-“Deja caliento para escribir un cuento.”
Muchas veces nos instalamos temporalmente en una mentalidad por un lapso de tiempo indefinido, el cual puede prolongarse por el resto de nuestra vida.
-“Aja, muy lindo, pero ahora ¡escribe algo con sentido!”
-“¡Va!.”
Yo pienso que el mar no es inmenso como mucha gente románticamente lo afirma; y sé que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de peces, de los cuales siento particular simpatía por los que pueden saltar fuera del agua: como los delfines, las ballenas y los peces vela. Pero, siento mucha pena por las tortugas porque son muy lentas y porque más de alguna, cuando es girada sobre su concha, incapaz de voltearse por sí misma, después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana.
-“¡Tu mariguanada de siempre!, ¿Ya calentaste?, bien, ahora escribe algo con genio.”
-“Si, ya estoy listo. Vamos a ver si esto es bueno. Y ya no me fastidies.”
La bruma matinal había abandonado al parque al tiempo que las copas de los árboles se impregnaban del tibio sol…
-“No, no, no… espera, incorrecto, negativo. Ese no es un buen comienzo para un cuento.”
-“¿Qué?, es mi cuento, así se comienzan en mi planeta. Déjame en paz.”
-“¿Tu planeta? ¡Estás muy, pero muy, loco!, ¿Qué droga te metiste?”
-“No te oigo, soy de palo y tengo orejas de pescado”
-“Ja, ja, estúpido infantil, no toleras críticas constructivas”
-“Continuando…”
… Mientras las aves inundaban con sus trinos y travesuras los espesos jardines anunciando el gozo del día que comienza. Esa mañana el muchacho se había levantado muy temprano para ir a la escuela, pero en el trayecto se le ocurrió la idea de ir a jugar al parque, lo cual encontraba más interesante que las clases que recibía de su maestro, y cuidando de no ser visto desvió su camino rumbo al parque.
-“¡Es decir que se hizo la pinta!”
-“Qué bobo eres, permíteme continuar.”
Era una mañana estupenda para hacer cualquier cosa excepto asistir a las clases, por más interesantes que éstas fueran; así que buscó el lugar más discreto entre los jardines, sacó sus canicas y comenzó a jugar. El tiempo lo atrapó absorto en su recreación hasta que lo despertó el ruido de los cascos de dos caballos que golpeaban al empedrado de la calle; se asomó entre las plantas de ornato para ver a dos hombres montados en sus caballos sosteniendo una discusión acalorada.
-“¡Compadre, a Usted lo andaba buscando!” dijo un de los hombres.
-“¡Pos’ Usted dirá, compadre!” contestó el otro.
El chamaco, oculto por la maleza, dejó a un lado las canicas y atendió con curiosidad el nuevo espectáculo que la vida pueblerina le ofrecía.
-“Por allí hubieras comenzado, por ubicar que se trata del amanecer en un pueblo, ¿qué no te sabes las reglas del cuento: Introducción, desarrollo, desenlace y final?”
-“Es mi cuento y es mi estilo.”
La discusión se hizo más ardiente y los gritos más fuertes entre aquellos hombres, hasta que uno de ellos gritó: “Ya estuvo bueno, compadre” al tiempo que sacaba su machete de la vaina, el otro reaccionó sacando el suyo y el chamaco miró como ambos jinetes tomaban vuelo y se embestían haciendo que sus espadas sacaran chispas con los golpes.
Los caballos estaban agitados y sus narices resoplaban el aire de manera que los orificios de expandían pasmosamente. El niño estaba paralizado, jamás había visto pelear a dos hombres a caballo.
Después de varias estocadas uno de los hombres acertó con su machete en el cuello del otro y como llevaba la fuerza del vuelo y inercia de brioso caballo, la espada cortó del cuerpo a la cabeza de raíz, la cual salió volando con el impulso, para caer y rodar por el suelo hasta finalmente posarse con la cara enfrente del muchacho, que espantado de ver aquella horrible escena: mirar cómo los ojos de aquella cabeza sin cuerpo parpadeaban.
Tétrico espectáculo ofrecía el cuerpo sin cabeza por otro lado, colgante de los estribos del caballo agitado mientras el jinete rival gritaba con rabia:
-“¿Eso quería?, compadre, ¡que lo matara compadre!, ¿eso quería?”
Finalmente el cuerpo sin cabeza, que estaba siendo arrastrado, se desprendió del caballo y quedó yerto en medio del cause del camino. El otro hombre se retiró, tragando amarga saliva, entre las calles estrechas del pueblo.
El niño no dejaba de mirar el miembro cercenado, que ahora yacía inerte, con los ojos fijos en sus pupilas de infante. En ése ambiente hipnotizante e hipnotizador, el niño instintivamente se dirigió hacia su casa, con el recuerdo aún fresco de la sangrienta escena.
-“¿Qué más?”
-“Fin.”
-“¿Qué?, ¿Ya se acabó?, ni siquiera haz narrado el porque se pelearon los compadres.”
-“Los lectores son listos, ellos sabrás deducir el porque”
-“Yo creo que era porque uno de los compadres se metió con la comadre”
-“Cada quien deduce lo que mejor le parece”
-“Vamos, tú eres el escritor, no me dejes con la duda. ¡Ya sé! Estaban ajustando viejas deudas de juego”
-“Intencionalmente el cuento no dice el motivo de la pelea, y no pienso gastar mi tiempo en dar explicaciones obvias”
-“¿Obvias?, lo obvio es que sea lío de faldas.”
-“Ya basta.”
-“¿Por qué basta?”
-“Por que este cuento se acabó.”
© Francisco J Carabez Ciudad Guzmán, Jalisco. Sábado 23 de junio de 2007.
