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Menti-R

Miércoles, 25 de Marzo de 2009

Menti – R

Casi medio siglo de vida y ¿no te has dado cuenta que mentir es dañino, mediocre y cobarde?

Dices tú: La misma energía física y emocional que gastas en decir mentiras la podrías invertir en decir la verdad.

¿Me engañas? No, no lo creo. El mentiroso se engaña a si mismo. Crea historias de fantasía, crea una realidad mental inexistente para si. ¿Así es tu vida? ¿Falsa? ¿Inexistente? Que lastima… que lastima por ti, por ti que te creo y veo como un ser grande y maravilloso.

Yzana es analítica, fría y observadora por un lado. Pero por el otro lado; ese lado que tal vez muy pocas personas conocen es humana y eso también la llena de emociones, por eso es que la has visto reír, llorar, amar y olvidar.

¿Por que mentir? No se… pero hoy ese habito tuyo me hace comprender el porque de tus cargas, el porque de esa piedra que sostienes y nada ni nadie puede –ni quiere- tomar para ayudarte.

¿Te acuerdas de una de mis tantas frases? “Act as if everything determinates your life, because in fact it does” (Actúa como si todos tu hechos determinaran tu vida, porque efectivamente así es). Hermoso y estremecedor no? Es increíble como dejar pasar el vuelo de una mariposa a tu lado puede determinar parte de tu destino. Imagínate lo que puede hacer una mentira.

Los malos momentos llegan solos, no les des vida, busca y procura darme buenos momentos, tú sabes hacerlo y siempre me lo has aconsejado.

Dices que no deje a Segisto sin Yzana, que deseas estar con ella hasta el fin. Entonces, hoy te pido que me dejes amarte con toda la pasión que puedo, que me ames con todo lo bueno y que aniquilemos lo malo.

Se que te has esforzado, se que quieres agradarme, se que quieres conquistarme y ¿sabes? Lo que tengo hoy contigo es grande, extraordinario, mágico. Pero…pensándolo bien no podría ser de otra manera porque soy una gran mujer y siempre he vivido lo más, lo mejor, lo único.

Se que me amas, no tengo dudas acerca de tu sentir, también yo te quiero y quiero tener una vida de calidad, quiero ser feliz con lo que hago y con quien comparto mi vida, ¿que quieres tu?

No te disculpes, no digas “no volverá a suceder” Mejor, te propongo que seas un hombre valiente, un hombre entero y que seas realmente tan grande como mis ojos te ven y afrontes con madurez y serenidad los actos que has hecho.

El pasado no debe contaminar el presente.

Viviana García

Gozo para vivir

Gozo para vivir

La historia que no se repitió.

Viernes, 27 de Febrero de 2009

 

-“¡Hasta aquí llegaste, hijo de puta!”

Escuchó que alguien le gritó al tiempo que lo amagaba con una pistola calibre .358. Sólo podía ver la palidez que su propio semblante y el rostro rabioso de su atacante que se reflejaban del  espejo en su alcoba.

-“He deseado y esperado este momento desde la tarde en que mataste de un disparo a mi padre;” continuó con voz rencorosa el delincuente, “yo era un niño y partir de entonces no ha habido día  de mi vida en que no me duela el recuerdo ni que el deseo de venganza me amargue la boca.”

El hombre de edad madura se hundió ante el sobrecogimiento de un futuro incierto por la amenaza que le hacía aquél intruso, de mirada dura y que tenía un cuerpo envejecido prematuramente. No había mucho que decir y nada que hacer, solo esperar el fatal desenlace. “El que a hierro mata a hierro muere.” Así acabarían sus días de mercenario, de la misma manera en que había matado a tantos: después de estudiar los hábitos de sus víctimas esperaba el momento para sorprenderlas en la intimidad de su solitaria alcoba para enseguida ilustrarlos con un “epitafio” -cortesía del elaborado cinismo de sus clientes- y finalmente liquidarlos de un tiro en la cabeza.

-“Lo de tu padre no ha sido nada personal.” Dijo a manera de excusa. “Tampoco me dí cuenta de que estabas escondido en aquella habitación hasta que me enteré por medio de los noticieros y te lo juro que–”

-“¡No lastimes a mi papito!” Interrumpió un niño de tierna edad que salió de entre las cortinas.

