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Sirenas

Lunes, 30 de Marzo de 2009

Viviana y Dalila

Viviana y Dalila

Sirenas

 

 

 

- ¿Qué rico, no?

Se siente maravilloso cuando choca contra tu cadera y tu espalda…

¿Por qué esto no sucede con más frecuencia?

 

- Pues… porque si sucediera con mas frecuencia tal vez ya no seria tan rico ni maravilloso, ¿no crees?

 

-  Mira! Allá van unas sirenas azules!…

 

- Ya las vi!

 

Ella estaba viendo el mar, el cielo y a las sirenas volar, estaba sentada a la orilla de unas rocas, sentada al lado de alguien sin cara; sin embargo ella sentía un afecto especial y platicaban con familiaridad de las sensaciones que les provocaban las olas en sus cuerpos. Era casi como hacer el amor. Era un sentir suave, húmedo,  mágico.

 

De pronto apareció un yate de unos ocho metros de eslora, todo blanco, resaltaba con la luz del sol.

 

Ella se paro y dio un salto hacia él. Al minuto siguiente estaba explorándolo. La magia continuaba, sirenas por un lado, el compañero de aventura por otro y Dalila llego con sus cabellos ligeros, con su sonrisa candida y sus ojos como estrellas.

 

Ella la abraza y le da amor puro en ese momento. Hermosas mujeres, bellas sonrisas, ojos maravillosos. El compañero de años observa pacientemente la escena; piensa en Dalila: ¿será azul? y ella, ¿será violeta?

Dos generaciones bellamente representadas.

 

Hermosa la vida, hermoso el amor, hermoso el universo y las estrellas y las sirenas.

 

- Vivi, Vivi….ya es hora.

- ¿Como dices?

- Ya es hora, ¿te vas a bañar?

- Mmm… estaba soñando, fué raro…

- ¿Qué soñaste?

-  Luego te cuento…

 

Viviana Garcia

El Burro Novelista.

Viernes, 5 de Diciembre de 2008

Soñé que era un guía turístico de una manada de burros y que les daba un recorrido por unas ruinas mayas que el mar había devorado casi por completo. Aunque el camino para llegar al sitio fue largo y cansado, a ésos animales pareció no importarles que nos haya tomado gran parte de la mañana su recorrido.

El sitio no guardaba más que un estado de abandono pero bastó para saciar el apetito cultural de los asnos.

Estábamos en lo alto de un templo desde donde se contemplaba el océano azul turquesa de un lado y kilómetros de arena blanca del otro y al final de la arena se alcanzaba a distinguir la mancha verde que hacían las palmeras en la lejanía. Antes de retirarnos del lugar les explico los efectos y peligros de las mareas, y la posibilidad de que el agua haga lagunas de hasta treinta metros de profundidad cuando la marea y la luna llena se combinan. Y ya de regreso, por la tarde, como temo de que algunos de ellos no sepan nadar, los apresuro para llegar a tierra firme.
 
Mientras ellos toman un poco la delantera por la arena, miro hacia atrás y veo en el horizonte ¡a la ola enorme de un tsunami! cierro los ojos, me doy un golpe en la cabeza y deseo que sea una simple alucinación. Miro hacia otro lado y cuando vuelvo la vista la ola ha desaparecido: “a eso le llamo controlar la situación.”

Por fortuna llegamos sanos y salvos a los establos –de 5 estrellas, eso sí- donde se hospedan los burros y desde allí contemplo la cabaña donde estamos hospedados los humanos. A éstos animales no les veo intenciones de asearse y no hay charla interesante que me entretenga con ellos. Por eso decido irme a donde están las personas.

Para mí el viaje realmente ha sido muy cansado; sudoroso y con las piernas adoloridas lo único que deseo es darme una refrescante y relajante ducha.

Cuando llego al patio de la cabaña veo que hay un burro charlando animadamente con varios hombres. Llega a mi encuentro uno de ellos y me comenta que el burro ha escrito una novela durante el tiempo que duró el recurrido de mi expedición y que por eso tiene a todo mundo lleno de admiración.

Yo muestro sumo interés en la novela y al poco tiempo estamos yo y el burro (ahora sí que literalmente el burro va al último) conversando animadamente sobre el tema; y al final éste amablemente me la presta para leerla.

¡Ése animal ha escrito toda una novela en un día; y yo, después de meses, sólo tengo un buen final para escribir la mía!

Pues allí me tienen con las 127 páginas que ha escrito esa bestia entre mis ávidas manos. Pero antes de leer siquiera el título, absorto por el asombro –y con un poco de envidia- me dirijo hacia los baños para refrescarme con la ansiada ducha.

¡Ah! porque después, cuando esté limpio, vista ropa fresca y esté relajado, la novela será un excelente festín bajo el ambiente sereno y cálido de la noche tropical, sabrosamente sazonado por la brisa de la mar.

Me meto a la ducha comunitaria que tiene una enorme regadera y de la cual pende un hilo que se jala para descargar una gran cantidad de agua revitalizadora. Con celeridad termino de asearme; pero al momento de buscar mi ropa veo que un par de iguanas la han hurtado: una lleva mi camiseta y la otra el pantalón pesquero. Así que allí estoy en el baño, desnudo, corriendo en círculos persiguiendo a las méndigas y escurridizas iguanas que llevan arrastrando mi ropa de su hocico. Al sentirse acorraladas ambas trepan a lo alto en la cuerda de la regadera y se abrazan fuertemente una contra la otra. Yo, fúrico, doy un tremendo jalón a la cuerda y las iguanas caen dolorosamente al suelo, pero sólo una de ellas deja escapar a su presa.

Tomo el pesquero que soltó el reptil y me lo pongo apresuradamente. Después las persigo hasta su cueva por donde han desaparecido y al mirar en el interior distingo que allí tienen toda mi ropa preferida las ¡muy malditas! Mientras saco a montones los trapos, me quedo atónito examinando el mal estado en que han quedado las prendas de tanto ser mordisqueadas por las iguanas: mi camisa a rayas que tanto cariño le tengo –bueno, le tenía- ha quedado inservible, al igual que mi sobria corbata gris y lo mismo para el resto. Qué lástima me da ver estropeado todo mi guardarropa. “Habrá que comprarlo todo de nuevo,” pienso con resignación. 

