Archivo de Abril de 2008

Decálogo para Esquizofrénicos.

Viernes, 25 de Abril de 2008

Decálogo para discriminar a un personaje imaginario.

Nos hemos esmerado en hacer este documento como un intento para auxiliar a las personas que sufren en síndrome de múltiples personalidades puedan discriminar, en un momento dado, si la persona(s) con la que interactúan pertenece(n) al mundo real.

Este documento está redactado a manera de 10 reglas básicas (decálogo), que si se aplican correctamente tendrán una efectividad muy alta en la detección de personajes imaginarios. Bien, sin más preámbulos, comenzamos.

1. Un personaje Imaginario es incapaz de mover objetos físicos, por lo cual esta primera regla consiste en tentar al personaje a que mueva un objeto dado: pedirle que te alcance el salero o que te dé una cerveza si se está en la mesa son buenos métodos; aunque generalmente darán una excusa –brillante y aguda por cierto- para no hacerlo, o pretenderán ignorar el mandato. Debemos procurar hacer la petición con mucha entereza y de improviso, además de no aceptar ninguna excusa por parte de nuestro(s) interlocutor(es).

2. Aunque usualmente los personajes imaginarios son ajenos de cualquier daño físico, nosotros NO. Por lo tanto, cuando nuestro amigo nos pida que hagamos algo que atente contra nuestra integridad física, acudan, con toda propiedad y cortesía, a la educación de ceder el lugar. Por ejemplo: si van caminado por un lugar elevado –un puente, los pisos altos de un centro comercial, el borde de un precipicio- y su amigo(s) le(s) pide(n) que salten juntos ¡NO lo haga usted primero!, cédale(s) el placer de la primicia diciéndole(s) que usted saltará DESPUES de que el (ellos) salten. Antes de cualquier cosa, intente alejarse de los bordes o zonas de peligro, e intente cambiar el tema de conversación.

3. Un factor común en esos personajes es su poca o nula responsabilidad. No permitas que te convenzan de dejar de ser responsable. Tiéntalos pidiéndoles que paguen la cuenta de bar, o que hagan una tarea simple como lavar el auto o limpiar la mesa: jamás lo harán.

4. Hágale caso a su médico y tome sus medicamentos. Sin duda son el mejor remedio para exterminar brotes no deseados. Habrá que considerar los efectos secundarios como el menor de dos males: impotencia sexual, babear como idiota, viajes psicodélicos, etc.

5. Luego sucede que dichos personajes usualmente tienen un tema de conversación muy interesante; evite ser envueltos por su labia, aunque le cueste mucho mantenerse al margen de temas en extremo tentadores (música, vino, sexo, historia, drogas, libros, etc.), recuerde que cualquier cosa que ellos digan, en realidad viene de Usted mismo. La fuente de su erudición está fuera de ellos. Además considere que aunque estamos en pleno siglo diez y… er… veintiuno, la gente aún considera trastornados a aquellos que hablan en voz alta sus pensamientos.

6. Estos seres son muy interesantes y en extremo útiles; no pierda oportunidad alguna en pedirles pequeños favores: que le alcancen el salero o que le sirvan otra cerveza. Su servilismo es la razón por la que viven.

7. Deberá tener mucho cuidado cuando decida jugar con ellos a cosas verdaderamente divertidas: saltar de un puente o estrellar su auto a toda velocidad. Pues suelen tener un físico muy delicado. Véalos como si fueran mascotas delicadas.

8. Porque tienen un serio problema con su ética puritana, usualmente se apresuran en pagar la cuenta, y con servilismo asean el coche o la mesa. En el fondo son unos controladores-compulsivos que necesitan de atención médica.

9. Por lo mismo son propensos a la automedicación y si cuentan con una receta médica válida abusan de sobredosis. Hágales un favor y tire sus medicamentos en cualquier descuido. Al final se lo agradecerán.

10. Por último hay que tratarlos con la condescendencia que le tiene un abuelo a su nieto: habrá que ilustrarlos con las cosas bonitas que tiene la vida y charlar de cosas en apariencia triviales como filosofía, teología, política. Aunque no entiendan ni pío, su mérito está en que son unos escuchas excepcionales.