Aunque el hombre maduro se quedó helado, el joven fue el más sorprendido ante la inesperada aparición y mirando con suma tristeza al pequeño, le dijo a su víctima:

-“¡Ah!, mi amigo, no puedo permitir que la historia se repita; no dejaré que tu hijo viva el infierno de presenciar la muerte de su padre.”

Entonces, con un movimiento rápido, el joven apuntó la pistola a la cabeza del niño, disparó y la blanca pared se pintó con la sangre del infante que cayó muerto. Y retomando la conversación con la víctima inicial, continuó con extrema frialdad:

-¿En qué nos quedamos?…

 

 

© Francisco J. Carabez 27 Febrero 2009

 

 Disparo 

Intesamente feliz.

Jueves, 13 de Noviembre de 2008
 

Era una calle regularmente desierta donde no pasaba nada.

Yo usualmente salía al balcón, que da a ésa calle, para despejar mi mente y me entretenía mirando los racimos de mandarinas que doblaban las ramas de uno de los árboles que mis padres sembraron cuando construyeron ésta casa. Me gustaba oler las fragantes guayabas de las ramas que rebosaban sobre el barandal; y a veces me entretenía con una hoja del limón o del naranjo a la que trituraba con minucia para aspirar profundamente su delicada esencia. Además, uno que otro día, la calle se llenaba de ese aroma que el agave soltaba cuando era cocido en los hornos, dentro de la hacienda vieja que está en contra esquina, para después ser destilado en tequila.

Era, pues, la época del año cuándo, a mi balcón, el aire llegaba convertido en un carnaval de olores. Aparte de eso, en la calle no ocurría gran cosa.

Ella comenzó a pasar cotidianamente por mi calle arrastrando, sobre un carro de dos ruedas, una olla de tamales que llevaba para vender en una avenida importante, justo en la esquina donde hace parada el camión y la gente pasa con fluidez. El primer día que la miré, yo me entretenía con un par de tórtolos que construían su nidada muy cerca del nido del colibrí, en la parte alta del naranjo; ella volteó hacia arriba y nos miramos por momentos y después siguió su camino platicando con su madre. Esa mujer era hermosa como una joven palmera.

Para el tiempo en que ya no había en los árboles ni guayabas, ni naranjas, ni mandarinas y los nuevos tórtolos tomaban el sol del atardecer sobre el borde del cancel junto a sus padres, sólo el aroma de la tequilera embriagaba a la calle solitaria. Pero la muchacha seguía pasando siempre a la misma hora, todos los días. A veces acompañada por su madre, otras veces sola. Yo miraba como su vientre crecía poco a poco y para entonces su embarazo era notable.

Como les digo, esa era una calle normalmente desierta donde no sucedía nada. Para ese tiempo, sólo la sombra de tristeza que la muchacha arrastraba con su lento andar, era lo único que pasaba.

Entonces, en abril, ella comenzó a pasar con su niño en brazos, ahora siempre acompañada de su madre. Ya para esas fechas ambos evitábamos mirarnos a los ojos; yo le había hecho un pacto implícito: No juzgar y no asumir nada. A veces, cuando a lo lejos ella pasaba frente de las altas ventanas de madera a doble hoja protegidas por barras de herrería de la hacienda vieja, y yo la miraba venir, prefería abandonar el balcón, meterme en mi casa y perderme en mis asuntos; evitando así la pena de ver como ella me miraría furtivamente, para después agachar la cabeza y pasar apresuradamente.

Era, pues, una calle desierta donde no pasaba nada; hasta que ésa joven comenzó a recorrerla y entonces, cada vez que ella pasaba, la calle quedaba melancólica.

Pero un excelente día en que nuevamente los mandarinos ofrecían sus ramas repletas de frutos y las guayabas maduras se regaban por el suelo, y los limones y naranjos tenían lo suyo y el aroma a tequila recorría la calle, y la tarde era una fiesta por el trinar de las aves; justo antes de llegar al portón de mi casa la miré, pero esta vez no evitó mi mirada ni yo pude evitar la suya ¿y cómo evitarla? si ella estaba radiante y tenía en su boca una sonrisa de incontenible felicidad, pues caminando y tomada de su mano, iba el padre de su hijo con la criatura en el otro brazo. La mujer tenía una atrayente aura de alegría y ensoñación. ¡Jamás he visto a persona alguna tan llena de contento! Me dijo un breve hola y nada más. El resto salía sobrando. Después se perdieron en la lejanía de la calle.