Lo que finalmente más me dolió fue que me desperté sin saber de qué trató la obra del burro novelista; aunque tampoco supe de qué lado mascan las iguanas.

P.D. ¡Feliz aniversario!, mi estimado Mozart, que cumplas muchos más.

© Francisco J. Carabez 18 Octubre 2008

 

¿Qué le dijo el mar al burro? Nada, ¡Burro!

¿Qué le dijo el mar al burro? Nada, ¡Burro!

El Obelisco II

Domingo, 5 de Octubre de 2008

El Obelisco: Segunda parte.

Creía que había cerrado el ciclo de sueños del “centro de la tierra” cuando soñé que estaba en una costa, paseando por el malecón de una ciudad turística. Al Mirar el romper de las olas de la playa cercana, reconocí casi sepultado entre el agua y la arena, el semicírculo de la parte superior de la escalinata del ¡Teatro Griego!.

!Wow! Sin duda había regresado al centro de la tierra; seguramente el calentamiento global había subido el nivel de su mar artificial provocando la inundación del teatro. Emocionado, pregunté a un policía sobre el paradero de mis tres viejos amigos. Me dijo que Durante había fallecido hacía varios años y con él su restaurante. Don Nicolás era alcalde vitalicio de la ciudad y qué Oriana tenía un burdel en la zona dorada dentro del centro de la ciudad.

Pensé en saludar primero a Doña Oriana porque a mi juicio Don Nico estaría muy ocupado en sus asuntos de gobierno.

Me dirijí a visitar al negocio de la Doña. El burdel estaba en el primer piso de un gran edificio. No pude evitar la sorpresa de ver de nuevo a mi vieja amiga; que al reconocerme, de inmediato me hizo pasar y me ofreció un trago con mucha exitación.

-”¿Qué te tomas?”

-”Whisky con soda.”

-“¿Qué te parece el lugar?,” me preguntó.

Le dije que era un lugar con mucha clase y estilo. Mi sorpresa fue mayor cuando me explicó que había sido mía la idea de hacer un lugar como aquél.

-“¿Ha sido mi idea?,” pregunté incrédulo.

Ella me recordó que en alguna ocasión le había comentado que cuando tomaba con los amigos de mi “mundo”, nos gustaba fantasear en el negocio perfecto:

-”Cuatro niveles de estacionamiento en el sótano, burdel en la planta baja y renta de cuartos en los pisos de arriba: ¡Les cobras a los clientes el estacionamiento, la bebida, el cuarto y la suripanta! Negocio redondo,” me dijo tratando de refrescarme la memoria.

-”Ja, ja, ja. Es verdad. Nunca creí que álguien lo hiciera realidad,” le comenté en son de broma.

La Señora llamó a dos damas y nos pidió que la siguiéramos. Subimos las escaleras hasta el piso siguiente y nos metimos a un cuarto.

-“Hagan lo que él les pida, mientras voy por una [botella] de [vino] tinto,” les dijo y salió de la habitación cerrando la puerta tras de si.

Al quedarnos solos, ellas me miran coquetas y yo tomando las cosas con tranquilidad, intento pedirles que pongan el segundo concierto para piano de Sergei Rachmaninov en el reproductor de discos; pero para mi desgracia no puedo pronunciar correctamente el nombre del autor, y sólo logro balbucear sonidos guturales; ellas por supuesto que no entienden el nombre que trato de vocalizar y mucho menos saben de quien se trata.

Por más que me esfuerzo, me veo incapaz de pronunciar apropiadamente “Rachmaninov”

Al poco tiempo, entra Oriana. Las chicas al ver la cara de disgusto de la señora, le dicen a manera de excusa:

-“Es que no le entendemos lo que dice,” mientras me señalan con el índice.

-“Es culpa de estas tontas,” me dice Oriana al tiempo que las toma de los cabellos, las arrastra fuera de la habitación y las arroja por las escaleras.

Yo me quedo paralizado ante la escena.

-“Espera aquí, cariño, voy por otras que sí te entiendan,” me dice.

Yo, al ver que los cuerpos ensangrentados de las mujeres no se mueven, huyo por la salida trasera del inmueble. En mi fuga, cuando estoy a media escalera, me topo con Oscar, mi amigo de parrandas, que al verme me dice:

-“Cabrón, acompáñame, vamos a hacer un trío.”

Si darle tiempo de nada, lo jalo hacia la calle y al explicarle la situación, los dos salimos corriendo por los callejones posteriores al edificio. De pasada veo a unos ancianos jazzistas de color sentados a las entradas de los condominios lúgubres, tocando desenfadadamente un sax y una armónica.

Así continuamos corriendo hasta toparnos con las ruinas de una estación de ferrocarril. Internamente me reprocho el haberles dado la mala idea de construir un ferrocarril en un lugar encerrado y pequeño como aquella ciudad, seguramente ésa no ha de haber sido una de mis mejores contribuciones.

-“Güey, vámonos al malecón,” me dice Oscar.

Agitados de tanto correr por fin llegamos a la parada de camiones en la calle principal. Le pregunto al chofer del primer camión que se para:

- “Señor, ¿va a la tierra?”

El chofer piensa que es una broma, cierra la puerta con molestia, y se va.

-“Cabrón, mejor pregunta que si va a la terminal de camiones,” me reclama Oscar al ver la reacción del conductor.

Esperamos al siguiente camión y cuando llega, esta vez pregunto:

-“Señor, ¿Va a la terminal de camiones?”

-”¿A cual necesitan ir: a la norte o a la sur?,” questiona a su vez el chofer.

-”A la que vaya, no nos importa. ¡Súbete, cabrón!,” me subo y apresuro a Oscar a que también lo haga.