Esperamos que estos simples consejos les ayuden tanto como nos han ayudado a nosotros.

Atte: Alter-Ego y Yo.

© Francisco y Javier Carabez 25 Abril 2008

 

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Los Compadres

Lunes, 21 de Abril de 2008

-“Deja caliento para escribir un cuento.”

Muchas veces nos instalamos temporalmente en una mentalidad por un lapso de tiempo indefinido, el cual puede prolongarse por el resto de nuestra vida.

-“Aja, muy lindo, pero ahora ¡escribe algo con sentido!”
-“¡Va!.”

Yo pienso que el mar no es inmenso como mucha gente románticamente lo afirma; y sé que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de peces, de los cuales siento particular simpatía por los que pueden saltar fuera del agua: como los delfines, las ballenas y los peces vela. Pero, siento mucha pena por las tortugas porque son muy lentas y porque más de alguna, cuando es girada sobre su concha, incapaz de voltearse por sí misma, después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana.

-“¡Tu mariguanada de siempre!, ¿Ya calentaste?, bien, ahora escribe algo con genio.”
-“Si, ya estoy listo. Vamos a ver si esto es bueno. Y ya no me fastidies.”

La bruma matinal había abandonado al parque al tiempo que las copas de los árboles se impregnaban del tibio sol…

-“No, no, no… espera, incorrecto, negativo. Ese no es un buen comienzo para un cuento.”
-“¿Qué?, es mi cuento, así se comienzan en mi planeta. Déjame en paz.”
-“¿Tu planeta? ¡Estás muy, pero muy, loco!, ¿Qué droga te metiste?”
-“No te oigo, soy de palo y tengo orejas de pescado”
-“Ja, ja, estúpido infantil, no toleras críticas constructivas”
-“Continuando…”

… Mientras las aves inundaban con sus trinos y travesuras los espesos jardines  anunciando el gozo del día que comienza. Esa mañana el muchacho se había levantado muy temprano para ir a la escuela, pero en el trayecto se le ocurrió la idea de ir a jugar al parque, lo cual encontraba más interesante que las clases que recibía de su maestro, y cuidando de no ser visto desvió su camino rumbo al parque.

-“¡Es decir que se hizo la pinta!”
-“Qué bobo eres, permíteme continuar.”

Era una mañana estupenda para hacer cualquier cosa excepto asistir a las clases, por más interesantes que éstas fueran; así que buscó el lugar más discreto entre los jardines, sacó sus canicas y comenzó a jugar. El tiempo lo atrapó absorto en su recreación hasta que lo despertó el ruido de los cascos de dos caballos que golpeaban al empedrado de la calle; se asomó entre las plantas de ornato para ver a dos hombres montados en sus caballos sosteniendo una discusión acalorada.

-“¡Compadre, a Usted lo andaba buscando!” dijo un de los hombres.

-“¡Pos’ Usted dirá, compadre!” contestó el otro.

El chamaco, oculto por la maleza, dejó a un lado las canicas y atendió con curiosidad el nuevo espectáculo que la vida pueblerina le ofrecía.

-“Por allí hubieras comenzado, por ubicar que se trata del amanecer en un pueblo, ¿qué no te sabes las reglas del cuento: Introducción, desarrollo, desenlace y final?”
-“Es mi cuento y es mi estilo.”

La discusión se hizo más ardiente y los gritos más fuertes entre aquellos hombres, hasta que uno de ellos gritó: “Ya estuvo bueno, compadre” al tiempo que sacaba su machete de la vaina, el otro reaccionó sacando el suyo y el chamaco miró como ambos jinetes tomaban vuelo y se embestían haciendo que sus espadas sacaran chispas con los golpes.

Los caballos estaban agitados y sus narices resoplaban el aire de manera que los orificios de expandían pasmosamente. El niño estaba paralizado, jamás había visto pelear a dos hombres a caballo.

