces nos instalamos temporalmente en una mentalidad por un lapso de tiempo indefinido, el cual puede prolongarse por el resto de nuestra vida.

-“Aja, muy lindo, pero ahora ¡escribe algo con sentido!”
-“¡Va!.”

Yo pienso que el mar no es inmenso como mucha gente románticamente lo afirma; y sé que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de peces, de los cuales siento particular simpatía por los que pueden saltar fuera del agua: como los delfines, las ballenas y los peces vela. Pero, siento mucha pena por las tortugas porque son muy lentas y porque más de alguna, cuando es girada sobre su concha, incapaz de voltearse por sí misma, después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana.

-“¡Tu mariguanada de siempre!, ¿Ya calentaste?, bien, ahora escribe algo con genio.”
-“Si, ya estoy listo. Vamos a ver si esto es bueno. Y ya no me fastidies.”

La bruma matinal había abandonado al parque al tiempo que las copas de los árboles se impregnaban del tibio sol…

-“No, no, no… espera, incorrecto, negativo. Ese no es un buen comienzo para un cuento.”
-“¿Qué?, es mi cuento, así se comienzan en mi planeta. Déjame en paz.”
-“¿Tu planeta? ¡Estás muy, pero muy, loco!, ¿Qué droga te metiste?”
-“No te oigo, soy de palo y tengo orejas de pescado”
-“Ja, ja, estúpido infantil, no toleras críticas constructivas”
-“Continuando…”

… Mientras las aves inundaban con sus trinos y travesuras los espesos jardines  anunciando el gozo del día que comienza. Esa mañana el muchacho se había levantado muy temprano para ir a la escuela, pero en el trayecto se le ocurrió la idea de ir a jugar al parque, lo cual encontraba más interesante que las clases que recibía de su maestro, y cuidando de no ser visto desvió su camino rumbo al parque.

-“¡Es decir que se hizo la pinta!”
-“Qué bobo eres, permíteme continuar.”

Era una mañana estupenda para hacer cualquier cosa excepto asistir a las clases, por más interesantes que éstas fueran; así que buscó el lugar más discreto entre los jardines, sacó sus canicas y comenzó a jugar. El tiempo lo atrapó absorto en su recreación hasta que lo despertó el ruido de los cascos de dos caballos que golpeaban al empedrado de la calle; se asomó entre las plantas de ornato para ver a dos hombres montados en sus caballos sosteniendo una discusión acalorada.

-“¡Compadre, a Usted lo andaba buscando!” dijo un de los hombres.

-“¡Pos’ Usted dirá, compadre!” contestó el otro.

El chamaco, oculto por la maleza, dejó a un lado las canicas y atendió con curiosidad el nuevo espectáculo que la vida pueblerina le ofrecía.

-“Por allí hubieras comenzado, por ubicar que se trata del amanecer en un pueblo, ¿qué no te sabes las reglas del cuento: Introducción, desarrollo, desenlace y final?”
-“Es mi cuento y es mi estilo.”

La discusión se hizo más ardiente y los gritos más fuertes entre aquellos hombres, hasta que uno de ellos gritó: “Ya estuvo bueno, compadre” al tiempo que sacaba su machete de la vaina, el otro reaccionó sacando el suyo y el chamaco miró como ambos jinetes tomaban vuelo y se embestían haciendo que sus espadas sacaran chispas con los golpes.

Los caballos estaban agitados y sus narices resoplaban el aire de manera que los orificios de expandían pasmosamente. El niño estaba paralizado, jamás había visto pelear a dos hombres a caballo.

Después de varias estocadas uno de los hombres acertó con su machete en el cuello del otro y como llevaba la fuerza del vuelo y inercia de brioso caballo, la espada cortó del cuerpo  a la cabeza de raíz, la cual salió volando con el impulso, para caer y rodar por el suelo hasta finalmente posarse con la cara enfrente del muchacho, que espantado de ver aquella horrible escena: mirar cómo los ojos de aquella cabeza sin cuerpo parpadeaban.

Tétrico espectáculo ofrecía el cuerpo sin cabeza por otro lado, colgante de los estribos del caballo agitado mientras el jinete rival gritaba con rabia:

-“¿Eso quería?, compadre, ¡que lo matara compadre!, ¿eso quería?” 
 

Finalmente el cuerpo sin cabeza, que estaba siendo arrastrado, se desprendió del caballo y quedó yerto en medio del cause del camino. El otro hombre se retiró, tragando amarga saliva, entre las calles estrechas del pueblo.

El niño no dejaba de mirar el miembro cercenado, que ahora yacía inerte, con los ojos fijos en sus pupilas de infante. En ése ambiente hipnotizante e hipnotizador, el niño instintivamente se dirigió hacia su casa, con el recuerdo aún fresco de la sangrienta escena.

-“¿Qué más?”
-“Fin.”
-“¿Qué?, ¿Ya se acabó?, ni siquiera haz narrado el porque se pelearon los compadres.”
-“Los lectores son listos, ellos sabrás deducir el porque”
-“Yo creo que era porque uno de los compadres se metió con la comadre”
-“Cada quien deduce lo que mejor le parece”
-“Vamos, tú eres el escritor, no me dejes con la duda. ¡Ya sé! Estaban ajustando viejas deudas de juego”
-“Intencionalmente el cuento no dice el motivo de la pelea, y no pienso gastar mi tiempo en dar explicaciones obvias”
-“¿Obvias?, lo obvio es que sea lío de faldas.”
-“Ya basta.”
-“¿Por qué basta?”
-“Por que este cuento se acabó.”

