Archivo de Octubre de 2008

El Obelisco II

Domingo, 5 de Octubre de 2008

El Obelisco: Segunda parte.

Creía que había cerrado el ciclo de sueños del “centro de la tierra” cuando soñé que estaba en una costa, paseando por el malecón de una ciudad turística. Al Mirar el romper de las olas de la playa cercana, reconocí casi sepultado entre el agua y la arena, el semicírculo de la parte superior de la escalinata del ¡Teatro Griego!.

!Wow! Sin duda había regresado al centro de la tierra; seguramente el calentamiento global había subido el nivel de su mar artificial provocando la inundación del teatro. Emocionado, pregunté a un policía sobre el paradero de mis tres viejos amigos. Me dijo que Durante había fallecido hacía varios años y con él su restaurante. Don Nicolás era alcalde vitalicio de la ciudad y qué Oriana tenía un burdel en la zona dorada dentro del centro de la ciudad.

Pensé en saludar primero a Doña Oriana porque a mi juicio Don Nico estaría muy ocupado en sus asuntos de gobierno.

Me dirijí a visitar al negocio de la Doña. El burdel estaba en el primer piso de un gran edificio. No pude evitar la sorpresa de ver de nuevo a mi vieja amiga; que al reconocerme, de inmediato me hizo pasar y me ofreció un trago con mucha exitación.

-”¿Qué te tomas?”

-”Whisky con soda.”

-“¿Qué te parece el lugar?,” me preguntó.

Le dije que era un lugar con mucha clase y estilo. Mi sorpresa fue mayor cuando me explicó que había sido mía la idea de hacer un lugar como aquél.

-“¿Ha sido mi idea?,” pregunté incrédulo.

Ella me recordó que en alguna ocasión le había comentado que cuando tomaba con los amigos de mi “mundo”, nos gustaba fantasear en el negocio perfecto:

-”Cuatro niveles de estacionamiento en el sótano, burdel en la planta baja y renta de cuartos en los pisos de arriba: ¡Les cobras a los clientes el estacionamiento, la bebida, el cuarto y la suripanta! Negocio redondo,” me dijo tratando de refrescarme la memoria.

-”Ja, ja, ja. Es verdad. Nunca creí que álguien lo hiciera realidad,” le comenté en son de broma.

La Señora llamó a dos damas y nos pidió que la siguiéramos. Subimos las escaleras hasta el piso siguiente y nos metimos a un cuarto.

-“Hagan lo que él les pida, mientras voy por una [botella] de [vino] tinto,” les dijo y salió de la habitación cerrando la puerta tras de si.

Al quedarnos solos, ellas me miran coquetas y yo tomando las cosas con tranquilidad, intento pedirles que pongan el segundo concierto para piano de Sergei Rachmaninov en el reproductor de discos; pero para mi desgracia no puedo pronunciar correctamente el nombre del autor, y sólo logro balbucear sonidos guturales; ellas por supuesto que no entienden el nombre que trato de vocalizar y mucho menos saben de quien se trata.

Por más que me esfuerzo, me veo incapaz de pronunciar apropiadamente “Rachmaninov”

Al poco tiempo, entra Oriana. Las chicas al ver la cara de disgusto de la señora, le dicen a manera de excusa:

-“Es que no le entendemos lo que dice,” mientras me señalan con el índice.

-“Es culpa de estas tontas,” me dice Oriana al tiempo que las toma de los cabellos, las arrastra fuera de la habitación y las arroja por las escaleras.

Yo me quedo paralizado ante la escena.

-“Espera aquí, cariño, voy por otras que sí te entiendan,” me dice.

Yo, al ver que los cuerpos ensangrentados de las mujeres no se mueven, huyo por la salida trasera del inmueble. En mi fuga, cuando estoy a media escalera, me topo con Oscar, mi amigo de parrandas, que al verme me dice:

-“Cabrón, acompáñame, vamos a hacer un trío.”

Si darle tiempo de nada, lo jalo hacia la calle y al explicarle la situación, los dos salimos corriendo por los callejones posteriores al edificio. De pasada veo a unos ancianos jazzistas de color sentados a las entradas de los condominios lúgubres, tocando desenfadadamente un sax y una armónica.

Así continuamos corriendo hasta toparnos con las ruinas de una estación de ferrocarril. Internamente me reprocho el haberles dado la mala idea de construir un ferrocarril en un lugar encerrado y pequeño como aquella ciudad, seguramente ésa no ha de haber sido una de mis mejores contribuciones.

-“Güey, vámonos al malecón,” me dice Oscar.

Agitados de tanto correr por fin llegamos a la parada de camiones en la calle principal. Le pregunto al chofer del primer camión que se para:

- “Señor, ¿va a la tierra?”

El chofer piensa que es una broma, cierra la puerta con molestia, y se va.

-“Cabrón, mejor pregunta que si va a la terminal de camiones,” me reclama Oscar al ver la reacción del conductor.