Después de varias estocadas uno de los hombres acertó con su machete en el cuello del otro y como llevaba la fuerza del vuelo y inercia de brioso caballo, la espada cortó del cuerpo  a la cabeza de raíz, la cual salió volando con el impulso, para caer y rodar por el suelo hasta finalmente posarse con la cara enfrente del muchacho, que espantado de ver aquella horrible escena: mirar cómo los ojos de aquella cabeza sin cuerpo parpadeaban.

Tétrico espectáculo ofrecía el cuerpo sin cabeza por otro lado, colgante de los estribos del caballo agitado mientras el jinete rival gritaba con rabia:

-“¿Eso quería?, compadre, ¡que lo matara compadre!, ¿eso quería?” 
 

Finalmente el cuerpo sin cabeza, que estaba siendo arrastrado, se desprendió del caballo y quedó yerto en medio del cause del camino. El otro hombre se retiró, tragando amarga saliva, entre las calles estrechas del pueblo.

El niño no dejaba de mirar el miembro cercenado, que ahora yacía inerte, con los ojos fijos en sus pupilas de infante. En ése ambiente hipnotizante e hipnotizador, el niño instintivamente se dirigió hacia su casa, con el recuerdo aún fresco de la sangrienta escena.

-“¿Qué más?”
-“Fin.”
-“¿Qué?, ¿Ya se acabó?, ni siquiera haz narrado el porque se pelearon los compadres.”
-“Los lectores son listos, ellos sabrás deducir el porque”
-“Yo creo que era porque uno de los compadres se metió con la comadre”
-“Cada quien deduce lo que mejor le parece”
-“Vamos, tú eres el escritor, no me dejes con la duda. ¡Ya sé! Estaban ajustando viejas deudas de juego”
-“Intencionalmente el cuento no dice el motivo de la pelea, y no pienso gastar mi tiempo en dar explicaciones obvias”
-“¿Obvias?, lo obvio es que sea lío de faldas.”
-“Ya basta.”
-“¿Por qué basta?”
-“Por que este cuento se acabó.”

© Francisco J Carabez  Ciudad Guzmán, Jalisco. Sábado 23 de junio de 2007.
 

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Sueño de utopia.

Lunes, 21 de Abril de 2008

Me despierto con la sensación de regresar de una ciudad distante y distinta, ubicada en un lugar muy lejano de nuestro tiempo y de nuestro espacio, donde era una persona que quería ser muy diferente. Aunque sé que han sido breves momentos los que soñé en aquél lugar, por instantes medito en su recuerdo aún fresco. Mientras me inclino hablando en voz alta a la chica que duerme a mi lado, pero sólo alcanzo a pronunciar una frase antes de darme cuenta que ella no me escucha, porque duerme. Me dejo caer suavemente sobre la cama; casi no siento mis brazos y mis piernas porque están totalmente relajados. Hemos estado en la cama toda la tarde y ya cae la noche. Cierro los ojos y hago un recuento de mi sueño, tan lúcido y tan frío:

“Comienza, mi sueño, estando yo montando un vehículo personal que flota a través de una aéreo-vía. Me parece que recorrer ese camino es algo ya cotidiano para mi y que conozco cada detalle del trayecto; pero que, por ésta ocasión, soy ajeno a aquella rutina. Los instrumentos de navegación digitales son muy simples y se parecen a los de una motocicleta; les pongo poca atención, pues el vehículo se maneja solo.

Comienza a descender a lo que sería una avenida regular –como las que hay en las ciudades de mi planeta tierra-. Me doy cuenta que en aquél lugar todos los edificios son iguales, y parece que están hechos de concreto y de cristal, sin adornos y uniformados del mismo tono grisáceo: están en un valle urbano gigantesco sin aromas, sin viento y sin árboles. Las calles son de un trazo arquitectónico soberbiamente austero, sin señalamientos, sin pintura en el pavimento. Sólo el pasto, que separa los edificios del cauce de la avenida, es el único color diferente,  porque hasta el cielo parece tener un siniestro color azul pardo oscuro.

Aunque todo está lleno de armonía y de pulcritud, parece que nadie habita en el valle silencioso. Yo me siento con prisa de llegar a un lugar que por momentos desconozco; después de un largo tiempo de pasar por las misma escena repetida de edificios fríos, comienza el terreno a dar un ligero quiebre y el vehículo flota ahora sobre la cuesta de una pequeña loma. Dentro de mí, pienso que me gustaría vivir en las cercanías de aquellos edificios de departamentos, porque, aunque iguales, al menos están en una geografía diferente a la del resto.

