Era una calle regularmente desierta donde no pasaba nada.
Yo usualmente salía al balcón, que da a ésa calle, para despejar mi mente y me entretenía mirando los racimos de mandarinas que doblaban las ramas de uno de los árboles que mis padres sembraron cuando construyeron ésta casa. Me gustaba oler las fragantes guayabas de las ramas que rebosaban sobre el barandal; y a veces me entretenía con una hoja del limón o del naranjo a la que trituraba con minucia para aspirar profundamente su delicada esencia. Además, uno que otro día, la calle se llenaba de ese aroma que el agave soltaba cuando era cocido en los hornos, dentro de la hacienda vieja que está en contra esquina, para después ser destilado en tequila.
Era, pues, la época del año cuándo, a mi balcón, el aire llegaba convertido en un carnaval de olores. Aparte de eso, en la calle no ocurría gran cosa.
Ella comenzó a pasar cotidianamente por mi calle arrastrando, sobre un carro de dos ruedas, una olla de tamales que llevaba para vender en una avenida importante, justo en la esquina donde hace parada el camión y la gente pasa con fluidez. El primer día que la miré, yo me entretenía con un par de tórtolos que construían su nidada muy cerca del nido del colibrí, en la parte alta del naranjo; ella volteó hacia arriba y nos miramos por momentos y después siguió su camino platicando con su madre. Esa mujer era hermosa como una joven palmera.
Para el tiempo en que ya no había en los árboles ni guayabas, ni naranjas, ni mandarinas y los nuevos tórtolos tomaban el sol del atardecer sobre el borde del cancel junto a sus padres, sólo el aroma de la tequilera embriagaba a la calle solitaria. Pero la muchacha seguía pasando siempre a la misma hora, todos los días. A veces acompañada por su madre, otras veces sola. Yo miraba como su vientre crecía poco a poco y para entonces su embarazo era notable.
Como les digo, esa era una calle normalmente desierta donde no sucedía nada. Para ese tiempo, sólo la sombra de tristeza que la muchacha arrastraba con su lento andar, era lo único que pasaba.
Entonces, en abril, ella comenzó a pasar con su niño en brazos, ahora siempre acompañada de su madre. Ya para esas fechas ambos evitábamos mirarnos a los ojos; yo le había hecho un pacto implícito: No juzgar y no asumir nada. A veces, cuando a lo lejos ella pasaba frente de las altas ventanas de madera a doble hoja protegidas por barras de herrería de la hacienda vieja, y yo la miraba venir, prefería abandonar el balcón, meterme en mi casa y perderme en mis asuntos; evitando así la pena de ver como ella me miraría furtivamente, para después agachar la cabeza y pasar apresuradamente.
Era, pues, una calle desierta donde no pasaba nada; hasta que ésa joven comenzó a recorrerla y entonces, cada vez que ella pasaba, la calle quedaba melancólica.
Pero un excelente día en que nuevamente los mandarinos ofrecían sus ramas repletas de frutos y las guayabas maduras se regaban por el suelo, y los limones y naranjos tenían lo suyo y el aroma a tequila recorría la calle, y la tarde era una fiesta por el trinar de las aves; justo antes de llegar al portón de mi casa la miré, pero esta vez no evitó mi mirada ni yo pude evitar la suya ¿y cómo evitarla? si ella estaba radiante y tenía en su boca una sonrisa de incontenible felicidad, pues caminando y tomada de su mano, iba el padre de su hijo con la criatura en el otro brazo. La mujer tenía una atrayente aura de alegría y ensoñación. ¡Jamás he visto a persona alguna tan llena de contento! Me dijo un breve hola y nada más. El resto salía sobrando. Después se perdieron en la lejanía de la calle.
Ya les digo, era una calle solitaria que alguna vez vio pasar a una joven intensamente feliz y desde entonces lo único que pasa, por esa calle, es su ausencia.
© Francisco J. Carabez 12 Noviembre 2008

Casa Puesta Del sol
que lindo. me recuerda un poema: el seminarista de los ojos negros, ese termina en que pasan los anos y ella se queda sentada tras la ventana esperando verlo pasar, hasta el dia en que su ataud da el ultimo recorrido frente a ella.
en fin, historias que guarda el corazon.
25,500 dias en promedio de vida aprox/mte
que mas da si nos ilusionamos o sonamos siempre de mas. solo se vive una vez.
sonrrisas y carino. diana
Sí, algo similar.
Lo escribí para no quedarme con la tentación de escribirlo!
Saludos Y sonrisas.