Ya les digo, era una calle solitaria que alguna vez vio pasar a una joven intensamente feliz y desde entonces lo único que pasa, por esa calle, es su ausencia.

 

© Francisco J. Carabez 12 Noviembre 2008

 

Casa Puesta Del sol

Casa Puesta Del sol

El Dilema de los Eruditos.

Viernes, 2 de Mayo de 2008

Cuando les contaba a mis amigos este relato, les aclaraba que tenía la intención de que  éste sería un cuento para ser narrado solamente; pues era muy largo para ser escrito y que jamás lo plasmaría en papel. Así que al tiempo que escribo estas palabras se aplica una variante de la definición de ironía verbal: cuando el sentido literal es opuesto al sentido real. Pero el dilema moral que descubre mi anterior “proto-mentira” es simplemente el preámbulo de otros tres dilemas morales de mayor interés, lo cuales describo brevemente.

Primer dilema moral: Del erudito en libros.

Hace mucho tiempo, cuando Occidente dormía en su sueño medieval, la Iglesia era la encargada de conservar la memoria y el conocimiento de los hombres. Antes de que se inventaran las universidades, las bibliotecas en los monasterios  guardaban la sabiduría en las obras del pasado y de aquél presente.

Humberto Eco en su libro “El nombre de la rosa” narra que en el invierno de 1327 un maestro y su discípulo fueron enviados a una  abadía que era famosa por su enorme biblioteca, para discutir una supuesta herejía de una rama de los franciscanos llamados los espirituales. Pero debido a una serie de asesinatos que se inician el mismo día en que llegaron, el maestro y el discípulo desvían su atención para resolver los crímenes.

Finalmente las sospechas recaen en el viejo bibliotecario que tenía la responsabilidad de leer todos los libros para censurar aquellos que estaban en contra del dogma; y la causa por la que cometió los crímenes era el libro del segundo tratado sobre poética de Aristóteles –supuestamente perdido- que trata sobre la risa.

Moralmente para el bibliotecario, dar a conocer el contenido de dicho libro en un mundo donde la Iglesia dominaba por medio del dolor y del miedo traería el caos en el orden de aquella sociedad obscura y reprimida donde no había cabida para la alegría.

Así que cuando el viejo se ve descubierto por los jueces, huye tratándose de esconder en el laberinto de su biblioteca, y justo antes de ser atrapado tiene que tomar una decisión desesperada: Por un lado tiene que destruir el libro por las consecuencias que su divulgación tendría en la fe de los seglares; y por otro lado sería deplorable deshacerse de la reliquia histórica que tenía en sus manos. ¿Ven el dilema? Tiene que destruirlo pero no debe destruirlo. En el último momento, el viejo hace tirones el libro y se lo traga. Al no poder destruirlo: lo deglute, lo asimila. ¡Una solución genial!

 Segundo dilema moral: Del erudito en arte.

¿Conocen la trama del libro de Thomas Harris “El silencio de los corderos”? El libro precedente es “El dragón rojo” del cual asistí a ver la película que trata de un asesino en serie que nace con un defecto físico en el rostro; razón por la que es rechazado por sus padres y finalmente su infancia transcurre en una granja al cuidado de su senil abuela quien lo amenaza con castrarlo constantemente.

El niño rechazado y traumado comienza a hacer transferencias: su ira y su rencor encuentran alivio cuando mata animales de la granja en lugar de liquidar a la anciana.

Ya independiente, de adulto, investiga a fondo la obra del pintor William Blake y se obsesiona tanto con la obra “El gran Dragón Rojo y la Mujer vestida en sol” que se la tatúa en la espalda, acto que detona su instinto latente iniciándolo como asesino serial.  

Pero cuando empieza una relación romántica con una colega ciega, su nuevo amor crea un conflicto con sus impulsos homicidas que él atribuye a la pintura original.

Así pues hace una cita con el Museo de Brooklyn para estudiar la acuarela y cuando lo dejan sólo con la obra, se le presenta la siguiente encrucijada moral: Por una parte tiene que destruir la pintura para dejar de matar y buscar una relación normal con su novia. Por otro lado se sabe incapaz de dañar una obra de invaluable calidad artística y a la cual él venera. En esa precisa escena, estando yo en el cine, -pensando para mis adentros: “que se la coma, que se la coma”- al ver que él hace pedazos la acuarela y se los lleva a la boca, me levanté emocionado de la butaca gritando “¡bravo, bravo!” ante el enfado del resto de los cinéfilos. Sin duda una escena exquisita, y una excelente solución.