Para mi fortuna el vehículo se introduce a un condominio erigido en la cima de la colina; no hay elevadores ni escaleras. Sólo hay un espacio circular uniforme, entre todos los pisos del edificio, con vista a la ciudad muda. El vehículo se coloca al centro y  mientras me eleva, veo pasar las innumerables puertas, entradas de cada departamento, todas iguales: simples y blancas. Después de varias decenas, me siento impaciente, sé que debo estar dentro de mi casa a cierta hora, antes del toque de queda.

Veo a lo lejos los vigilantes, en sus naves con luces brillantes. Sé que si me alcanzan, antes de que entre a la habitación, tendré problemas; aunque no sé de qué tipo, sé que estaré en graves aprietos. Ahora veo las luces de las naves en el cielo del condominio; sé que realmente no tengo tiempo y cuando creo que están a punto de alcanzarme, veo una puerta de color amarillo tenue: ¡La puerta de mi casa, tan diferente de las demás! Con la angustia de ser casi alcanzado por la ley, la puerta me parece muy pequeña y angosta, pero aún así la abro a ¡toda prisa! y en cuanto entro, la cierro atrás de mi con celeridad.

Con más calma, contemplo la sala principal: minimalista. Todo es frugal, los muebles lisos, paredes desnudas, el piso sin adornos, el techo llano… excepto la pared que está frente al lado interno de la puerta amarilla. En ella hay un enorme sol en bajo relieve, que intenta imitar a la artesanía mexicana: con ojos enormes, cara regordeta, una amable sonrisa y teñido de naranja amarillento, rodeado de infinidad de matices, flores y fauna: ¡La pieza es como un sueño! Me siento contento y orgulloso de ver algo tan luminoso en aquél lugar siniestro. Me siento alegre por mí, porque aunque he vivido solo en aquél lugar -por lo que parece una eternidad- acabo de salvarme de romper la ley; y porque aún tengo un espacio lleno de humanidad en un lugar de utopía.

Y mientras miro a mi hermoso sol, que adorna toda una pared, que hace diferente a la casa que habito del resto de las demás en un mundo distante donde todo es igual y donde yo sueño con ser diferente. Aliviado de la angustia de ser alcanzado, cierro los ojos y suavemente me transporto a otra realidad…”

Después, me giro y abrazo a la chica, huelo su fragante cabellera y toco su cálida espalda con suave piel juvenil; pienso en la fortuna de tenerla también a ella, así como a mi sol que ilumina mi casa en mi otro planeta… mientras ella sigue dormida…en su propio mundo onírico, yo cierro los ojos y despierto, de nuevo, en mi habitación remota y vacía, pero llena ahora de calidez y de aroma. Me respaldo en mi puerta amarilla, y contemplo a mi sol; y me duermo escuchando el eco lejano de una respiración tranquila que me hace sentir acompañado y dichoso en mi mundo solitario y distante. 

© Francisco J. Carabez  01 abril de 2007

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La Décima Sinfonía.

Viernes, 18 de Abril de 2008

Nuestro camión de turistas paró frente a las puertas de herrería artística de una hacienda antigua en un lugar remoto de Yucatán. El día ofrecía un clima primaveral. El guía nos hizo unas últimas explicaciones sobre la finca y después nos pidió que bajáramos del vehículo y nos llevó hasta los jardines interiores de aquél lugar. El inmueble aún conservaba la gloria y la elegancia de una época remota de evidente prosperidad y bonanza económica, debidas al cultivo de una planta llamada henequén. Comenzamos el recorrido por aquél lugar y sin la compañía del guía nos dispersamos visitando los rincones más atrayentes para cada quien. Se sentía el paso de los años sobre los desgastados pasillos y sobre esos objetos viejos distribuidos por todos lados. Cuando se entraba a la habitación de los señores patrones, el olor a reliquia que emanaba de los muebles de finas maderas y el amplio lecho cubierto con sábanas y almohadas blancas, incitaban a la imaginación a recrear la vida íntima de lo moradores finados.