Una vez arriba del vehículo, el chofer cierra las puertas y se va caminando hasta los asientos que están en la mitad del camión y al parecer sigue con una acalorada charla con el resto de los pasajeros.

El autobus es conducido por el piloto automático.

Al poco tiempo recuperamos la serenidad y nos metemos en la plática del resto de los pasajeros. De alguna manera comienzo a platicar con el chofer, que al ver que no somos de la ciudad, nos explica la historia de cada lugar de interés que está dentro del recorrido de la ruta.

Por la ventana veo la costa y su mar intensamente azúl. “Al menos han cambiado el color del agua,” pienso.

Después logro distinguir en una palapa en ruinas lo que quedó del restaurante de Durante, me dió mucha tristeza mirar el lugar.

En eso veo a lo lejos una glorieta y reconozco el obelisco, la alegría vuelve a mi rostro. Qué orgullo siento al verlo, más porque ha sido inspiración mia su construccción. Picado de vanidad, le pregunto al Señor por la historia del monolito; éste me dice, como quien muestra su más preciado trofeo:

-“Ah, joven, El Obelisco es el símbolo de nuestra ciudad, es muy antiguo y fue construido de un material en extremo raro.”

-“¡Ah Caray!, ¿Y de qué material está hecho, oiga?,” pregunto con suma curiosidad.

Cuando él me responde:

-“¡Esta hecho de latrocinio!”

Me despertó mi propia risa a carcajadas.

© Francisco J. Carabez 6 Octubre 2007.

 

-”¡La vida es corta!,” dice él.

-”… ¡y el obelisco es laaargo, laaargo!,” dice ella.

 

Ruinas de un Teatro Griego

Ruinas de un Teatro Griego

El Obelisco

Sábado, 4 de Octubre de 2008

El Obelisco: Primera parte.

¿No les ha pasado que tienen un sueño recurrente que, aunque repetitivo, cada vez que sucede hacen cosas que en otras ocasiones no se atrevieron o se aclaran detalles que hasta entonces estaban confusos?

A ése tipo de sueños les llamo Sueños Recurrente Progresivos y los he vivido desde que tenía cinco años de edad. Después de tantos años de manifestarse ausentes yo creía que ya eran parte de mi pasado onírico pero recientemente he concluido el último de ellos.

Personalmente creo que los sueños son un divertimento de la mente y por su carácter lúdico carecen de cualquier tipo de significado fuera del contexto donde se generan. Es una variante del cuento de “Las mil y una noche” narrado por nuestro discurso interno y donde el protagonista principal somos nosotros mismos.

Así pues, permítanme contarles éstos sueños recurrentes: todos ellos inician con una mañana tropical fresca y luminosa donde estamos, un grupo de amigos, paseando y divirtiéndonos con bromas y ocurrencias en El Malecón de Puerto Vallarta.

Cuando de pronto se para una camioneta todo terreno repleta de extranjeros y uno de ellos grita:

-“Necesitamos un guía que nos lleve al centro de la tierra.”

-“¡Yo seré su guía!,” respondo mientra me dirijo al vehículo.

 
Me subo a la camioneta y después de varios minutos de camino, a la altura de La Joya, dejamos la carretera para tomar una brecha que nos lleva, selva adentro, al pie de una montaña, donde está una enorme cueva que es la entrada al “centro de la tierra”.

A un lado de la entrada hay un letrero rústico que dice: “Per me si va…” parodiando el camino al infierno de la Divina Comedia.

Siguiendo el camino, dentro de la cueva, después de muchas curvas por fin se llega, supuestamente, al centro de la tierra, que en realidad es un lugar no muy diferente a la selva del exterior, incluso está igual de iluminado. Hay varios sitios interesantes para los turistas y mientras ellos se dispersan por la zona, yo por mi parte, me entretengo platicando con los nativos de aquél lugar.

Así es como en mi primer viaje conozco a un señor de nombre Durante. Era una persona ocurrente y de charla jovial. Dentro de la plática, le comenté que sería bueno para los turistas, si hubiera un lugar dónde comprar cervezas y bebidas heladas, ya que la zona carecía de comercios; para de alguna manera refrescarse del calor que hacía en el sitio.

Me despido de Durante cuando el resto del grupo está listo para partir.

Como les comenté, los sueños tienen el mismo comienzo: estoy con mis amigos en El Malecón de Puerto Vallarta cuando se detiene una camioneta todo terreno, llena de turistas y uno de ellos grita: “Necesitamos un guía para que nos lleve al centro de la tierra”, “Yo seré su guía” le respondo y acto seguido los llevo a un lugar, en lo profundo de las montañas que es, en teoría, el centro de la tierra.

En mi segundo viaje, al reconocerme Durante viene a mi encuentro y muy contento me muestra un humilde café al aire libre.

-“Seguí tu consejo y puse este pequeño negocio,” me dice jubiloso mientras me pide que lo acompañe.

En una de las mesas del café había dos personas conocidos de mi amigo, un hombre un poco mayor que Durante, llamado Nicolás y un señora de nombre Oriana. Nos sentamos con ellos y lo felicito por tan agradable lugar.

-”¿Deseas Algo de tomar?,” me pregunta Durante.

-”Una Corona, por favor,” respondo mientras entablaba conversación con los presentes.

Después de platicar de diversos temas, me piden que le describa cómo es el mundo de arriba. Yo me quedo sorprendido cuando me entero que ellos, como resto de los habitantes, no conocen otro lugar que aquella, su tierra. Les prometí contarles la historia de mi cultura.
 
En los viajes sucesivos fui testigo del progreso económico de mi amigo Durante; su pequeño café se convirtió en bar, después en restaurante. Pero al mismo tiempo se hicieron muchos cambios al pequeño pueblo en general, y dichos cambios eran hechos en base a mis comentarios y consejos. Al tiempo que los ilustraba con diversas charlas referente al estilo de vida del “mundo exterior”.

En una ocasión (recuerden que son sueños progresivos) parecían que me esperaban ansiosos, y me llevaron para mostrarme la última construcción del pueblo:

Un teatro griego de mármol blanco.

