Intesamente feliz.

November 13th, 2008

 

Era una calle regularmente desierta donde no pasaba nada.

Yo usualmente salía al balcón, que da a ésa calle, para despejar mi mente y me entretenía mirando los racimos de mandarinas que doblaban las ramas de uno de los árboles que mis padres sembraron cuando construyeron ésta casa. Me gustaba oler las fragantes guayabas de las ramas que rebosaban sobre el barandal; y a veces me entretenía con una hoja del limón o del naranjo a la que trituraba con minucia para aspirar profundamente su delicada esencia. Además, uno que otro día, la calle se llenaba de ese aroma que el agave soltaba cuando era cocido en los hornos, dentro de la hacienda vieja que está en contra esquina, para después ser destilado en tequila.

Era, pues, la época del año cuándo, a mi balcón, el aire llegaba convertido en un carnaval de olores. Aparte de eso, en la calle no ocurría gran cosa.

Ella comenzó a pasar cotidianamente por mi calle arrastrando, sobre un carro de dos ruedas, una olla de tamales que llevaba para vender en una avenida importante, justo en la esquina donde hace parada el camión y la gente pasa con fluidez. El primer día que la miré, yo me entretenía con un par de tórtolos que construían su nidada muy cerca del nido del colibrí, en la parte alta del naranjo; ella volteó hacia arriba y nos miramos por momentos y después siguió su camino platicando con su madre. Esa mujer era hermosa como una joven palmera.

Para el tiempo en que ya no había en los árboles ni guayabas, ni naranjas, ni mandarinas y los nuevos tórtolos tomaban el sol del atardecer sobre el borde del cancel junto a sus padres, sólo el aroma de la tequilera embriagaba a la calle solitaria. Pero la muchacha seguía pasando siempre a la misma hora, todos los días. A veces acompañada por su madre, otras veces sola. Yo miraba como su vientre crecía poco a poco y para entonces su embarazo era notable.

Como les digo, esa era una calle normalmente desierta donde no sucedía nada. Para ese tiempo, sólo la sombra de tristeza que la muchacha arrastraba con su lento andar, era lo único que pasaba.

Entonces, en abril, ella comenzó a pasar con su niño en brazos, ahora siempre acompañada de su madre. Ya para esas fechas ambos evitábamos mirarnos a los ojos; yo le había hecho un pacto implícito: No juzgar y no asumir nada. A veces, cuando a lo lejos ella pasaba frente de las altas ventanas de madera a doble hoja protegidas por barras de herrería de la hacienda vieja, y yo la miraba venir, prefería abandonar el balcón, meterme en mi casa y perderme en mis asuntos; evitando así la pena de ver como ella me miraría furtivamente, para después agachar la cabeza y pasar apresuradamente.

Era, pues, una calle desierta donde no pasaba nada; hasta que ésa joven comenzó a recorrerla y entonces, cada vez que ella pasaba, la calle quedaba melancólica.

Pero un excelente día en que nuevamente los mandarinos ofrecían sus ramas repletas de frutos y las guayabas maduras se regaban por el suelo, y los limones y naranjos tenían lo suyo y el aroma a tequila recorría la calle, y la tarde era una fiesta por el trinar de las aves; justo antes de llegar al portón de mi casa la miré, pero esta vez no evitó mi mirada ni yo pude evitar la suya ¿y cómo evitarla? si ella estaba radiante y tenía en su boca una sonrisa de incontenible felicidad, pues caminando y tomada de su mano, iba el padre de su hijo con la criatura en el otro brazo. La mujer tenía una atrayente aura de alegría y ensoñación. ¡Jamás he visto a persona alguna tan llena de contento! Me dijo un breve hola y nada más. El resto salía sobrando. Después se perdieron en la lejanía de la calle.

Ya les digo, era una calle solitaria que alguna vez vio pasar a una joven intensamente feliz y desde entonces lo único que pasa, por esa calle, es su ausencia.

 

© Francisco J. Carabez 12 Noviembre 2008

El Obelisco II

October 5th, 2008

El Obelisco: Segunda parte.

Creía que había cerrado el ciclo de sueños del “centro de la tierra” cuando soñé que estaba en una costa, paseando por el malecón de una ciudad turística. Al Mirar el romper de las olas de la playa cercana, reconocí casi sepultado entre el agua y la arena, el semicírculo de la parte superior de la escalinata del ¡Teatro Griego!.