Así pasamos una mañana de ensueño paseando por todos los rincones de la hacienda: mirando las pinturas de los cuartos, los muebles, las fuentes, los jardines, los jarrones, las macetas e infinidad de detalles. Pasado mediodía comimos un platillo que era un carnaval de olores y de sabores en un amplio comedor decorado con riguroso estilo colonial. Después de la sobremesa unos cómodos sillones en un corredor iluminado y ventilado por el fresco de la tarde habían sido un lugar ideal para pasar un rato de amena charla.

En el corredor dos de los huéspedes discutían sobre el estilo de la hacienda, uno afirmaba que era barroco y el otro decía que era gótico. La plática era acalorada y cada uno trataba de reafirmar su postura con sus mejores argumentos arquitectónicos. La balanza oscilaba entre uno y otro, según proponían sus teorías asociándolas a las diferentes secciones de la hacienda. Al poco tiempo ya disponían de la atención del resto de nosotros que jugábamos el papel de jueces y jurado. Finalmente los dos llegaron a un acuerdo y declararon que no era ni barroco ni gótico, sino una mezcla de varios estilos, incluidos el barroco y gótico.

Entonces fue que le comenté a Beethoven, que estaba sentado a mi lado y había sido un espectador mas de la contienda, que personalmente creía que la hacienda estaba dispuesta a manera de hemiciclo, al contrario de las tradicionales formas rectangulares y orden típicos del estilo románico; hice unos trazos en papel dibujando la colocación de los patios, las habitaciones, la iglesia, los jardines y los huertos; después dibujé el semicírculo teórico sobre los símbolos en el papel. Cuando Beethoven quiso hacerme una observación el guía nos interrumpió gritando desde el fondo del corredor que ya el camión estaba listo para partir y que nosotros éramos los últimos en abordarlo.

Seguí platicando con Beethoven mientras nos dirigíamos al camión. Asechando la oportunidad para preguntarle si era verdad lo que había escuchado sobre su quinta sinfonía: que según dicen él había buscado durante años un movimiento fuerte, intenso y profundo; y que lo encontró con tres notas rápidas y una lenta: da, da, da, daaaa. Y cuando uno se entera de dicho movimiento, lo identifica a lo largo de la sinfonía. Pero no encontré la oportunidad para cuestionarlo pues llegamos al camión muy rápido.

Cuando estábamos todos sentados en nuestros lugares en el vehículo, antes de partir, el guía nos mostró con orgullo un disco de música y nos dijo que escucharíamos la última pieza recién terminada por el músico que nos acompañaba: la décima sinfonía. Todos aplaudimos al autor y después en los altavoces comenzó a escucharse una melodía exquisita que enmudeció a los oyentes: era una música madura, pero sin ser triste ni patética. Miré a Beethoven que se había quedado inmóvil, con la cabeza recostada en la almohadilla del sillón y noté que tenía los ojos cerrados. Pensé que los había cerrado para concentrarse y escuchar mejor a su última obra. Pero quizá los había cerrados porque tenía sueño y quería dormir. Quizás el genio estaba… realmente muerto.

© Francisco J. Carabez 07 Sep 2007

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El Cuento de la Tortuga

Viernes, 18 de Abril de 2008

Yo pienso que el mar no es inmenso, como mucha gente poéticamente lo afirma; y creo que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de criaturas; de las cuales siento particular simpatía por las que pueden saltar majestuosamente fuera del agua: como las ballenas, los delfines y los pez vela.

Pero siento mucha pena por las tortugas; porque son ¡muy lentas! y porque a mas de alguna, si es girada sobre su concha -incapaz de voltearse por sí misma- después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana!

© Francisco J Carabez 2006

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Un Planeta Distante

Viernes, 18 de Abril de 2008

Sueño que estoy en la playa y me siento muy contento al caminar por la arena. Miro cómo el sol se refleja en los breves espejos creados por las suaves olas mar adentro, mientras la brisa sopla ociosamente. El clima es agradable. A mi paso voy bordeando la ligera estela de agua que se extiende, a intervalos,  sobre la arena; de vez en cuando contemplo el horizonte que se pierde en un cielo despejado y en un mar sereno. Extrañamente en el lugar parece estar desierto de gente.