Cuando lo miré me quedé gratamente sorprendido. Era increíble que lo hayan construido tan rápido, pero sobre todo, que se hayan inspirado con tan sólo contarles un poco de la historia de la cultura de Occidente iniciada con los griegos. Era un teatro al aire libre,  con forma de semicírculo y un escenario simple. No soporté la tentación y me subí al centro y probé la acústica.

Despúes, en otro sueño, me guían al teatro griego para darme una sorpresa aún mayor. Pero para hacerlo más emocionante, me han vendado los ojos. Así comienzamos a descender la escalinata rumbo al escenario del teatro. Y justo a la mitad de las escaleras me retiran la venda.

-“¡Mira, hemos hecho un MAR!,” me dice Durante con un entusiasmo desbordado.

Yo me quedo atónito ante el espectáculo, allí frente  mi, hay un ¡MAR INMENSO!.

Y las olas revientan justo atrás del escenario.

-“¡¿Pero quien les dijo que el agua del mar es de color roja?!,” les pregunto intrigado al ver un mar color carmesí, al tiempo que esquivaba el agua que, cual sangre, se desparramaba por los primeros peldaños del teatro. Yo vestía pantalón y camisa blanca y no quería mancharme.

-“Es que vimos en el mapamundi de tu libro de historia un lugar que decía: Mar Rojo.”

Sin esperar más explicaciones, ése día me desperté carcajeándome por la ocurrencia de mis amigos.

Ja, ja, ja…

Como les comenté, lo único constante de mis sueños era el principio. Los habitantes del centro de la tierra habían transformado su aldea en todo un centro turístico. Mis tres amigos eran ya líderes políticos y económicos en su “mundo”.

Al ver su progreso les comenté que sería una buena idea hacer una glorieta y en su centro erigir un obelisco, pues para los antiguos egipcios dichos monolitos eran símbolo de estabilidad y permanencia.

-“Y de qué vamos a hacer un obelisco, si no hay canteras de granito rojo en estos lugares,” me preguntaron.

-“¡Pues de latrocinio!,” les respondí, “como todos los obeliscos de la roma antigua.”

Ése fue el último sueño que recuerdo haber tenido del “centro de la tierra”.

 

© Francisco J. Carabez (soñados entre 1992 y 1999)

 

El platillo volador.

Sábado, 13 de Septiembre de 2008

El contexto de este sueño fue un día que discutí la muerte de un perro perfectamente entrenado llamado “Fury” y cuyo dueño lamentó mucho su pérdida.

Soñé que invité a la familia de mi amigo Lalo a dar un paseo en mi “nave espacial”, que más bien era un platillo volador.

Una vez que todos estábamos a bordo del platillo, despegamos y enfilé el artefacto hacia el volcán de Colima y su pico nevado. Ya habíamos ganado suficiente altura como para contemplar una excelente panorámica desde donde se podía apreciar, allá en la lejanía, el horizonte del mar y se veían, relativamente cerca, las montañas de El Nevado.

En eso se le ocurrió a Lalo pilotear la nave y le cedí los comandos.

Pero inmediatamente Lalo perdió el control de la nave y comenzamos a zigzaguear en el viento. Cuando nos dimos cuenta que nos enfilábamos directo al pico rocoso de El Nevado todo mundo entró en pánico y gritábamos llenos de terror. La situación era desesperada pero no grave. Entonces empujé a Lalo a un lado y le dije en forma de reproche:

-“¡Lalo!, ésta nave se controla por medio de la voz,” Al tiempo que señalaba a los controles en la cabina.

-“¡STAY!,” grité en voz alta y el platillo volador de inmediato se estabilizó para el alivio de los presentes.

-“¿Ves, cabrón? son los mismos comandos que se les da a los perros,” le expliqué.

-“¡FLOW!,” le grité de nuevo a la computadora e inmediatamente la nave comenzó a deslizarse suavemente por el cielo. Brevemente le seguí explicando algunas instrucciones simples para que Lalo aprendiera a pilotear la aeronave.

-“¡FLOW HOME!,” dije con firmeza.

Con éste último comando, la nave tomó el rumbo de regreso a nuestra ciudad y pocos minutos después descendió a una de las avenidas más transitadas de Guadalajara.

Ya que estábamos dentro flujo de carros y camiones, para mi desgracia, la nave seguía un trayecto directo hacia la casa, sin respetar los señalamientos de tránsito. Así continuó y cuando se pasó unas luces rojas, le dije a manera de explicación a Lalo:

-“Bueno, ¿qué esperabas? ¡Ésta nave no está entrenada para el tránsito terrestre!”

 
© Francisco J. Carabez 3 Mayo 2007

 

El Nevado de Colima

El Nevado de Colima

Toda Esperanza Abandonada.

Martes, 26 de Agosto de 2008

 

Tenía desde los seis años que no soñaba en la guerra. Hoy particularmente no podía conciliar el sueño y cuando al fin lo logré desperté al final de una larga guerra.

Era un preso guardando la fila, dentro de la última ronda, para el paredón de ejecución.

A lo lejos, el paisaje era confuso: humo, explosiones, balazos, gritos… guerra al fin.

Antes de ejecutarnos nos estaban haciendo una entrevista. Al llegar mi turno, la persona tras un escritorio me miró a los ojos y con voz seria me dijo:

-“La guerra está por terminar. Y como considero absurdo matarlos,  su fusilamiento será una farsa: fingirán caer muertos al escuchar las balas de salva. Después serán arrojados entre los cadáveres de una fosa común y allí deben permanecer silenciosos hasta que amanezca el nuevo día con la paz. Si los descubren antes serán ejecutados.”

Pues así sucedió, actuamos la farsa y fingimos estar muertos, y nos llevaron por montones al lugar citado. La guerra había secado todos nuestros sentidos, ya no percibíamos el hedor de los muertos; nuestros músculos ya se habían consumido desde hacía mucho tiempo por el miedo, la tensión constante y la miserable alimentación. Por nuestras venas corría tanta vida como la de aquellas piltrafas a las que, inmóviles, imitábamos. En nuestras mentes no quedaba siquiera un recuerdo feliz para rumiar en las largas horas de espera.