!Wow! Sin duda había regresado al centro de la tierra; seguramente el calentamiento global había subido el nivel de su mar artificial provocando la inundación del teatro. Emocionado, pregunté a un policía sobre el paradero de mis tres viejos amigos. Me dijo que Durante había fallecido hacía varios años y con él su restaurante. Don Nicolás era alcalde vitalicio de la ciudad y qué Oriana tenía un burdel en la zona dorada dentro del centro de la ciudad.

Pensé en saludar primero a Doña Oriana porque a mi juicio Don Nico estaría muy ocupado en sus asuntos de gobierno.

Me dirijí a visitar al negocio de la Doña. El burdel estaba en el primer piso de un gran edificio. No pude evitar la sorpresa de ver de nuevo a mi vieja amiga; que al reconocerme, de inmediato me hizo pasar y me ofreció un trago con mucha exitación.

-”¿Qué te tomas?”

-”Whisky con soda.”

-“¿Qué te parece el lugar?,” me preguntó.

Le dije que era un lugar con mucha clase y estilo. Mi sorpresa fue mayor cuando me explicó que había sido mía la idea de hacer un lugar como aquél.

-“¿Ha sido mi idea?,” pregunté incrédulo.

Ella me recordó que en alguna ocasión le había comentado que cuando tomaba con los amigos de mi “mundo”, nos gustaba fantasear en el negocio perfecto:

-”Cuatro niveles de estacionamiento en el sótano, burdel en la planta baja y renta de cuartos en los pisos de arriba: ¡Les cobras a los clientes el estacionamiento, la bebida, el cuarto y la suripanta! Negocio redondo,” me dijo tratando de refrescarme la memoria.

-”Ja, ja, ja. Es verdad. Nunca creí que álguien lo hiciera realidad,” le comenté en son de broma.

La Señora llamó a dos damas y nos pidió que la siguiéramos. Subimos las escaleras hasta el piso siguiente y nos metimos a un cuarto.

-“Hagan lo que él les pida, mientras voy por una [botella] de [vino] tinto,” les dijo y salió de la habitación cerrando la puerta tras de si.

Al quedarnos solos, ellas me miran coquetas y yo tomando las cosas con tranquilidad, intento pedirles que pongan el segundo concierto para piano de Sergei Rachmaninov en el reproductor de discos; pero para mi desgracia no puedo pronunciar correctamente el nombre del autor, y sólo logro balbucear sonidos guturales; ellas por supuesto que no entienden el nombre que trato de vocalizar y mucho menos saben de quien se trata.

Por más que me esfuerzo, me veo incapaz de pronunciar apropiadamente “Rachmaninov”

Al poco tiempo, entra Oriana. Las chicas al ver la cara de disgusto de la señora, le dicen a manera de excusa:

-“Es que no le entendemos lo que dice,” mientras me señalan con el índice.

-“Es culpa de estas tontas,” me dice Oriana al tiempo que las toma de los cabellos, las arrastra fuera de la habitación y las arroja por las escaleras.

Yo me quedo paralizado ante la escena.

-“Espera aquí, cariño, voy por otras que sí te entiendan,” me dice.

Yo, al ver que los cuerpos ensangrentados de las mujeres no se mueven, huyo por la salida trasera del inmueble. En mi fuga, cuando estoy a media escalera, me topo con Oscar, mi amigo de parrandas, que al verme me dice:

-“Cabrón, acompáñame, vamos a hacer un trío.”

Si darle tiempo de nada, lo jalo hacia la calle y al explicarle la situación, los dos salimos corriendo por los callejones posteriores al edificio. De pasada veo a unos ancianos jazzistas de color sentados a las entradas de los condominios lúgubres, tocando desenfadadamente un sax y una armónica.

Así continuamos corriendo hasta toparnos con las ruinas de una estación de ferrocarril. Internamente me reprocho el haberles dado la mala idea de construir un ferrocarril en un lugar encerrado y pequeño como aquella ciudad, seguramente ésa no ha de haber sido una de mis mejores contribuciones.

-“Güey, vámonos al malecón,” me dice Oscar.

Agitados de tanto correr por fin llegamos a la parada de camiones en la calle principal. Le pregunto al chofer del primer camión que se para:

- “Señor, ¿va a la tierra?”

El chofer piensa que es una broma, cierra la puerta con molestia, y se va.