De pronto mi atención es atraída una persona que está jugando con el reventar de las olas a corta distancia de mi trayecto. No sé de donde salió pero sin duda es una mujer. Al acercarme la miro con discreción. Luce muy hermosa en su diminuto traje de playa. Ella me mira pasar y se aproxima evidentemente hacia mí. Me detengo y la espero. Cuando estamos cerca me dice con soltura:
-“¡Hola!, ¿Podrías tomarme algunas fotos?”, al tiempo que señala la cámara fotográfica profesional que cuelga de mi cuello.
 -“¡Claro!”, le respondo con una alegría incontenible.
-“Me gustaría tener algunas fotos para mi portafolio”, me explica.

Ella sonríe y sin más comienza a posar. Yo embelesado enfoco a ella en primer plano con el océano de fondo y disparo. Ella cambia de posición, de nuevo enfoco y capturo su sonrisa en un acercamiento. ¡Soy tan feliz! Después de infinidad de tomas, que se acumulan como monedas en un cofre de un botín pirata, siento que el encanto vaya a terminar con la última fotografía que tome antes de que la película se agote, pues el testigo de numeración de la cámara indica un nivel crítico.

En un instante estático, cuando ella está preparándose para la siguiente fotografía, elevo mis ojos al cielo y me congelo ante un espectáculo mayor: allá, en lo alto, en donde debería estar la luna ¡está el planeta tierra en su lugar!
-“¡Mira!”, le grito a la mujer señalando al planeta azul que flota en la lejanía del espacio.
-“Ah, es la tierra” dice ella con desinterés, mientras insinúa, con su pose, que está lista para la siguiente toma.

Súbitamente cambio mi prioridad, ahora quiero capturar a la tierra. Hago un cambio de lentes con celeridad. Apunto al cielo haciendo un acercamiento con el telefoto. Cuando tengo enfocado la esfera planetaria sobre el horizonte del mar en segundo plano, presiono el disparador con arrebato y emoción. Pero en ese justo momento, para mi desconcierto, ¡la cámara se muere!. El rollo ha quedado exhausto. ¡He perdido la oportunidad de una gran fotografía! Al quejarme en voz alta ella se percata de mi desencanto y de mi poca fortuna. Me consuela diciéndome que no me preocupe, que mañana volverá a salir el mundo, para que tome a placer las fotos que quiera. Yo me quedo un instante absorto contemplando la burbuja suspendida en el firmamento.
Después reacciono ante un letrero que está a lo lejos en la playa que dice “Banana’s Disco tonight” y trato de robarle a la chica una cita.
-“¿Te gustaría ir esta noche a bailar a la disco?” le digo al tiempo que muevo mi dedo índice en dirección de un letrero. Ella me mira con mucha consideración.
-“Lo siento mucho, pero ya acordé de ir con mi novio” dice al tiempo que señala a un hombrecito verde que se acerca a nuestras espaldas, “además tú te tienes que regresar a tu planeta” termina diciendo mientras señala otro letrero –como los que salen en las caricaturas- que dice “A la Tierra” y que apunta a un camino largo y lleno de curvas que se pierde entre las montañas en la lejanía.

Intercambiamos direcciones para mantenernos en contacto y nos despedimos después de una larga charla. Ahora atardece mientras la tierra se pierde suavemente en el mar. Yo me enfilo hacia el camino que me llevará a mi planeta. En el trayecto pienso en la fortuna de haber conocido a una mujer tan guapa como esa modelo y en mi tragedia al no capturar al planeta distante con mi cámara.

Llego al inicio del camino; doy una última mirada a la playa mágica y al disparejo dueto que se aleja en dirección a la disco. Realmente este es un lugar muy extraño, pienso, pero mi planeta me espera.

Sigo mi camino.

© Francisco J Carabez 2007

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De brebajes etílicos y de otros alebrijes.