Por mucho tiempo la fosa fue un pozo de expectación. Su inmovilidad se rompió de pronto por un adolescente, de la pared contraria, que comenzó a llorar desconsoladamente y su madre trataba inútilmente de callarlo.

-“Este niño no tiene consideración para con su madre,” pensé.

Se podía sentir en el ambiente las miradas que penetraban como lanzas a la mujer, como diciendo “o callas a tu hijo o lo callamos.”

La madre desesperadamente trataba de taparle la boca, en un intento vano por sofocar los gritos del puberto.

De pronto se levantó de entre nosotros Albert Einstein, caminó furtivamente hasta llegar a un lado de niño llorón, sacó una pistola plateada y le dio un disparó en la cabeza.

Todos en la fosa, inmutables, miramos como el muchacho cayó agonizante y veíamos formarse en su nariz grandes burbujas de sangre que se reventaban con su respiración apresurada. Einstein nos miró y cual espejo, su rostro reflejaba nuestra indiferencia e insensibilidad: “¡Ya remátalo!,” dije con frialdad en silencio.

Cerré los ojos cuando escuché el segundo balazo. Cuando los abrí el rostro de la madre reflejaba alivio en lugar de dolor. Me giré y escondí entre los muertos.

Pasó el tiempo.

Ya de noche, cuando salieron las estrellas y cesaron los sonidos de disparos a lo lejos, por momentos reinó la calma.

Entre la oscuridad escuchamos una voz muy serena, de uno de nosotros, que dijo:

-“Allá, orbitando en una estrella del cinturón de Orión, está mi planeta. Es un lugar hermoso, donde nunca ha habido guerra. Y desde allá van a venir por mi, mis paisanos. Sí, van a venir por mi, estoy seguro de eso.”

Todos alzamos la vista al infinito y recordamos la serenidad de tener un tiempo de paz. Después explotamos en risas ahogadas. Sin duda era un trastornado más a causa de la maldita guerra. El chispazo de humor se extinguió rápidamente y después se perdió dentro de un siniestro letargo.

Impacientes de esperar, cobijados por la obscuridad y la aparente paz, nos atrevimos a salir de la fosa y caminamos varias horas entre las ruinas y los escombros.

Llegamos a la orilla del mar.

Nos dirigimos a una armería de reciclado y reconstrucción. Había montones de armas inservibles al aíre libre y un sin fin de piezas regadas por todo el lugar. Todos comenzamos a separar piezas para ensamblar rifles y pistolas.

Ese estúpido “extraterrestre” no sabía distinguir rondanas, tuercas y tornillos. Con el fin de que nos apoyara a construir armas, le dije con poca paciencia: “las rondanas son las planas y debes insertarlas en los tornillos que tienen forma de palito.”

Mientras separaba las piezas y ensamblaba un excelente rifle, miré en el cielo las estrellas del cinturón de Orión. “Cómo quisiera estar en el planeta de éste infeliz: sin guerra, sin prisa y sin miedo. Y poder dormir tranquilamente. Me dormiría tres horas seguidas; quizá hasta podría dormir seis horas en una sola pestañada. Me imagino que será un planeta donde sople un viento fresco y limpio; en una atmósfera cálida y donde reine un silencio profundo,” pensaba.

El sol derramaba sus primeros rayos en el horizonte cuando alguien gritó:

- “¡Corran!, que han desembarcado soldados en la playa y ya están sobre nosotros.”

Con el pánico huimos hacia el lado contrario y en desbandada veía como caían al azar los compañeros, al impactarles los misiles que desde lejos disparaban los soldados.

Los pocos que sobrevivíamos nos vimos acorralados, pues al frente,  a lo lejos había una trinchera enemiga y por la retaguardia ya nos pisaban los talones más soldados enemigos.

Con toda la esperanza abandonada y el cuerpo agotado, solté el rifle y me dejé caer.

Resoplé el polvo del suelo. Me sentí aturdido, vacío, harto y muy cansado. Me sentí imposible de poseer aunque sea una falsa ilusión como la del loco y seguir corriendo para intentar salvarme. Cerré los ojos y envidié la suerte de todos los que ya habían muerto.

Lo único que deseaba, en ése momento, era descansar -literalmente- en paz.

© Francisco J. Carabez 18 Agosto 2008

 

Albert Einstein

El Querubín

Jueves, 24 de Julio de 2008

Les voy a contar de un sueño que tuve anoche.

Sucede que mi primo Miguel, que es “guerrero” en las campañas y maratones etílicos, tuvo a bien la idea de matrimoniarse y me invitó a su boda que ha realizarse el siguiente sábado en San Luis. En el pasado agosto lo invité a celebrar mi cumpleaños en El Hotel Danza del Sol ubicado en un sitio dentro del ombligo de México llamado Ajijic, y quedó encantado con el lugar.

Antes de dormir, ya acostado, hice un plan maestro para asistir a su boda: El sábado saldría temprano hacia San Luis y me hospedaría en un hotel en el centro de la ciudad, de tal manera que me facilitara el traslado tanto a la celebración religiosa como a la fiesta de brindis.

Según mi sueño la boda se estaba realizando en el templo de Ajijic y por alguna razón yo llegaba a media celebración nupcial. Había tantos asistentes que no cabían en el templo y varios de ellos estaban amontonados en la puerta principal. Yo no estaba presentable para una boda, pues vestía camiseta y pantalones cortos; saludé a algunos conocidos que estaban afuera del templo y me retiré inmediatamente para cambiarme de ropa en el hotel Danza del Sol, con la intención de regresar lo más pronto posible.

Así que caminé con rumbo al hotel, y pronto me encontré subiendo por una angosta calle empedrada, con ambas hileras de casas típicas coloniales (adobe, tejas, grandes ventanas y de color blancas con la parte inferior pintada de rojo). Y subí, subí la cuesta, hasta que llegué a lo más alto. Allí la calle se terminaba dando inicio a un desfiladero; pero con una magnífica vista del Lago de Chapala y las montañas que lo rodean. Para evitar que la gente se despeñara, había una pequeña reja de madera.