-“Cabrón, mejor pregunta que si va a la terminal de camiones,” me reclama Oscar al ver la reacción del conductor.

Esperamos al siguiente camión y cuando llega, esta vez pregunto:

-“Señor, ¿Va a la terminal de camiones?”

-”¿A cual necesitan ir: a la norte o a la sur?,” questiona a su vez el chofer.

-”A la que vaya, no nos importa. ¡Súbete, cabrón!,” me subo y apresuro a Oscar a que también lo haga.

Una vez arriba del vehículo, el chofer cierra las puertas y se va caminando hasta los asientos que están en la mitad del camión y al parecer sigue con una acalorada charla con el resto de los pasajeros.

El autobus es conducido por el piloto automático.

Al poco tiempo recuperamos la serenidad y nos metemos en la plática del resto de los pasajeros. De alguna manera comienzo a platicar con el chofer, que al ver que no somos de la ciudad, nos explica la historia de cada lugar de interés que está dentro del recorrido de la ruta.

Por la ventana veo la costa y su mar intensamente azúl. “Al menos han cambiado el color del agua,” pienso.

Después logro distinguir en una palapa en ruinas lo que quedó del restaurante de Durante, me dió mucha tristeza mirar el lugar.

En eso veo a lo lejos una glorieta y reconozco el obelisco, la alegría vuelve a mi rostro. Qué orgullo siento al verlo, más porque ha sido inspiración mia su construccción. Picado de vanidad, le pregunto al Señor por la historia del monolito; éste me dice, como quien muestra su más preciado trofeo:

-“Ah, joven, El Obelisco es el símbolo de nuestra ciudad, es muy antiguo y fue construido de un material en extremo raro.”

-“¡Ah Caray!, ¿Y de qué material está hecho, oiga?,” pregunto con suma curiosidad.

Cuando él me responde:

-“¡Esta hecho de latrocinio!”

Me despertó mi propia risa a carcajadas.

© Francisco J. Carabez 6 Octubre 2007.

 

-”¡La vida es corta!,” dice él.

-”… ¡y el obelisco es laaargo, laaargo!,” dice ella.

 

Ruinas de un Teatro Griego

Ruinas de un Teatro Griego

El Obelisco

October 4th, 2008

El Obelisco: Primera parte.

¿No les ha pasado que tienen un sueño recurrente que, aunque repetitivo, cada vez que sucede hacen cosas que en otras ocasiones no se atrevieron o se aclaran detalles que hasta entonces estaban confusos?

A ése tipo de sueños les llamo Sueños Recurrente Progresivos y los he vivido desde que tenía cinco años de edad. Después de tantos años de manifestarse ausentes yo creía que ya eran parte de mi pasado onírico pero recientemente he concluido el último de ellos.

Personalmente creo que los sueños son un divertimento de la mente y por su carácter lúdico carecen de cualquier tipo de significado fuera del contexto donde se generan. Es una variante del cuento de “Las mil y una noche” narrado por nuestro discurso interno y donde el protagonista principal somos nosotros mismos.

Así pues, permítanme contarles éstos sueños recurrentes: todos ellos inician con una mañana tropical fresca y luminosa donde estamos, un grupo de amigos, paseando y divirtiéndonos con bromas y ocurrencias en El Malecón de Puerto Vallarta.

Cuando de pronto se para una camioneta todo terreno repleta de extranjeros y uno de ellos grita:

-“Necesitamos un guía que nos lleve al centro de la tierra.”

-“¡Yo seré su guía!,” respondo mientra me dirijo al vehículo.

 
Me subo a la camioneta y después de varios minutos de camino, a la altura de La Joya, dejamos la carretera para tomar una brecha que nos lleva, selva adentro, al pie de una montaña, donde está una enorme cueva que es la entrada al “centro de la tierra”.

A un lado de la entrada hay un letrero rústico que dice: “Per me si va…” parodiando el camino al infierno de la Divina Comedia.

Siguiendo el camino, dentro de la cueva, después de muchas curvas por fin se llega, supuestamente, al centro de la tierra, que en realidad es un lugar no muy diferente a la selva del exterior, incluso está igual de iluminado. Hay varios sitios interesantes para los turistas y mientras ellos se dispersan por la zona, yo por mi parte, me entretengo platicando con los nativos de aquél lugar.

