Archivo de Julio de 2008

El Querubín

Jueves, 24 de Julio de 2008

Les voy a contar de un sueño que tuve anoche.

Sucede que mi primo Miguel, que es “guerrero” en las campañas y maratones etílicos, tuvo a bien la idea de matrimoniarse y me invitó a su boda que ha realizarse el siguiente sábado en San Luis. En el pasado agosto lo invité a celebrar mi cumpleaños en El Hotel Danza del Sol ubicado en un sitio dentro del ombligo de México llamado Ajijic, y quedó encantado con el lugar.

Antes de dormir, ya acostado, hice un plan maestro para asistir a su boda: El sábado saldría temprano hacia San Luis y me hospedaría en un hotel en el centro de la ciudad, de tal manera que me facilitara el traslado tanto a la celebración religiosa como a la fiesta de brindis.

Según mi sueño la boda se estaba realizando en el templo de Ajijic y por alguna razón yo llegaba a media celebración nupcial. Había tantos asistentes que no cabían en el templo y varios de ellos estaban amontonados en la puerta principal. Yo no estaba presentable para una boda, pues vestía camiseta y pantalones cortos; saludé a algunos conocidos que estaban afuera del templo y me retiré inmediatamente para cambiarme de ropa en el hotel Danza del Sol, con la intención de regresar lo más pronto posible.

Así que caminé con rumbo al hotel, y pronto me encontré subiendo por una angosta calle empedrada, con ambas hileras de casas típicas coloniales (adobe, tejas, grandes ventanas y de color blancas con la parte inferior pintada de rojo). Y subí, subí la cuesta, hasta que llegué a lo más alto. Allí la calle se terminaba dando inicio a un desfiladero; pero con una magnífica vista del Lago de Chapala y las montañas que lo rodean. Para evitar que la gente se despeñara, había una pequeña reja de madera.

Pues allí estaba yo, en el mirador contemplado aquél hermoso paisaje. Y pensé lo bueno que sería poder volar y recorrer el lago desde lo alto. Como a mi edad uno se convierte en cínico, me dije:

-“Pues a la mejor y Dios te ayuda a volar” con cierto sarcasmo.

¡No me lo van a creer! apenas había yo terminado de hablar, cuando algo me tomó de ambas mangas de la camisa y me elevó por los aires; de la misma manera con que las águilas toman a sus presas, sentí que algo me sostenía fuertemente. Auque no podía verlo directamente pude ver, por la sombras que hacíamos en las rocas del desfiladero, que se trataba de un niño.

Pero como los niños no vuelan, creo que era un querubín o un demonio en forma de niño. El caso es que, como era algo pequeño, con más tranquilidad comencé a platicar con aquél ser y mientras ganaba altura, enseguida me platico que como era exageradamente travieso, incluso más inquieto e hiperactivo que los actuales infantes, nadie lo soportaba en el cielo y no tenía amigos con quien jugar. Después de varios minutos de placentero vuelo y de charla amena, él me dijo:

-“Así como yo te he cumplido tu deseo de volar, ahora quiero que tú me cumplas un deseo.”

Me sentí chantajeado y le dije que por mi parte no le cumpliría ningún deseo, que me bajara en ese instante.

Él, enojado por mi negativa, me soltó y yo comencé a sentir el vértigo de la caída y grité de miedo al ver la cercanía de las peñas; pero enseguida él se deslizó, cual águila, atrapándome de nuevo al vuelo. Sintiéndome a salvo, reconsideré su petición y le dije:

-”¡Hombre, está bien, vamos a negociar tu deseo!”

Seguimos avanzando, y esperé a que dejáramos las rocas y nos adentráramos hacia el lago. Entonces me enteré de su deseo:

-”Quiero que hagas que Enriqueta diga que me quiere mucho antes del viernes”. Me dijo.

Pues mis estimados amigos, sucede que Enriqueta es una muy querida amiga mía, así que la propuesta fue muy indignante para mí. Analizando la situación, si me dejaba caer de nuevo, ahora caería en el agua, en lugar de las rocas. Con la certeza de sentirme ahora seguro, con mucha autoridad y coraje, le ordené a aquella “cosa” del demonio que me bajara inmediatamente:

-“¿Estás loco?, no voy a hacer tal cosa”, le grité, “y quiero que me bajes donde están aquellos pescadores secando sus redes en la orilla del lago”.

Seguramente se asustó con mi actitud de enojo, pues me bajó rápidamente y aterrizamos a la orilla del lago, cerca los botes de los pescadores. Una vez que me sentí seguro en tierra firme, comencé a discutir con el niño, y lo atrapé de los pies. El me gritaba que lo soltara, y aunque apenas momentos antes él podía con mi peso, yo trataba de que no se fuera volando. Internamente tenía el temor de que por despecho le hiciera una travesura a Enriqueta. Así pues lo sujetaba de sus pies y me tenía con mis brazos al cielo:

-“Suéltame, esto es maltrato infantil”, me gritaba entre otras estupideces y malas palabras.

Y después de momentos de forcejeo, dejó de gritar palabras y ¡comenzó a gritar en pitidos! Yo me extrañé de lo anterior. Como dejó de patalear y dejó de resistirse, bajé su cuerpo a la altura de mi pecho mientras él seguía emitiendo los pitidos. Entonces su cuerpo se esfumó convirtiéndose en ¡un reloj despertador!

En ese preciso instante me desperté con la sensación de tener un ruidoso reloj despertador entre mis manos. Efectivamente, en la vida real, mi reloj despertador estaba sonando. Me giré, estiré la mano y lo apagué. Volví a recostarme y por momentos rumié lo que sucedió en mi fantasía onírica.

© Francisco J. Carabez 13 Octubre 2006

Monte Coxalá

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