Pues allí estaba yo, en el mirador contemplado aquél hermoso paisaje. Y pensé lo bueno que sería poder volar y recorrer el lago desde lo alto. Como a mi edad uno se convierte en cínico, me dije:

-“Pues a la mejor y Dios te ayuda a volar” con cierto sarcasmo.

¡No me lo van a creer! apenas había yo terminado de hablar, cuando algo me tomó de ambas mangas de la camisa y me elevó por los aires; de la misma manera con que las águilas toman a sus presas, sentí que algo me sostenía fuertemente. Auque no podía verlo directamente pude ver, por la sombras que hacíamos en las rocas del desfiladero, que se trataba de un niño.

Pero como los niños no vuelan, creo que era un querubín o un demonio en forma de niño. El caso es que, como era algo pequeño, con más tranquilidad comencé a platicar con aquél ser y mientras ganaba altura, enseguida me platico que como era exageradamente travieso, incluso más inquieto e hiperactivo que los actuales infantes, nadie lo soportaba en el cielo y no tenía amigos con quien jugar. Después de varios minutos de placentero vuelo y de charla amena, él me dijo:

-“Así como yo te he cumplido tu deseo de volar, ahora quiero que tú me cumplas un deseo.”

Me sentí chantajeado y le dije que por mi parte no le cumpliría ningún deseo, que me bajara en ese instante.

Él, enojado por mi negativa, me soltó y yo comencé a sentir el vértigo de la caída y grité de miedo al ver la cercanía de las peñas; pero enseguida él se deslizó, cual águila, atrapándome de nuevo al vuelo. Sintiéndome a salvo, reconsideré su petición y le dije:

-”¡Hombre, está bien, vamos a negociar tu deseo!”

Seguimos avanzando, y esperé a que dejáramos las rocas y nos adentráramos hacia el lago. Entonces me enteré de su deseo:

-”Quiero que hagas que Enriqueta diga que me quiere mucho antes del viernes”. Me dijo.

Pues mis estimados amigos, sucede que Enriqueta es una muy querida amiga mía, así que la propuesta fue muy indignante para mí. Analizando la situación, si me dejaba caer de nuevo, ahora caería en el agua, en lugar de las rocas. Con la certeza de sentirme ahora seguro, con mucha autoridad y coraje, le ordené a aquella “cosa” del demonio que me bajara inmediatamente:

-“¿Estás loco?, no voy a hacer tal cosa”, le grité, “y quiero que me bajes donde están aquellos pescadores secando sus redes en la orilla del lago”.

Seguramente se asustó con mi actitud de enojo, pues me bajó rápidamente y aterrizamos a la orilla del lago, cerca los botes de los pescadores. Una vez que me sentí seguro en tierra firme, comencé a discutir con el niño, y lo atrapé de los pies. El me gritaba que lo soltara, y aunque apenas momentos antes él podía con mi peso, yo trataba de que no se fuera volando. Internamente tenía el temor de que por despecho le hiciera una travesura a Enriqueta. Así pues lo sujetaba de sus pies y me tenía con mis brazos al cielo:

-“Suéltame, esto es maltrato infantil”, me gritaba entre otras estupideces y malas palabras.

Y después de momentos de forcejeo, dejó de gritar palabras y ¡comenzó a gritar en pitidos! Yo me extrañé de lo anterior. Como dejó de patalear y dejó de resistirse, bajé su cuerpo a la altura de mi pecho mientras él seguía emitiendo los pitidos. Entonces su cuerpo se esfumó convirtiéndose en ¡un reloj despertador!

En ese preciso instante me desperté con la sensación de tener un ruidoso reloj despertador entre mis manos. Efectivamente, en la vida real, mi reloj despertador estaba sonando. Me giré, estiré la mano y lo apagué. Volví a recostarme y por momentos rumié lo que sucedió en mi fantasía onírica.

© Francisco J. Carabez 13 Octubre 2006

Monte Coxalá

Monte Coxalá

Una personalidad atrayente.

Lunes, 23 de Junio de 2008

“El Barón los recibirá en su despacho” nos dijo el conserje de edad madura encargado de la casona vieja ubicada en un barrio del centro histórico de la ciudad, mientras caminaba al frente de nosotros para guiarnos para la entrevista concertada con anterioridad. La finca conservaba el señorío de antaño y uno se sentía transportado a los tiempos antiguos al pasar por los pasillos impecablemente conservados.

Para llegar al despacho subimos unas escales que tenían a su mitad un descanso. Antes de la oficina, había una sala de espera donde algunas personas aguardaban su turno para ser atendidos. Al llegar nos sentamos en unos cómodos sillones mis amigos y yo a esperar a que el Barón nos llamara. Sobre una mesa había una moderna pantalla de Alta Definición que serviría de recreo para hacer más amena el tiempo de espera de los visitantes.

“Aprovechando la ocasión”, se dirigió a mí el conserje, “acabamos de adquirir esta nueva pantalla, y ya que es usted entendido en estos aparatos modernos, nos complacería si hace los arreglos para que funcione correctamente”. “Con mucho gusto” contesté. Y después de algunos minutos terminé de conectar el Reproductor de Video de Alta definición con la pantalla, tomé una película incluida como obsequio por los fabricantes, la introduje al aparato que de inmediato mostró los títulos iniciales; era una película de dibujos animados por computadora y todo mundo quedó absorto ante la calidad de video y de sonido.

Apenas comenzó la trama cuando el Barón se paró en el marco de la puerta despidiendo a unas personas. Él era de ésas personas que tienen una personalidad atrayente. Al mirarme me saludó y con un ademán me pidió que me acercara. Después de saludarlo le expliqué que mis amigos tenían un negocio muy interesante que tratar con él, y que yo sólo era el contacto entre ellos y él; mis amigos se acercaron a mi señal. 