  Tercer dilema moral: Del erudito en floricultura.

La conocí cuando ella tenía catorce años. Era una chica aficionada al cultivo de las flores. No lo niego, me gustaba su charla y su compañía, pero la edad era un impedimento para que surgiera un romance entre nosotros, pues yo recién entraba a los treintas.

Cuando decidí no aceptar la invitación que me hizo para su fiesta de cumpleaños número quince, ella esperó un año y lo intentó de nuevo al llevarme serenata justo antes de cumplir los dieciséis. Yo aún respetaba sus sentimientos. La evadía y me mantenía al margen tratando de guiarla con los mejores consejos que podía ofrecer; ilustrándola con la obra de los grandes genios y llenando su cabeza con un mar inmenso de posibilidades para su futuro y haciéndole entender que yo sería un ancla en su proyecto de vida.

Para no hacer el cuento largo, ante su insistencia, decidí dar una oportunidad a la muchacha.

De manera que la relación era ya profunda cuando ella cumplió los dieciocho. Para entonces se dio la ocasión donde estuvimos por fin a solas, y justo antes de intimar sexualmente ella me aclaró que su flor de mujer estaba intacta. En ese momento exacto vino a mi mente la sabiduría fruto de todos mis años de estudio y de lucha por un mundo mejor, emergiendo mis sentimientos de protección paternal. Pero por otra parte el aroma de su flor de mujer había erigido mi primavera ahora palpitante y deseosa de explotar.

¿Ven mi dilema? Dentro de mi, el erudito no debería destruir la flor, pero mi patán interno no podía dejarla intacta. Así que siguiendo la inercia, mi solución también fue brillante: me comí la flor.

 

Conclusión: Los eruditos terminan asimilando aquello en lo que son expertos.

 

© Francisco J. Carabez 30 Abril 2008

 

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Los Compadres

Lunes, 21 de Abril de 2008

-“Deja caliento para escribir un cuento.”

Muchas veces nos instalamos temporalmente en una mentalidad por un lapso de tiempo indefinido, el cual puede prolongarse por el resto de nuestra vida.

-“Aja, muy lindo, pero ahora ¡escribe algo con sentido!”
-“¡Va!.”

Yo pienso que el mar no es inmenso como mucha gente románticamente lo afirma; y sé que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de peces, de los cuales siento particular simpatía por los que pueden saltar fuera del agua: como los delfines, las ballenas y los peces vela. Pero, siento mucha pena por las tortugas porque son muy lentas y porque más de alguna, cuando es girada sobre su concha, incapaz de voltearse por sí misma, después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana.

-“¡Tu mariguanada de siempre!, ¿Ya calentaste?, bien, ahora escribe algo con genio.”
-“Si, ya estoy listo. Vamos a ver si esto es bueno. Y ya no me fastidies.”

La bruma matinal había abandonado al parque al tiempo que las copas de los árboles se impregnaban del tibio sol…

-“No, no, no… espera, incorrecto, negativo. Ese no es un buen comienzo para un cuento.”
-“¿Qué?, es mi cuento, así se comienzan en mi planeta. Déjame en paz.”
-“¿Tu planeta? ¡Estás muy, pero muy, loco!, ¿Qué droga te metiste?”
-“No te oigo, soy de palo y tengo orejas de pescado”
-“Ja, ja, estúpido infantil, no toleras críticas constructivas”
-“Continuando…”

… Mientras las aves inundaban con sus trinos y travesuras los espesos jardines  anunciando el gozo del día que comienza. Esa mañana el muchacho se había levantado muy temprano para ir a la escuela, pero en el trayecto se le ocurrió la idea de ir a jugar al parque, lo cual encontraba más interesante que las clases que recibía de su maestro, y cuidando de no ser visto desvió su camino rumbo al parque.

-“¡Es decir que se hizo la pinta!”
-“Qué bobo eres, permíteme continuar.”

