Cuando les contaba a mis amigos este relato, les aclaraba que tenía la intención de que éste sería un cuento para ser narrado solamente; pues era muy largo para ser escrito y que jamás lo plasmaría en papel. Así que al tiempo que escribo estas palabras se aplica una variante de la definición de ironía verbal: cuando el sentido literal es opuesto al sentido real. Pero el dilema moral que descubre mi anterior “proto-mentira” es simplemente el preámbulo de otros tres dilemas morales de mayor interés, lo cuales describo brevemente.
Primer dilema moral: Del erudito en libros.
Hace mucho tiempo, cuando Occidente dormía en su sueño medieval, la Iglesia era la encargada de conservar la memoria y el conocimiento de los hombres. Antes de que se inventaran las universidades, las bibliotecas en los monasterios guardaban la sabiduría en las obras del pasado y de aquél presente.
Humberto Eco en su libro “El nombre de la rosa” narra que en el invierno de 1327 un maestro y su discípulo fueron enviados a una abadía que era famosa por su enorme biblioteca, para discutir una supuesta herejía de una rama de los franciscanos llamados los espirituales. Pero debido a una serie de asesinatos que se inician el mismo día en que llegaron, el maestro y el discípulo desvían su atención para resolver los crímenes.
Finalmente las sospechas recaen en el viejo bibliotecario que tenía la responsabilidad de leer todos los libros para censurar aquellos que estaban en contra del dogma; y la causa por la que cometió los crímenes era el libro del segundo tratado sobre poética de Aristóteles –supuestamente perdido- que trata sobre la risa.
Moralmente para el bibliotecario, dar a conocer el contenido de dicho libro en un mundo donde la Iglesia dominaba por medio del dolor y del miedo traería el caos en el orden de aquella sociedad obscura y reprimida donde no había cabida para la alegría.
Así que cuando el viejo se ve descubierto por los jueces, huye tratándose de esconder en el laberinto de su biblioteca, y justo antes de ser atrapado tiene que tomar una decisión desesperada: Por un lado tiene que destruir el libro por las consecuencias que su divulgación tendría en la fe de los seglares; y por otro lado sería deplorable deshacerse de la reliquia histórica que tenía en sus manos. ¿Ven el dilema? Tiene que destruirlo pero no debe destruirlo. En el último momento, el viejo hace tirones el libro y se lo traga. Al no poder destruirlo: lo deglute, lo asimila. ¡Una solución genial!
Segundo dilema moral: Del erudito en arte.
¿Conocen la trama del libro de Thomas Harris “El silencio de los corderos”? El libro precedente es “El dragón rojo” del cual asistí a ver la película que trata de un asesino en serie que nace con un defecto físico en el rostro; razón por la que es rechazado por sus padres y finalmente su infancia transcurre en una granja al cuidado de su senil abuela quien lo amenaza con castrarlo constantemente.
El niño rechazado y traumado comienza a hacer transferencias: su ira y su rencor encuentran alivio cuando mata animales de la granja en lugar de liquidar a la anciana.
Ya independiente, de adulto, investiga a fondo la obra del pintor William Blake y se obsesiona tanto con la obra “El gran Dragón Rojo y la Mujer vestida en sol” que se la tatúa en la espalda, acto que detona su instinto latente iniciándolo como asesino serial.
Pero cuando empieza una relación romántica con una colega ciega, su nuevo amor crea un conflicto con sus impulsos homicidas que él atribuye a la pintura original.
Así pues hace una cita con el Museo de Brooklyn para estudiar la acuarela y cuando lo dejan sólo con la obra, se le presenta la siguiente encrucijada moral: Por una parte tiene que destruir la pintura para dejar de matar y buscar una relación normal con su novia. Por otro lado se sabe incapaz de dañar una obra de invaluable calidad artística y a la cual él venera. En esa precisa escena, estando yo en el cine, -pensando para mis adentros: “que se la coma, que se la coma”- al ver que él hace pedazos la acuarela y se los lleva a la boca, me levanté emocionado de la butaca gritando “¡bravo, bravo!” ante el enfado del resto de los cinéfilos. Sin duda una escena exquisita, y una excelente solución.
Tercer dilema moral: Del erudito en floricultura.
La conocí cuando ella tenía catorce años. Era una chica aficionada al cultivo de las flores. No lo niego, me gustaba su charla y su compañía, pero la edad era un impedimento para que surgiera un romance entre nosotros, pues yo recién entraba a los treintas.
Cuando decidí no aceptar la invitación que me hizo para su fiesta de cumpleaños número quince, ella esperó un año y lo intentó de nuevo al llevarme serenata justo antes de cumplir los dieciséis. Yo aún respetaba sus sentimientos. La evadía y me mantenía al margen tratando de guiarla con los mejores consejos que podía ofrecer; ilustrándola con la obra de los grandes genios y llenando su cabeza con un mar inmenso de posibilidades para su futuro y haciéndole entender que yo sería un ancla en su proyecto de vida.
Para no hacer el cuento largo, ante su insistencia, decidí dar una oportunidad a la muchacha.
De manera que la relación era ya profunda cuando ella cumplió los dieciocho. Para entonces se dio la ocasión donde estuvimos por fin a solas, y justo antes de intimar sexualmente ella me aclaró que su flor de mujer estaba intacta. En ese momento exacto vino a mi mente la sabiduría fruto de todos mis años de estudio y de lucha por un mundo mejor, emergiendo mis sentimientos de protección paternal. Pero por otra parte el aroma de su flor de mujer había erigido mi primavera ahora palpitante y deseosa de explotar.
¿Ven mi dilema? Dentro de mi, el erudito no debería destruir la flor, pero mi patán interno no podía dejarla intacta. Así que siguiendo la inercia, mi solución también fue brillante: me comí la flor.
Conclusión: Los eruditos terminan asimilando aquello en lo que son expertos.
© Francisco J. Carabez 30 Abril 2008