Esperamos al siguiente camión y cuando llega, esta vez pregunto:

-“Señor, ¿Va a la terminal de camiones?”

-”¿A cual necesitan ir: a la norte o a la sur?,” questiona a su vez el chofer.

-”A la que vaya, no nos importa. ¡Súbete, cabrón!,” me subo y apresuro a Oscar a que también lo haga.

Una vez arriba del vehículo, el chofer cierra las puertas y se va caminando hasta los asientos que están en la mitad del camión y al parecer sigue con una acalorada charla con el resto de los pasajeros.

El autobus es conducido por el piloto automático.

Al poco tiempo recuperamos la serenidad y nos metemos en la plática del resto de los pasajeros. De alguna manera comienzo a platicar con el chofer, que al ver que no somos de la ciudad, nos explica la historia de cada lugar de interés que está dentro del recorrido de la ruta.

Por la ventana veo la costa y su mar intensamente azúl. “Al menos han cambiado el color del agua,” pienso.

Después logro distinguir en una palapa en ruinas lo que quedó del restaurante de Durante, me dió mucha tristeza mirar el lugar.

En eso veo a lo lejos una glorieta y reconozco el obelisco, la alegría vuelve a mi rostro. Qué orgullo siento al verlo, más porque ha sido inspiración mia su construccción. Picado de vanidad, le pregunto al Señor por la historia del monolito; éste me dice, como quien muestra su más preciado trofeo:

-“Ah, joven, El Obelisco es el símbolo de nuestra ciudad, es muy antiguo y fue construido de un material en extremo raro.”

-“¡Ah Caray!, ¿Y de qué material está hecho, oiga?,” pregunto con suma curiosidad.

Cuando él me responde:

-“¡Esta hecho de latrocinio!”

Me despertó mi propia risa a carcajadas.

© Francisco J. Carabez 6 Octubre 2007.

 

-”¡La vida es corta!,” dice él.

-”… ¡y el obelisco es laaargo, laaargo!,” dice ella.

 

Ruinas de un Teatro Griego

Ruinas de un Teatro Griego

El Obelisco

Sábado, 4 de Octubre de 2008

El Obelisco: Primera parte.

¿No les ha pasado que tienen un sueño recurrente que, aunque repetitivo, cada vez que sucede hacen cosas que en otras ocasiones no se atrevieron o se aclaran detalles que hasta entonces estaban confusos?

A ése tipo de sueños les llamo Sueños Recurrente Progresivos y los he vivido desde que tenía cinco años de edad. Después de tantos años de manifestarse ausentes yo creía que ya eran parte de mi pasado onírico pero recientemente he concluido el último de ellos.

Personalmente creo que los sueños son un divertimento de la mente y por su carácter lúdico carecen de cualquier tipo de significado fuera del contexto donde se generan. Es una variante del cuento de “Las mil y una noche” narrado por nuestro discurso interno y donde el protagonista principal somos nosotros mismos.

Así pues, permítanme contarles éstos sueños recurrentes: todos ellos inician con una mañana tropical fresca y luminosa donde estamos, un grupo de amigos, paseando y divirtiéndonos con bromas y ocurrencias en El Malecón de Puerto Vallarta.

Cuando de pronto se para una camioneta todo terreno repleta de extranjeros y uno de ellos grita:

-“Necesitamos un guía que nos lleve al centro de la tierra.”

-“¡Yo seré su guía!,” respondo mientra me dirijo al vehículo.

 
Me subo a la camioneta y después de varios minutos de camino, a la altura de La Joya, dejamos la carretera para tomar una brecha que nos lleva, selva adentro, al pie de una montaña, donde está una enorme cueva que es la entrada al “centro de la tierra”.

A un lado de la entrada hay un letrero rústico que dice: “Per me si va…” parodiando el camino al infierno de la Divina Comedia.

Siguiendo el camino, dentro de la cueva, después de muchas curvas por fin se llega, supuestamente, al centro de la tierra, que en realidad es un lugar no muy diferente a la selva del exterior, incluso está igual de iluminado. Hay varios sitios interesantes para los turistas y mientras ellos se dispersan por la zona, yo por mi parte, me entretengo platicando con los nativos de aquél lugar.

Así es como en mi primer viaje conozco a un señor de nombre Durante. Era una persona ocurrente y de charla jovial. Dentro de la plática, le comenté que sería bueno para los turistas, si hubiera un lugar dónde comprar cervezas y bebidas heladas, ya que la zona carecía de comercios; para de alguna manera refrescarse del calor que hacía en el sitio.

Me despido de Durante cuando el resto del grupo está listo para partir.

Como les comenté, los sueños tienen el mismo comienzo: estoy con mis amigos en El Malecón de Puerto Vallarta cuando se detiene una camioneta todo terreno, llena de turistas y uno de ellos grita: “Necesitamos un guía para que nos lleve al centro de la tierra”, “Yo seré su guía” le respondo y acto seguido los llevo a un lugar, en lo profundo de las montañas que es, en teoría, el centro de la tierra.

