“El Barón los recibirá en su despacho” nos dijo el conserje de edad madura encargado de la casona vieja ubicada en un barrio del centro histórico de la ciudad, mientras caminaba al frente de nosotros para guiarnos para la entrevista concertada con anterioridad. La finca conservaba el señorío de antaño y uno se sentía transportado a los tiempos antiguos al pasar por los pasillos impecablemente conservados.
Para llegar al despacho subimos unas escales que tenían a su mitad un descanso. Antes de la oficina, había una sala de espera donde algunas personas aguardaban su turno para ser atendidos. Al llegar nos sentamos en unos cómodos sillones mis amigos y yo a esperar a que el Barón nos llamara. Sobre una mesa había una moderna pantalla de Alta Definición que serviría de recreo para hacer más amena el tiempo de espera de los visitantes.
“Aprovechando la ocasión”, se dirigió a mí el conserje, “acabamos de adquirir esta nueva pantalla, y ya que es usted entendido en estos aparatos modernos, nos complacería si hace los arreglos para que funcione correctamente”. “Con mucho gusto” contesté. Y después de algunos minutos terminé de conectar el Reproductor de Video de Alta definición con la pantalla, tomé una película incluida como obsequio por los fabricantes, la introduje al aparato que de inmediato mostró los títulos iniciales; era una película de dibujos animados por computadora y todo mundo quedó absorto ante la calidad de video y de sonido.
Apenas comenzó la trama cuando el Barón se paró en el marco de la puerta despidiendo a unas personas. Él era de ésas personas que tienen una personalidad atrayente. Al mirarme me saludó y con un ademán me pidió que me acercara. Después de saludarlo le expliqué que mis amigos tenían un negocio muy interesante que tratar con él, y que yo sólo era el contacto entre ellos y él; mis amigos se acercaron a mi señal.
“¿Qué cuentas de nuevo?”, me preguntó cambiando de tema, le dije que acababa de conseguir el cuarteto para cuerdas K421 de Mozart en audio de alta calidad, que habría que descorchar una botella de tinto para apreciar y discutir sobre la interpretación.
Mis amigos entraban a su despacho al tiempo que yo me despedía del Barón. “¿No entras?”, me preguntó. Le dije que el negocio era idea de ellos y sólo a ellos les concernía. Que por mi parte tenía un asunto urgente que atender en la casa de mis padres. Me despedí y con celeridad salí de la casa.
Ya en la calle, abordé un taxi y desde el asiento de atrás podía apreciar que era un anciano el que manejaba, aunque sólo veía su nuca que tenía un corte de pelo corto y canoso. “A dónde vamos, joven” me preguntó al tiempo que me miraba con sus ojos grises por el espejo retrovisor. “¿Cuanto me cobrará por llevarme al Castillo?” le respondí. “Ah, el Castillo es un lugar lejos. Lo malo es que de regreso uno no encuentra clientes” me respondió a manera de justificar el precio alto que seguramente me cobraría. “Por favor dígame para ver si tengo suficiente dinero.” Dije. “Le voy a cobrar $800”. La cifra me pareció muy alta y sin ganas de negociar le pedí que detuviera el carro para bajarme.
Inesperadamente, él giró su torso y me sujetó las manos aprisionándolas contra mi pecho. Entonces fue que aprecié una marca que tenía en su frente, parecía causada por una quemadura hace mucho tiempo, que junto a sus ojos grises le daban un aspecto macabro a su rostro. Lo que terminó por paralizarme de miedo fueron sus uñas negras con forma como las que tienen las garras de cuervo, que miré cuando acercaba lentamente su mano a mi rostro haciendo una marca imaginaria sobre mi frente. Yo, paralizado, había entrado en estado de pavor. Después tocó con la asquerosa uña de su dedo índice a la vena de mi cuello, resaltada por la acelerada palpitación de mi corazón. Seguramente a él le parecía graciosa que la vena reaccionara así con angustia del miedo. “Lleva el mensaje” me ordenó mirando en lo profundo de mis ojos…
En ese preciso momento, me desperté boca arriba sintiendo la presión de mi brazo derecho en mi pecho y sobresaltado por la pesadilla, hice un intento por quitarme la siniestra mano que sólo existía en mis sueños. Aún tenía la boca amarga de miedo.
© Francisco J. Carabez Víspera del día de todos los santos Noviembre 2007