Viernes, 18 de Abril de 2008

- Con música de Paz -

De la eterna lucha antagónica entre los reinos de los que gozan de su propia muerte en vida, y de los que viven el gozo de su vida ya muertos, surge la claridad de un fulgor níveo y pardo, que pulula dentro de la incipiente semilla de la esperanza desesperada.

Son Reinos que luchan por ser, por su definición dentro del espacio que les da la vida y la muerte, la alegría y la pena. Luchan, conquistan y son conquistados, son a un tiempo verdugos y víctimas, jueces y acusados; son el todo y la nada, son la nada misma. Son alquimistas de quiméricos anhelos. Son retóricos de palabras silenciosas y acres, que se gritan en alaridos silenciosos. Fermentan, solapados de su propia nada, el vino que los embriaga de perfección en un mundo imperfecto.

La eufórica sensación de un trago de tequila, los transporta al mundo donde se puede cruzar el umbral de lo divino, sus cuerpos son arrebatados en éxtasis, y por eternos instantes, gozan de la plenitud de la gloria de efímeros momentos etílicos. Brevemente brindan y beben de la copa de la vida, son todopoderosos, toda sapiencia, no conocen el fin porque no han tenido principio: son eternos, son la eternidad. La muerte y la vida bailan embriagadas al dulce sopor de sus sueños. No son ancianos porque nunca han sido niños. El limbo de la juventud reina sobre su perenne presente; son rodeados por la insegura seguridad del vigor que colma sus cuerpos, que brilla dentro de sus almas motivadas por un brio inmensurable de la pasión por vivir y morir, por existir y destruirse. Condenados, finalmente, a condenar su condenada condena, a sabiendas que sabiendo lo que saben, saben que saben lo que a sabiendas saben. (¡Que bien sabe el tequila con limón y sal, Sí Señor!)

El brebaje divino se fermenta rápidamente dentro de la pasmosa lentitud del devenir del tiempo humano. Finalmente se es sobrio y ebrio, luz y sombra, serena calma impaciente, “Esclavo y amo”, “Poquita fe” y “La que se fue”, pa’ terminar pronto. Al son de los últimos ecos que aún rebotan en sus oídos, aturdidos y embriagados, a sus seguros pasos, el mundo se tambalea, el suelo es inestable y movedizo; “Todo fluye”, han salido a un voluble mundo lleno de mutaciones, pues lo que antes era un camino recto y amistoso, se ha transformado en quebrado y agresivo. Tropiezan por las calles que pone a sus pies trabas. El mundo los observa a distancia, se burla de ellos. Poco a poco la claridad de la noche, va cediendo al obscuro despertar del día, y a la risa del alba, lloran amargos desencantos.

Su juventud ha muerto en el sueño del sueño que mata a su juventud. Su mundo se colapsa, sus recuerdos los traicionan. Buscan entre los rincones de su abreviada memoria, la respuesta al acertijo que mútuamente se plantean, y replantean las acertadas preguntas que hacen en luto de sus acertijos.

Finalmente se limitan al improvisado arte de la adivinación, prueban y fallan, prueban y erróneos, se dan cuenta que lo que han buscado en toda una vida –de hace unos minutos -, no lo encontrarán por el resto de la eternidad. Pero por extraños sortilegios, dan por fin con la habitación que los abriga de los dañinos rayos solares, y no poco sedientos, buscan en la –ahora estéril- fuente de la vida, el elixir que los colmara de tristezas y alegrías: no encuentran. Sufren y se desesperan, lloran y gimen en la ausencia del alivio que los invadiera instantes apenas –que se ven ahora en las lejanías de un pasado eternamente distante- de los vestigios húmedos de una atmósfera intangible, quimérica e irreal.

¿Los dioses los castigan por el atrevimiento de haber caminado en el límite: el umbral que los separa de su mortal condición? Impávidos y rebeldes, aceptan sus desgracias, sus oídos no escuchan y sus ojos no ven – pues duermen -. Solo las cándidas aguas que corren en el torrente de sus pesadillas, se atreven a refrescar las heridas que han ganado en tan tremenda batalla.

© Francisco J. Carabez 2003

Que buen viaje!