Así es como en mi primer viaje conozco a un señor de nombre Durante. Era una persona ocurrente y de charla jovial. Dentro de la plática, le comenté que sería bueno para los turistas, si hubiera un lugar dónde comprar cervezas y bebidas heladas, ya que la zona carecía de comercios; para de alguna manera refrescarse del calor que hacía en el sitio.

Me despido de Durante cuando el resto del grupo está listo para partir.

Como les comenté, los sueños tienen el mismo comienzo: estoy con mis amigos en El Malecón de Puerto Vallarta cuando se detiene una camioneta todo terreno, llena de turistas y uno de ellos grita: “Necesitamos un guía para que nos lleve al centro de la tierra”, “Yo seré su guía” le respondo y acto seguido los llevo a un lugar, en lo profundo de las montañas que es, en teoría, el centro de la tierra.

En mi segundo viaje, al reconocerme Durante viene a mi encuentro y muy contento me muestra un humilde café al aire libre.

-“Seguí tu consejo y puse este pequeño negocio,” me dice jubiloso mientras me pide que lo acompañe.

En una de las mesas del café había dos personas conocidos de mi amigo, un hombre un poco mayor que Durante, llamado Nicolás y un señora de nombre Oriana. Nos sentamos con ellos y lo felicito por tan agradable lugar.

-”¿Deseas Algo de tomar?,” me pregunta Durante.

-”Una Corona, por favor,” respondo mientras entablaba conversación con los presentes.

Después de platicar de diversos temas, me piden que le describa cómo es el mundo de arriba. Yo me quedo sorprendido cuando me entero que ellos, como resto de los habitantes, no conocen otro lugar que aquella, su tierra. Les prometí contarles la historia de mi cultura.
 
En los viajes sucesivos fui testigo del progreso económico de mi amigo Durante; su pequeño café se convirtió en bar, después en restaurante. Pero al mismo tiempo se hicieron muchos cambios al pequeño pueblo en general, y dichos cambios eran hechos en base a mis comentarios y consejos. Al tiempo que los ilustraba con diversas charlas referente al estilo de vida del “mundo exterior”.

En una ocasión (recuerden que son sueños progresivos) parecían que me esperaban ansiosos, y me llevaron para mostrarme la última construcción del pueblo:

Un teatro griego de mármol blanco.

Cuando lo miré me quedé gratamente sorprendido. Era increíble que lo hayan construido tan rápido, pero sobre todo, que se hayan inspirado con tan sólo contarles un poco de la historia de la cultura de Occidente iniciada con los griegos. Era un teatro al aire libre,  con forma de semicírculo y un escenario simple. No soporté la tentación y me subí al centro y probé la acústica.

Despúes, en otro sueño, me guían al teatro griego para darme una sorpresa aún mayor. Pero para hacerlo más emocionante, me han vendado los ojos. Así comienzamos a descender la escalinata rumbo al escenario del teatro. Y justo a la mitad de las escaleras me retiran la venda.

-“¡Mira, hemos hecho un MAR!,” me dice Durante con un entusiasmo desbordado.

Yo me quedo atónito ante el espectáculo, allí frente  mi, hay un ¡MAR INMENSO!.

Y las olas revientan justo atrás del escenario.

-“¡¿Pero quien les dijo que el agua del mar es de color roja?!,” les pregunto intrigado al ver un mar color carmesí, al tiempo que esquivaba el agua que, cual sangre, se desparramaba por los primeros peldaños del teatro. Yo vestía pantalón y camisa blanca y no quería mancharme.

-“Es que vimos en el mapamundi de tu libro de historia un lugar que decía: Mar Rojo.”

Sin esperar más explicaciones, ése día me desperté carcajeándome por la ocurrencia de mis amigos.

Ja, ja, ja…

Como les comenté, lo único constante de mis sueños era el principio. Los habitantes del centro de la tierra habían transformado su aldea en todo un centro turístico. Mis tres amigos eran ya líderes políticos y económicos en su “mundo”.

Al ver su progreso les comenté que sería una buena idea hacer una glorieta y en su centro erigir un obelisco, pues para los antiguos egipcios dichos monolitos eran símbolo de estabilidad y permanencia.

-“Y de qué vamos a hacer un obelisco, si no hay canteras de granito rojo en estos lugares,” me preguntaron.

-“¡Pues de latrocinio!,” les respondí, “como todos los obeliscos de la roma antigua.”