Era una mañana estupenda para hacer cualquier cosa excepto asistir a las clases, por más interesantes que éstas fueran; así que buscó el lugar más discreto entre los jardines, sacó sus canicas y comenzó a jugar. El tiempo lo atrapó absorto en su recreación hasta que lo despertó el ruido de los cascos de dos caballos que golpeaban al empedrado de la calle; se asomó entre las plantas de ornato para ver a dos hombres montados en sus caballos sosteniendo una discusión acalorada.

-“¡Compadre, a Usted lo andaba buscando!” dijo un de los hombres.

-“¡Pos’ Usted dirá, compadre!” contestó el otro.

El chamaco, oculto por la maleza, dejó a un lado las canicas y atendió con curiosidad el nuevo espectáculo que la vida pueblerina le ofrecía.

-“Por allí hubieras comenzado, por ubicar que se trata del amanecer en un pueblo, ¿qué no te sabes las reglas del cuento: Introducción, desarrollo, desenlace y final?”
-“Es mi cuento y es mi estilo.”

La discusión se hizo más ardiente y los gritos más fuertes entre aquellos hombres, hasta que uno de ellos gritó: “Ya estuvo bueno, compadre” al tiempo que sacaba su machete de la vaina, el otro reaccionó sacando el suyo y el chamaco miró como ambos jinetes tomaban vuelo y se embestían haciendo que sus espadas sacaran chispas con los golpes.

Los caballos estaban agitados y sus narices resoplaban el aire de manera que los orificios de expandían pasmosamente. El niño estaba paralizado, jamás había visto pelear a dos hombres a caballo.

Después de varias estocadas uno de los hombres acertó con su machete en el cuello del otro y como llevaba la fuerza del vuelo y inercia de brioso caballo, la espada cortó del cuerpo  a la cabeza de raíz, la cual salió volando con el impulso, para caer y rodar por el suelo hasta finalmente posarse con la cara enfrente del muchacho, que espantado de ver aquella horrible escena: mirar cómo los ojos de aquella cabeza sin cuerpo parpadeaban.

Tétrico espectáculo ofrecía el cuerpo sin cabeza por otro lado, colgante de los estribos del caballo agitado mientras el jinete rival gritaba con rabia:

-“¿Eso quería?, compadre, ¡que lo matara compadre!, ¿eso quería?” 
 

Finalmente el cuerpo sin cabeza, que estaba siendo arrastrado, se desprendió del caballo y quedó yerto en medio del cause del camino. El otro hombre se retiró, tragando amarga saliva, entre las calles estrechas del pueblo.

El niño no dejaba de mirar el miembro cercenado, que ahora yacía inerte, con los ojos fijos en sus pupilas de infante. En ése ambiente hipnotizante e hipnotizador, el niño instintivamente se dirigió hacia su casa, con el recuerdo aún fresco de la sangrienta escena.

-“¿Qué más?”
-“Fin.”
-“¿Qué?, ¿Ya se acabó?, ni siquiera haz narrado el porque se pelearon los compadres.”
-“Los lectores son listos, ellos sabrás deducir el porque”
-“Yo creo que era porque uno de los compadres se metió con la comadre”
-“Cada quien deduce lo que mejor le parece”
-“Vamos, tú eres el escritor, no me dejes con la duda. ¡Ya sé! Estaban ajustando viejas deudas de juego”
-“Intencionalmente el cuento no dice el motivo de la pelea, y no pienso gastar mi tiempo en dar explicaciones obvias”
-“¿Obvias?, lo obvio es que sea lío de faldas.”
-“Ya basta.”
-“¿Por qué basta?”
-“Por que este cuento se acabó.”

© Francisco J Carabez  Ciudad Guzmán, Jalisco. Sábado 23 de junio de 2007.
 

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El Cuento de la Tortuga

Viernes, 18 de Abril de 2008

Yo pienso que el mar no es inmenso, como mucha gente poéticamente lo afirma; y creo que tiene una profundidad limitada donde habitan infinidad de criaturas; de las cuales siento particular simpatía por las que pueden saltar majestuosamente fuera del agua: como las ballenas, los delfines y los pez vela.

Pero siento mucha pena por las tortugas; porque son ¡muy lentas! y porque a mas de alguna, si es girada sobre su concha -incapaz de voltearse por sí misma- después de una larga agonía morirá abrazando una esperanza vana!

© Francisco J Carabez 2006

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