Archivo de Agosto de 2008

Toda Esperanza Abandonada.

Martes, 26 de Agosto de 2008

 

Tenía desde los seis años que no soñaba en la guerra. Hoy particularmente no podía conciliar el sueño y cuando al fin lo logré desperté al final de una larga guerra.

Era un preso guardando la fila, dentro de la última ronda, para el paredón de ejecución.

A lo lejos, el paisaje era confuso: humo, explosiones, balazos, gritos… guerra al fin.

Antes de ejecutarnos nos estaban haciendo una entrevista. Al llegar mi turno, la persona tras un escritorio me miró a los ojos y con voz seria me dijo:

-“La guerra está por terminar. Y como considero absurdo matarlos,  su fusilamiento será una farsa: fingirán caer muertos al escuchar las balas de salva. Después serán arrojados entre los cadáveres de una fosa común y allí deben permanecer silenciosos hasta que amanezca el nuevo día con la paz. Si los descubren antes serán ejecutados.”

Pues así sucedió, actuamos la farsa y fingimos estar muertos, y nos llevaron por montones al lugar citado. La guerra había secado todos nuestros sentidos, ya no percibíamos el hedor de los muertos; nuestros músculos ya se habían consumido desde hacía mucho tiempo por el miedo, la tensión constante y la miserable alimentación. Por nuestras venas corría tanta vida como la de aquellas piltrafas a las que, inmóviles, imitábamos. En nuestras mentes no quedaba siquiera un recuerdo feliz para rumiar en las largas horas de espera.

Por mucho tiempo la fosa fue un pozo de expectación. Su inmovilidad se rompió de pronto por un adolescente, de la pared contraria, que comenzó a llorar desconsoladamente y su madre trataba inútilmente de callarlo.

-“Este niño no tiene consideración para con su madre,” pensé.

Se podía sentir en el ambiente las miradas que penetraban como lanzas a la mujer, como diciendo “o callas a tu hijo o lo callamos.”

La madre desesperadamente trataba de taparle la boca, en un intento vano por sofocar los gritos del puberto.

De pronto se levantó de entre nosotros Albert Einstein, caminó furtivamente hasta llegar a un lado de niño llorón, sacó una pistola plateada y le dio un disparó en la cabeza.

Todos en la fosa, inmutables, miramos como el muchacho cayó agonizante y veíamos formarse en su nariz grandes burbujas de sangre que se reventaban con su respiración apresurada. Einstein nos miró y cual espejo, su rostro reflejaba nuestra indiferencia e insensibilidad: “¡Ya remátalo!,” dije con frialdad en silencio.

Cerré los ojos cuando escuché el segundo balazo. Cuando los abrí el rostro de la madre reflejaba alivio en lugar de dolor. Me giré y escondí entre los muertos.

Pasó el tiempo.

Ya de noche, cuando salieron las estrellas y cesaron los sonidos de disparos a lo lejos, por momentos reinó la calma.

Entre la oscuridad escuchamos una voz muy serena, de uno de nosotros, que dijo:

-“Allá, orbitando en una estrella del cinturón de Orión, está mi planeta. Es un lugar hermoso, donde nunca ha habido guerra. Y desde allá van a venir por mi, mis paisanos. Sí, van a venir por mi, estoy seguro de eso.”

Todos alzamos la vista al infinito y recordamos la serenidad de tener un tiempo de paz. Después explotamos en risas ahogadas. Sin duda era un trastornado más a causa de la maldita guerra. El chispazo de humor se extinguió rápidamente y después se perdió dentro de un siniestro letargo.

Impacientes de esperar, cobijados por la obscuridad y la aparente paz, nos atrevimos a salir de la fosa y caminamos varias horas entre las ruinas y los escombros.

Llegamos a la orilla del mar.

Nos dirigimos a una armería de reciclado y reconstrucción. Había montones de armas inservibles al aíre libre y un sin fin de piezas regadas por todo el lugar. Todos comenzamos a separar piezas para ensamblar rifles y pistolas.

Ese estúpido “extraterrestre” no sabía distinguir rondanas, tuercas y tornillos. Con el fin de que nos apoyara a construir armas, le dije con poca paciencia: “las rondanas son las planas y debes insertarlas en los tornillos que tienen forma de palito.”

Mientras separaba las piezas y ensamblaba un excelente rifle, miré en el cielo las estrellas del cinturón de Orión. “Cómo quisiera estar en el planeta de éste infeliz: sin guerra, sin prisa y sin miedo. Y poder dormir tranquilamente. Me dormiría tres horas seguidas; quizá hasta podría dormir seis horas en una sola pestañada. Me imagino que será un planeta donde sople un viento fresco y limpio; en una atmósfera cálida y donde reine un silencio profundo,” pensaba.

El sol derramaba sus primeros rayos en el horizonte cuando alguien gritó:

- “¡Corran!, que han desembarcado soldados en la playa y ya están sobre nosotros.”

Con el pánico huimos hacia el lado contrario y en desbandada veía como caían al azar los compañeros, al impactarles los misiles que desde lejos disparaban los soldados.

Los pocos que sobrevivíamos nos vimos acorralados, pues al frente,  a lo lejos había una trinchera enemiga y por la retaguardia ya nos pisaban los talones más soldados enemigos.

Con toda la esperanza abandonada y el cuerpo agotado, solté el rifle y me dejé caer.

Resoplé el polvo del suelo. Me sentí aturdido, vacío, harto y muy cansado. Me sentí imposible de poseer aunque sea una falsa ilusión como la del loco y seguir corriendo para intentar salvarme. Cerré los ojos y envidié la suerte de todos los que ya habían muerto.

Lo único que deseaba, en ése momento, era descansar -literalmente- en paz.

© Francisco J. Carabez 18 Agosto 2008

 

Albert Einstein