© Francisco J Carabez  Ciudad Guzmán, Jalisco. Sábado 23 de junio de 2007.
 

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Sueño de utopia.

21 de Abril de 2008

Me despierto con la sensación de regresar de una ciudad distante y distinta, ubicada en un lugar muy lejano de nuestro tiempo y de nuestro espacio, donde era una persona que quería ser muy diferente. Aunque sé que han sido breves momentos los que soñé en aquél lugar, por instantes medito en su recuerdo aún fresco. Mientras me inclino hablando en voz alta a la chica que duerme a mi lado, pero sólo alcanzo a pronunciar una frase antes de darme cuenta que ella no me escucha, porque duerme. Me dejo caer suavemente sobre la cama; casi no siento mis brazos y mis piernas porque están totalmente relajados. Hemos estado en la cama toda la tarde y ya cae la noche. Cierro los ojos y hago un recuento de mi sueño, tan lúcido y tan frío:

“Comienza, mi sueño, estando yo montando un vehículo personal que flota a través de una aéreo-vía. Me parece que recorrer ese camino es algo ya cotidiano para mi y que conozco cada detalle del trayecto; pero que, por ésta ocasión, soy ajeno a aquella rutina. Los instrumentos de navegación digitales son muy simples y se parecen a los de una motocicleta; les pongo poca atención, pues el vehículo se maneja solo.

Comienza a descender a lo que sería una avenida regular –como las que hay en las ciudades de mi planeta tierra-. Me doy cuenta que en aquél lugar todos los edificios son iguales, y parece que están hechos de concreto y de cristal, sin adornos y uniformados del mismo tono grisáceo: están en un valle urbano gigantesco sin aromas, sin viento y sin árboles. Las calles son de un trazo arquitectónico soberbiamente austero, sin señalamientos, sin pintura en el pavimento. Sólo el pasto, que separa los edificios del cauce de la avenida, es el único color diferente,  porque hasta el cielo parece tener un siniestro color azul pardo oscuro.

Aunque todo está lleno de armonía y de pulcritud, parece que nadie habita en el valle silencioso. Yo me siento con prisa de llegar a un lugar que por momentos desconozco; después de un largo tiempo de pasar por las misma escena repetida de edificios fríos, comienza el terreno a dar un ligero quiebre y el vehículo flota ahora sobre la cuesta de una pequeña loma. Dentro de mí, pienso que me gustaría vivir en las cercanías de aquellos edificios de departamentos, porque, aunque iguales, al menos están en una geografía diferente a la del resto.

Para mi fortuna el vehículo se introduce a un condominio erigido en la cima de la colina; no hay elevadores ni escaleras. Sólo hay un espacio circular uniforme, entre todos los pisos del edificio, con vista a la ciudad muda. El vehículo se coloca al centro y  mientras me eleva, veo pasar las innumerables puertas, entradas de cada departamento, todas iguales: simples y blancas. Después de varias decenas, me siento impaciente, sé que debo estar dentro de mi casa a cierta hora, antes del toque de queda.

Veo a lo lejos los vigilantes, en sus naves con luces brillantes. Sé que si me alcanzan, antes de que entre a la habitación, tendré problemas; aunque no sé de qué tipo, sé que estaré en graves aprietos. Ahora veo las luces de las naves en el cielo del condominio; sé que realmente no tengo tiempo y cuando creo que están a punto de alcanzarme, veo una puerta de color amarillo tenue: ¡La puerta de mi casa, tan diferente de las demás! Con la angustia de ser casi alcanzado por la ley, la puerta me parece muy pequeña y angosta, pero aún así la abro a ¡toda prisa! y en cuanto entro, la cierro atrás de mi con celeridad.

Con más calma, contemplo la sala principal: minimalista. Todo es frugal, los muebles lisos, paredes desnudas, el piso sin adornos, el techo llano… excepto la pared que está frente al lado interno de la puerta amarilla. En ella hay un enorme sol en bajo relieve, que intenta imitar a la artesanía mexicana: con ojos enormes, cara regordeta, una amable sonrisa y teñido de naranja amarillento, rodeado de infinidad de matices, flores y fauna: ¡La pieza es como un sueño! Me siento contento y orgulloso de ver algo tan luminoso en aquél lugar siniestro. Me siento alegre por mí, porque aunque he vivido solo en aquél lugar -por lo que parece una eternidad- acabo de salvarme de romper la ley; y porque aún tengo un espacio lleno de humanidad en un lugar de utopía.

Y mientras miro a mi hermoso sol, que adorna toda una pared, que hace diferente a la casa que habito del resto de las demás en un mundo distante donde todo es igual y donde yo sueño con ser diferente. Aliviado de la angustia de ser alcanzado, cierro los ojos y suavemente me transporto a otra realidad…”

Después, me giro y abrazo a la chica, huelo su fragante cabellera y toco su cálida espalda con suave piel juvenil; pienso en la fortuna de tenerla también a ella, así como a mi sol que ilumina mi casa en mi otro planeta… mientras ella sigue dormida…en su propio mundo onírico, yo cierro los ojos y despierto, de nuevo, en mi habitación remota y vacía, pero llena ahora de calidez y de aroma. Me respaldo en mi puerta amarilla, y contemplo a mi sol; y me duermo escuchando el eco lejano de una respiración tranquila que me hace sentir acompañado y dichoso en mi mundo solitario y distante. 

© Francisco J. Carabez  01 abril de 2007

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