Archivo de Diciembre de 2008

El Burro Novelista.

Viernes, 5 de Diciembre de 2008

Soñé que era un guía turístico de una manada de burros y que les daba un recorrido por unas ruinas mayas que el mar había devorado casi por completo. Aunque el camino para llegar al sitio fue largo y cansado, a ésos animales pareció no importarles que nos haya tomado gran parte de la mañana su recorrido.

El sitio no guardaba más que un estado de abandono pero bastó para saciar el apetito cultural de los asnos.

Estábamos en lo alto de un templo desde donde se contemplaba el océano azul turquesa de un lado y kilómetros de arena blanca del otro y al final de la arena se alcanzaba a distinguir la mancha verde que hacían las palmeras en la lejanía. Antes de retirarnos del lugar les explico los efectos y peligros de las mareas, y la posibilidad de que el agua haga lagunas de hasta treinta metros de profundidad cuando la marea y la luna llena se combinan. Y ya de regreso, por la tarde, como temo de que algunos de ellos no sepan nadar, los apresuro para llegar a tierra firme.
 
Mientras ellos toman un poco la delantera por la arena, miro hacia atrás y veo en el horizonte ¡a la ola enorme de un tsunami! cierro los ojos, me doy un golpe en la cabeza y deseo que sea una simple alucinación. Miro hacia otro lado y cuando vuelvo la vista la ola ha desaparecido: “a eso le llamo controlar la situación.”

Por fortuna llegamos sanos y salvos a los establos –de 5 estrellas, eso sí- donde se hospedan los burros y desde allí contemplo la cabaña donde estamos hospedados los humanos. A éstos animales no les veo intenciones de asearse y no hay charla interesante que me entretenga con ellos. Por eso decido irme a donde están las personas.

Para mí el viaje realmente ha sido muy cansado; sudoroso y con las piernas adoloridas lo único que deseo es darme una refrescante y relajante ducha.

Cuando llego al patio de la cabaña veo que hay un burro charlando animadamente con varios hombres. Llega a mi encuentro uno de ellos y me comenta que el burro ha escrito una novela durante el tiempo que duró el recurrido de mi expedición y que por eso tiene a todo mundo lleno de admiración.

Yo muestro sumo interés en la novela y al poco tiempo estamos yo y el burro (ahora sí que literalmente el burro va al último) conversando animadamente sobre el tema; y al final éste amablemente me la presta para leerla.

¡Ése animal ha escrito toda una novela en un día; y yo, después de meses, sólo tengo un buen final para escribir la mía!

Pues allí me tienen con las 127 páginas que ha escrito esa bestia entre mis ávidas manos. Pero antes de leer siquiera el título, absorto por el asombro –y con un poco de envidia- me dirijo hacia los baños para refrescarme con la ansiada ducha.

¡Ah! porque después, cuando esté limpio, vista ropa fresca y esté relajado, la novela será un excelente festín bajo el ambiente sereno y cálido de la noche tropical, sabrosamente sazonado por la brisa de la mar.

Me meto a la ducha comunitaria que tiene una enorme regadera y de la cual pende un hilo que se jala para descargar una gran cantidad de agua revitalizadora. Con celeridad termino de asearme; pero al momento de buscar mi ropa veo que un par de iguanas la han hurtado: una lleva mi camiseta y la otra el pantalón pesquero. Así que allí estoy en el baño, desnudo, corriendo en círculos persiguiendo a las méndigas y escurridizas iguanas que llevan arrastrando mi ropa de su hocico. Al sentirse acorraladas ambas trepan a lo alto en la cuerda de la regadera y se abrazan fuertemente una contra la otra. Yo, fúrico, doy un tremendo jalón a la cuerda y las iguanas caen dolorosamente al suelo, pero sólo una de ellas deja escapar a su presa.

Tomo el pesquero que soltó el reptil y me lo pongo apresuradamente. Después las persigo hasta su cueva por donde han desaparecido y al mirar en el interior distingo que allí tienen toda mi ropa preferida las ¡muy malditas! Mientras saco a montones los trapos, me quedo atónito examinando el mal estado en que han quedado las prendas de tanto ser mordisqueadas por las iguanas: mi camisa a rayas que tanto cariño le tengo –bueno, le tenía- ha quedado inservible, al igual que mi sobria corbata gris y lo mismo para el resto. Qué lástima me da ver estropeado todo mi guardarropa. “Habrá que comprarlo todo de nuevo,” pienso con resignación. 

Lo que finalmente más me dolió fue que me desperté sin saber de qué trató la obra del burro novelista; aunque tampoco supe de qué lado mascan las iguanas.

P.D. ¡Feliz aniversario!, mi estimado Mozart, que cumplas muchos más.

© Francisco J. Carabez 18 Octubre 2008

 

¿Qué le dijo el mar al burro? Nada, ¡Burro!

¿Qué le dijo el mar al burro? Nada, ¡Burro!