En mi segundo viaje, al reconocerme Durante viene a mi encuentro y muy contento me muestra un humilde café al aire libre.

-“Seguí tu consejo y puse este pequeño negocio,” me dice jubiloso mientras me pide que lo acompañe.

En una de las mesas del café había dos personas conocidos de mi amigo, un hombre un poco mayor que Durante, llamado Nicolás y un señora de nombre Oriana. Nos sentamos con ellos y lo felicito por tan agradable lugar.

-”¿Deseas Algo de tomar?,” me pregunta Durante.

-”Una Corona, por favor,” respondo mientras entablaba conversación con los presentes.

Después de platicar de diversos temas, me piden que le describa cómo es el mundo de arriba. Yo me quedo sorprendido cuando me entero que ellos, como resto de los habitantes, no conocen otro lugar que aquella, su tierra. Les prometí contarles la historia de mi cultura.
 
En los viajes sucesivos fui testigo del progreso económico de mi amigo Durante; su pequeño café se convirtió en bar, después en restaurante. Pero al mismo tiempo se hicieron muchos cambios al pequeño pueblo en general, y dichos cambios eran hechos en base a mis comentarios y consejos. Al tiempo que los ilustraba con diversas charlas referente al estilo de vida del “mundo exterior”.

En una ocasión (recuerden que son sueños progresivos) parecían que me esperaban ansiosos, y me llevaron para mostrarme la última construcción del pueblo:

Un teatro griego de mármol blanco.

Cuando lo miré me quedé gratamente sorprendido. Era increíble que lo hayan construido tan rápido, pero sobre todo, que se hayan inspirado con tan sólo contarles un poco de la historia de la cultura de Occidente iniciada con los griegos. Era un teatro al aire libre,  con forma de semicírculo y un escenario simple. No soporté la tentación y me subí al centro y probé la acústica.

Despúes, en otro sueño, me guían al teatro griego para darme una sorpresa aún mayor. Pero para hacerlo más emocionante, me han vendado los ojos. Así comienzamos a descender la escalinata rumbo al escenario del teatro. Y justo a la mitad de las escaleras me retiran la venda.

-“¡Mira, hemos hecho un MAR!,” me dice Durante con un entusiasmo desbordado.

Yo me quedo atónito ante el espectáculo, allí frente  mi, hay un ¡MAR INMENSO!.

Y las olas revientan justo atrás del escenario.

-“¡¿Pero quien les dijo que el agua del mar es de color roja?!,” les pregunto intrigado al ver un mar color carmesí, al tiempo que esquivaba el agua que, cual sangre, se desparramaba por los primeros peldaños del teatro. Yo vestía pantalón y camisa blanca y no quería mancharme.

-“Es que vimos en el mapamundi de tu libro de historia un lugar que decía: Mar Rojo.”

Sin esperar más explicaciones, ése día me desperté carcajeándome por la ocurrencia de mis amigos.

Ja, ja, ja…

Como les comenté, lo único constante de mis sueños era el principio. Los habitantes del centro de la tierra habían transformado su aldea en todo un centro turístico. Mis tres amigos eran ya líderes políticos y económicos en su “mundo”.

Al ver su progreso les comenté que sería una buena idea hacer una glorieta y en su centro erigir un obelisco, pues para los antiguos egipcios dichos monolitos eran símbolo de estabilidad y permanencia.

-“Y de qué vamos a hacer un obelisco, si no hay canteras de granito rojo en estos lugares,” me preguntaron.

-“¡Pues de latrocinio!,” les respondí, “como todos los obeliscos de la roma antigua.”

Ése fue el último sueño que recuerdo haber tenido del “centro de la tierra”.

 

© Francisco J. Carabez (soñados entre 1992 y 1999)

 

CAIDA LIBRE

Miércoles, 1 de Octubre de 2008

“…Me has dicho un secreto…”

     -dije

y antes de saltar por la ventana

pusiste un beso en el aire

que por el viento inútil fue…

                        …tratar de atrapar.

 

                        …Tratar de tomarte

imposible, cual pompa de jabón

entonces morirías, frágil, ausente

silencioso destino va hacia ti,

hacia mi.

 

Ya no importa tratar de ocultarse.

Sucede a tu silencio una tristeza,

el ciego lamentar de unos labios,

tus labios,

y retenido en tu cuerpo

eclipsado por el tiempo,

un grito de dolor.

 

Lejano está el resonar de esas dos alas

que súbitas nos dieron el amor

y aun minutos antes de cruzar por el dintel

a manos llenas le consumimos sin control.

 

Nuestro leve vuelo ha girado su bandera,

nos tendió una trampa y no podremos escapar,

ese aire que innominado te habitaba

hoy sucede a la sangre en tu latir,

el fin es lo más bajo y más profundo

ya es muy tarde, tenemos que partir.

© Jesus Angel Sanchez Juarez