Ése fue el último sueño que recuerdo haber tenido del “centro de la tierra”.

 

© Francisco J. Carabez (soñados entre 1992 y 1999)

 

CAIDA LIBRE

October 1st, 2008

“…Me has dicho un secreto…”

     -dije

y antes de saltar por la ventana

pusiste un beso en el aire

que por el viento inútil fue…

                        …tratar de atrapar.

 

                        …Tratar de tomarte

imposible, cual pompa de jabón

entonces morirías, frágil, ausente

silencioso destino va hacia ti,

hacia mi.

 

Ya no importa tratar de ocultarse.

Sucede a tu silencio una tristeza,

el ciego lamentar de unos labios,

tus labios,

y retenido en tu cuerpo

eclipsado por el tiempo,

un grito de dolor.

 

Lejano está el resonar de esas dos alas

que súbitas nos dieron el amor

y aun minutos antes de cruzar por el dintel

a manos llenas le consumimos sin control.

 

Nuestro leve vuelo ha girado su bandera,

nos tendió una trampa y no podremos escapar,

ese aire que innominado te habitaba

hoy sucede a la sangre en tu latir,

el fin es lo más bajo y más profundo

ya es muy tarde, tenemos que partir.

© Jesus Angel Sanchez Juarez

El platillo volador.

September 13th, 2008

El contexto de este sueño fue un día que discutí la muerte de un perro perfectamente entrenado llamado “Fury” y cuyo dueño lamentó mucho su pérdida.

Soñé que invité a la familia de mi amigo Lalo a dar un paseo en mi “nave espacial”, que más bien era un platillo volador.

Una vez que todos estábamos a bordo del platillo, despegamos y enfilé el artefacto hacia el volcán de Colima y su pico nevado. Ya habíamos ganado suficiente altura como para contemplar una excelente panorámica desde donde se podía apreciar, allá en la lejanía, el horizonte del mar y se veían, relativamente cerca, las montañas de El Nevado.

En eso se le ocurrió a Lalo pilotear la nave y le cedí los comandos.

Pero inmediatamente Lalo perdió el control de la nave y comenzamos a zigzaguear en el viento. Cuando nos dimos cuenta que nos enfilábamos directo al pico rocoso de El Nevado todo mundo entró en pánico y gritábamos llenos de terror. La situación era desesperada pero no grave. Entonces empujé a Lalo a un lado y le dije en forma de reproche:

-“¡Lalo!, ésta nave se controla por medio de la voz,” Al tiempo que señalaba a los controles en la cabina.

-“¡STAY!,” grité en voz alta y el platillo volador de inmediato se estabilizó para el alivio de los presentes.

-“¿Ves, cabrón? son los mismos comandos que se les da a los perros,” le expliqué.

-“¡FLOW!,” le grité de nuevo a la computadora e inmediatamente la nave comenzó a deslizarse suavemente por el cielo. Brevemente le seguí explicando algunas instrucciones simples para que Lalo aprendiera a pilotear la aeronave.

-“¡FLOW HOME!,” dije con firmeza.

Con éste último comando, la nave tomó el rumbo de regreso a nuestra ciudad y pocos minutos después descendió a una de las avenidas más transitadas de Guadalajara.

Ya que estábamos dentro flujo de carros y camiones, para mi desgracia, la nave seguía un trayecto directo hacia la casa, sin respetar los señalamientos de tránsito. Así continuó y cuando se pasó unas luces rojas, le dije a manera de explicación a Lalo:

-“Bueno, ¿qué esperabas? ¡Ésta nave no está entrenada para el tránsito terrestre!”

 
© Francisco J. Carabez 3 Mayo 2007

 

El Nevado de Colima

El Nevado de Colima

Toda Esperanza Abandonada.

August 26th, 2008

 

Tenía desde los seis años que no soñaba en la guerra. Hoy particularmente no podía conciliar el sueño y cuando al fin lo logré desperté al final de una larga guerra.

Era un preso guardando la fila, dentro de la última ronda, para el paredón de ejecución.

A lo lejos, el paisaje era confuso: humo, explosiones, balazos, gritos… guerra al fin.