“¿Qué cuentas de nuevo?”, me preguntó cambiando de tema, le dije que acababa de conseguir el cuarteto para cuerdas K421 de Mozart en audio de alta calidad, que habría que descorchar una botella de tinto para apreciar y discutir sobre la interpretación.

Mis amigos entraban a su despacho al tiempo que yo me despedía del Barón. “¿No entras?”, me preguntó. Le dije que el negocio era idea de ellos y sólo a ellos les concernía. Que por mi parte tenía un asunto urgente que atender en la casa de mis padres. Me despedí y con celeridad salí de la casa.

Ya en la calle, abordé un taxi y desde el asiento de atrás podía apreciar que era un anciano el que manejaba, aunque sólo veía su nuca que tenía un corte de pelo corto y canoso. “A dónde vamos, joven” me preguntó al tiempo que me miraba con sus ojos grises por el espejo retrovisor. “¿Cuanto me cobrará por llevarme al Castillo?” le respondí. “Ah, el Castillo es un lugar lejos. Lo malo es que de regreso uno no encuentra clientes” me respondió a manera de justificar el precio alto que seguramente me cobraría. “Por favor dígame para ver si tengo suficiente dinero.” Dije. “Le voy a cobrar $800”. La cifra me pareció muy alta y sin ganas de negociar le pedí que detuviera el carro para bajarme.

Inesperadamente, él giró su torso y me sujetó las manos aprisionándolas contra mi pecho. Entonces fue que aprecié una marca que tenía en su frente, parecía causada por una quemadura hace mucho tiempo, que junto a sus ojos grises le daban un aspecto macabro a su rostro. Lo que terminó por paralizarme de miedo fueron sus uñas negras con forma como las que tienen las garras de cuervo, que miré cuando acercaba lentamente su mano a mi rostro haciendo una marca imaginaria sobre mi frente. Yo, paralizado, había entrado en estado de pavor. Después tocó con la asquerosa uña de su dedo índice a la vena de mi cuello, resaltada por la acelerada  palpitación de mi corazón. Seguramente a él le parecía graciosa que la vena reaccionara así con angustia del miedo.  “Lleva el mensaje” me ordenó mirando en lo profundo de mis ojos…

En ese preciso momento, me desperté boca arriba sintiendo la presión de mi brazo derecho en mi pecho y sobresaltado por la pesadilla, hice un intento por quitarme la siniestra mano que sólo existía en mis sueños. Aún tenía la boca amarga de miedo.

 © Francisco J. Carabez Víspera del día de todos los santos Noviembre 2007

Sueño de utopia.

Lunes, 21 de Abril de 2008

Me despierto con la sensación de regresar de una ciudad distante y distinta, ubicada en un lugar muy lejano de nuestro tiempo y de nuestro espacio, donde era una persona que quería ser muy diferente. Aunque sé que han sido breves momentos los que soñé en aquél lugar, por instantes medito en su recuerdo aún fresco. Mientras me inclino hablando en voz alta a la chica que duerme a mi lado, pero sólo alcanzo a pronunciar una frase antes de darme cuenta que ella no me escucha, porque duerme. Me dejo caer suavemente sobre la cama; casi no siento mis brazos y mis piernas porque están totalmente relajados. Hemos estado en la cama toda la tarde y ya cae la noche. Cierro los ojos y hago un recuento de mi sueño, tan lúcido y tan frío:

“Comienza, mi sueño, estando yo montando un vehículo personal que flota a través de una aéreo-vía. Me parece que recorrer ese camino es algo ya cotidiano para mi y que conozco cada detalle del trayecto; pero que, por ésta ocasión, soy ajeno a aquella rutina. Los instrumentos de navegación digitales son muy simples y se parecen a los de una motocicleta; les pongo poca atención, pues el vehículo se maneja solo.

Comienza a descender a lo que sería una avenida regular –como las que hay en las ciudades de mi planeta tierra-. Me doy cuenta que en aquél lugar todos los edificios son iguales, y parece que están hechos de concreto y de cristal, sin adornos y uniformados del mismo tono grisáceo: están en un valle urbano gigantesco sin aromas, sin viento y sin árboles. Las calles son de un trazo arquitectónico soberbiamente austero, sin señalamientos, sin pintura en el pavimento. Sólo el pasto, que separa los edificios del cauce de la avenida, es el único color diferente,  porque hasta el cielo parece tener un siniestro color azul pardo oscuro.

Aunque todo está lleno de armonía y de pulcritud, parece que nadie habita en el valle silencioso. Yo me siento con prisa de llegar a un lugar que por momentos desconozco; después de un largo tiempo de pasar por las misma escena repetida de edificios fríos, comienza el terreno a dar un ligero quiebre y el vehículo flota ahora sobre la cuesta de una pequeña loma. Dentro de mí, pienso que me gustaría vivir en las cercanías de aquellos edificios de departamentos, porque, aunque iguales, al menos están en una geografía diferente a la del resto.

Para mi fortuna el vehículo se introduce a un condominio erigido en la cima de la colina; no hay elevadores ni escaleras. Sólo hay un espacio circular uniforme, entre todos los pisos del edificio, con vista a la ciudad muda. El vehículo se coloca al centro y  mientras me eleva, veo pasar las innumerables puertas, entradas de cada departamento, todas iguales: simples y blancas. Después de varias decenas, me siento impaciente, sé que debo estar dentro de mi casa a cierta hora, antes del toque de queda.

Veo a lo lejos los vigilantes, en sus naves con luces brillantes. Sé que si me alcanzan, antes de que entre a la habitación, tendré problemas; aunque no sé de qué tipo, sé que estaré en graves aprietos. Ahora veo las luces de las naves en el cielo del condominio; sé que realmente no tengo tiempo y cuando creo que están a punto de alcanzarme, veo una puerta de color amarillo tenue: ¡La puerta de mi casa, tan diferente de las demás! Con la angustia de ser casi alcanzado por la ley, la puerta me parece muy pequeña y angosta, pero aún así la abro a ¡toda prisa! y en cuanto entro, la cierro atrás de mi con celeridad.

