El Obelisco

El Obelisco: Primera parte.

¿No les ha pasado que tienen un sueño recurrente que, aunque repetitivo, cada vez que sucede hacen cosas que en otras ocasiones no se atrevieron o se aclaran detalles que hasta entonces estaban confusos?

A ése tipo de sueños les llamo Sueños Recurrente Progresivos y los he vivido desde que tenía cinco años de edad. Después de tantos años de manifestarse ausentes yo creía que ya eran parte de mi pasado onírico pero recientemente he concluido el último de ellos.

Personalmente creo que los sueños son un divertimento de la mente y por su carácter lúdico carecen de cualquier tipo de significado fuera del contexto donde se generan. Es una variante del cuento de “Las mil y una noche” narrado por nuestro discurso interno y donde el protagonista principal somos nosotros mismos.

Así pues, permítanme contarles éstos sueños recurrentes: todos ellos inician con una mañana tropical fresca y luminosa donde estamos, un grupo de amigos, paseando y divirtiéndonos con bromas y ocurrencias en El Malecón de Puerto Vallarta.

Cuando de pronto se para una camioneta todo terreno repleta de extranjeros y uno de ellos grita:

-“Necesitamos un guía que nos lleve al centro de la tierra.”

-“¡Yo seré su guía!,” respondo mientra me dirijo al vehículo.

 
Me subo a la camioneta y después de varios minutos de camino, a la altura de La Joya, dejamos la carretera para tomar una brecha que nos lleva, selva adentro, al pie de una montaña, donde está una enorme cueva que es la entrada al “centro de la tierra”.

A un lado de la entrada hay un letrero rústico que dice: “Per me si va…” parodiando el camino al infierno de la Divina Comedia.

Siguiendo el camino, dentro de la cueva, después de muchas curvas por fin se llega, supuestamente, al centro de la tierra, que en realidad es un lugar no muy diferente a la selva del exterior, incluso está igual de iluminado. Hay varios sitios interesantes para los turistas y mientras ellos se dispersan por la zona, yo por mi parte, me entretengo platicando con los nativos de aquél lugar.

Así es como en mi primer viaje conozco a un señor de nombre Durante. Era una persona ocurrente y de charla jovial. Dentro de la plática, le comenté que sería bueno para los turistas, si hubiera un lugar dónde comprar cervezas y bebidas heladas, ya que la zona carecía de comercios; para de alguna manera refrescarse del calor que hacía en el sitio.

Me despido de Durante cuando el resto del grupo está listo para partir.

Como les comenté, los sueños tienen el mismo comienzo: estoy con mis amigos en El Malecón de Puerto Vallarta cuando se detiene una camioneta todo terreno, llena de turistas y uno de ellos grita: “Necesitamos un guía para que nos lleve al centro de la tierra”, “Yo seré su guía” le respondo y acto seguido los llevo a un lugar, en lo profundo de las montañas que es, en teoría, el centro de la tierra.

En mi segundo viaje, al reconocerme Durante viene a mi encuentro y muy contento me muestra un humilde café al aire libre.

-“Seguí tu consejo y puse este pequeño negocio,” me dice jubiloso mientras me pide que lo acompañe.

En una de las mesas del café había dos personas conocidos de mi amigo, un hombre un poco mayor que Durante, llamado Nicolás y un señora de nombre Oriana. Nos sentamos con ellos y lo felicito por tan agradable lugar.

-”¿Deseas Algo de tomar?,” me pregunta Durante.

-”Una Corona, por favor,” respondo mientras entablaba conversación con los presentes.

Después de platicar de diversos temas, me piden que le describa cómo es el mundo de arriba. Yo me quedo sorprendido cuando me entero que ellos, como resto de los habitantes, no conocen otro lugar que aquella, su tierra. Les prometí contarles la historia de mi cultura.
 
En los viajes sucesivos fui testigo del progreso económico de mi amigo Durante; su pequeño café se convirtió en bar, después en restaurante. Pero al mismo tiempo se hicieron muchos cambios al pequeño pueblo en general, y dichos cambios eran hechos en base a mis comentarios y consejos. Al tiempo que los ilustraba con diversas charlas referente al estilo de vida del “mundo exterior”.

En una ocasión (recuerden que son sueños progresivos) parecían que me esperaban ansiosos, y me llevaron para mostrarme la última construcción del pueblo:

Un teatro griego de mármol blanco.

Cuando lo miré me quedé gratamente sorprendido. Era increíble que lo hayan construido tan rápido, pero sobre todo, que se hayan inspirado con tan sólo contarles un poco de la historia de la cultura de Occidente iniciada con los griegos. Era un teatro al aire libre,  con forma de semicírculo y un escenario simple. No soporté la tentación y me subí al centro y probé la acústica.

Despúes, en otro sueño, me guían al teatro griego para darme una sorpresa aún mayor. Pero para hacerlo más emocionante, me han vendado los ojos. Así comienzamos a descender la escalinata rumbo al escenario del teatro. Y justo a la mitad de las escaleras me retiran la venda.

-“¡Mira, hemos hecho un MAR!,” me dice Durante con un entusiasmo desbordado.

Yo me quedo atónito ante el espectáculo, allí frente  mi, hay un ¡MAR INMENSO!.

Y las olas revientan justo atrás del escenario.

-“¡¿Pero quien les dijo que el agua del mar es de color roja?!,” les pregunto intrigado al ver un mar color carmesí, al tiempo que esquivaba el agua que, cual sangre, se desparramaba por los primeros peldaños del teatro. Yo vestía pantalón y camisa blanca y no quería mancharme.

-“Es que vimos en el mapamundi de tu libro de historia un lugar que decía: Mar Rojo.”

Sin esperar más explicaciones, ése día me desperté carcajeándome por la ocurrencia de mis amigos.

Ja, ja, ja…

Como les comenté, lo único constante de mis sueños era el principio. Los habitantes del centro de la tierra habían transformado su aldea en todo un centro turístico. Mis tres amigos eran ya líderes políticos y económicos en su “mundo”.

Al ver su progreso les comenté que sería una buena idea hacer una glorieta y en su centro erigir un obelisco, pues para los antiguos egipcios dichos monolitos eran símbolo de estabilidad y permanencia.

-“Y de qué vamos a hacer un obelisco, si no hay canteras de granito rojo en estos lugares,” me preguntaron.

-“¡Pues de latrocinio!,” les respondí, “como todos los obeliscos de la roma antigua.”

Ése fue el último sueño que recuerdo haber tenido del “centro de la tierra”.

 

© Francisco J. Carabez (soñados entre 1992 y 1999)

 

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