Con más calma, contemplo la sala principal: minimalista. Todo es frugal, los muebles lisos, paredes desnudas, el piso sin adornos, el techo llano… excepto la pared que está frente al lado interno de la puerta amarilla. En ella hay un enorme sol en bajo relieve, que intenta imitar a la artesanía mexicana: con ojos enormes, cara regordeta, una amable sonrisa y teñido de naranja amarillento, rodeado de infinidad de matices, flores y fauna: ¡La pieza es como un sueño! Me siento contento y orgulloso de ver algo tan luminoso en aquél lugar siniestro. Me siento alegre por mí, porque aunque he vivido solo en aquél lugar -por lo que parece una eternidad- acabo de salvarme de romper la ley; y porque aún tengo un espacio lleno de humanidad en un lugar de utopía.

Y mientras miro a mi hermoso sol, que adorna toda una pared, que hace diferente a la casa que habito del resto de las demás en un mundo distante donde todo es igual y donde yo sueño con ser diferente. Aliviado de la angustia de ser alcanzado, cierro los ojos y suavemente me transporto a otra realidad…”

Después, me giro y abrazo a la chica, huelo su fragante cabellera y toco su cálida espalda con suave piel juvenil; pienso en la fortuna de tenerla también a ella, así como a mi sol que ilumina mi casa en mi otro planeta… mientras ella sigue dormida…en su propio mundo onírico, yo cierro los ojos y despierto, de nuevo, en mi habitación remota y vacía, pero llena ahora de calidez y de aroma. Me respaldo en mi puerta amarilla, y contemplo a mi sol; y me duermo escuchando el eco lejano de una respiración tranquila que me hace sentir acompañado y dichoso en mi mundo solitario y distante. 

© Francisco J. Carabez  01 abril de 2007

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La Décima Sinfonía.

Viernes, 18 de Abril de 2008

Nuestro camión de turistas paró frente a las puertas de herrería artística de una hacienda antigua en un lugar remoto de Yucatán. El día ofrecía un clima primaveral. El guía nos hizo unas últimas explicaciones sobre la finca y después nos pidió que bajáramos del vehículo y nos llevó hasta los jardines interiores de aquél lugar. El inmueble aún conservaba la gloria y la elegancia de una época remota de evidente prosperidad y bonanza económica, debidas al cultivo de una planta llamada henequén. Comenzamos el recorrido por aquél lugar y sin la compañía del guía nos dispersamos visitando los rincones más atrayentes para cada quien. Se sentía el paso de los años sobre los desgastados pasillos y sobre esos objetos viejos distribuidos por todos lados. Cuando se entraba a la habitación de los señores patrones, el olor a reliquia que emanaba de los muebles de finas maderas y el amplio lecho cubierto con sábanas y almohadas blancas, incitaban a la imaginación a recrear la vida íntima de lo moradores finados.

Así pasamos una mañana de ensueño paseando por todos los rincones de la hacienda: mirando las pinturas de los cuartos, los muebles, las fuentes, los jardines, los jarrones, las macetas e infinidad de detalles. Pasado mediodía comimos un platillo que era un carnaval de olores y de sabores en un amplio comedor decorado con riguroso estilo colonial. Después de la sobremesa unos cómodos sillones en un corredor iluminado y ventilado por el fresco de la tarde habían sido un lugar ideal para pasar un rato de amena charla.

En el corredor dos de los huéspedes discutían sobre el estilo de la hacienda, uno afirmaba que era barroco y el otro decía que era gótico. La plática era acalorada y cada uno trataba de reafirmar su postura con sus mejores argumentos arquitectónicos. La balanza oscilaba entre uno y otro, según proponían sus teorías asociándolas a las diferentes secciones de la hacienda. Al poco tiempo ya disponían de la atención del resto de nosotros que jugábamos el papel de jueces y jurado. Finalmente los dos llegaron a un acuerdo y declararon que no era ni barroco ni gótico, sino una mezcla de varios estilos, incluidos el barroco y gótico.

Entonces fue que le comenté a Beethoven, que estaba sentado a mi lado y había sido un espectador mas de la contienda, que personalmente creía que la hacienda estaba dispuesta a manera de hemiciclo, al contrario de las tradicionales formas rectangulares y orden típicos del estilo románico; hice unos trazos en papel dibujando la colocación de los patios, las habitaciones, la iglesia, los jardines y los huertos; después dibujé el semicírculo teórico sobre los símbolos en el papel. Cuando Beethoven quiso hacerme una observación el guía nos interrumpió gritando desde el fondo del corredor que ya el camión estaba listo para partir y que nosotros éramos los últimos en abordarlo.

Seguí platicando con Beethoven mientras nos dirigíamos al camión. Asechando la oportunidad para preguntarle si era verdad lo que había escuchado sobre su quinta sinfonía: que según dicen él había buscado durante años un movimiento fuerte, intenso y profundo; y que lo encontró con tres notas rápidas y una lenta: da, da, da, daaaa. Y cuando uno se entera de dicho movimiento, lo identifica a lo largo de la sinfonía. Pero no encontré la oportunidad para cuestionarlo pues llegamos al camión muy rápido.

Cuando estábamos todos sentados en nuestros lugares en el vehículo, antes de partir, el guía nos mostró con orgullo un disco de música y nos dijo que escucharíamos la última pieza recién terminada por el músico que nos acompañaba: la décima sinfonía. Todos aplaudimos al autor y después en los altavoces comenzó a escucharse una melodía exquisita que enmudeció a los oyentes: era una música madura, pero sin ser triste ni patética. Miré a Beethoven que se había quedado inmóvil, con la cabeza recostada en la almohadilla del sillón y noté que tenía los ojos cerrados. Pensé que los había cerrado para concentrarse y escuchar mejor a su última obra. Pero quizá los había cerrados porque tenía sueño y quería dormir. Quizás el genio estaba… realmente muerto.

© Francisco J. Carabez 07 Sep 2007

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