Antes de ejecutarnos nos estaban haciendo una entrevista. Al llegar mi turno, la persona tras un escritorio me miró a los ojos y con voz seria me dijo:

-“La guerra está por terminar. Y como considero absurdo matarlos,  su fusilamiento será una farsa: fingirán caer muertos al escuchar las balas de salva. Después serán arrojados entre los cadáveres de una fosa común y allí deben permanecer silenciosos hasta que amanezca el nuevo día con la paz. Si los descubren antes serán ejecutados.”

Pues así sucedió, actuamos la farsa y fingimos estar muertos, y nos llevaron por montones al lugar citado. La guerra había secado todos nuestros sentidos, ya no percibíamos el hedor de los muertos; nuestros músculos ya se habían consumido desde hacía mucho tiempo por el miedo, la tensión constante y la miserable alimentación. Por nuestras venas corría tanta vida como la de aquellas piltrafas a las que, inmóviles, imitábamos. En nuestras mentes no quedaba siquiera un recuerdo feliz para rumiar en las largas horas de espera.

Por mucho tiempo la fosa fue un pozo de expectación. Su inmovilidad se rompió de pronto por un adolescente, de la pared contraria, que comenzó a llorar desconsoladamente y su madre trataba inútilmente de callarlo.

-“Este niño no tiene consideración para con su madre,” pensé.

Se podía sentir en el ambiente las miradas que penetraban como lanzas a la mujer, como diciendo “o callas a tu hijo o lo callamos.”

La madre desesperadamente trataba de taparle la boca, en un intento vano por sofocar los gritos del puberto.

De pronto se levantó de entre nosotros Albert Einstein, caminó furtivamente hasta llegar a un lado de niño llorón, sacó una pistola plateada y le dio un disparó en la cabeza.

Todos en la fosa, inmutables, miramos como el muchacho cayó agonizante y veíamos formarse en su nariz grandes burbujas de sangre que se reventaban con su respiración apresurada. Einstein nos miró y cual espejo, su rostro reflejaba nuestra indiferencia e insensibilidad: “¡Ya remátalo!,” dije con frialdad en silencio.

Cerré los ojos cuando escuché el segundo balazo. Cuando los abrí el rostro de la madre reflejaba alivio en lugar de dolor. Me giré y escondí entre los muertos.

Pasó el tiempo.

Ya de noche, cuando salieron las estrellas y cesaron los sonidos de disparos a lo lejos, por momentos reinó la calma.

Entre la oscuridad escuchamos una voz muy serena, de uno de nosotros, que dijo:

-“Allá, orbitando en una estrella del cinturón de Orión, está mi planeta. Es un lugar hermoso, donde nunca ha habido guerra. Y desde allá van a venir por mi, mis paisanos. Sí, van a venir por mi, estoy seguro de eso.”

Todos alzamos la vista al infinito y recordamos la serenidad de tener un tiempo de paz. Después explotamos en risas ahogadas. Sin duda era un trastornado más a causa de la maldita guerra. El chispazo de humor se extinguió rápidamente y después se perdió dentro de un siniestro letargo.

Impacientes de esperar, cobijados por la obscuridad y la aparente paz, nos atrevimos a salir de la fosa y caminamos varias horas entre las ruinas y los escombros.

Llegamos a la orilla del mar.

Nos dirigimos a una armería de reciclado y reconstrucción. Había montones de armas inservibles al aíre libre y un sin fin de piezas regadas por todo el lugar. Todos comenzamos a separar piezas para ensamblar rifles y pistolas.

Ese estúpido “extraterrestre” no sabía distinguir rondanas, tuercas y tornillos. Con el fin de que nos apoyara a construir armas, le dije con poca paciencia: “las rondanas son las planas y debes insertarlas en los tornillos que tienen forma de palito.”

Mientras separaba las piezas y ensamblaba un excelente rifle, miré en el cielo las estrellas del cinturón de Orión. “Cómo quisiera estar en el planeta de éste infeliz: sin guerra, sin prisa y sin miedo. Y poder dormir tranquilamente. Me dormiría tres horas seguidas; quizá hasta podría dormir seis horas en una sola pestañada. Me imagino que será un planeta donde sople un viento fresco y limpio; en una atmósfera cálida y donde reine un silencio profundo,” pensaba.

El sol derramaba sus primeros rayos en el horizonte cuando alguien gritó:

- “¡Corran!, que han desembarcado soldados en la playa y ya están sobre nosotros.”

Con el pánico huimos hacia el lado contrario y en desbandada veía como caían al azar los compañeros, al impactarles los misiles que desde lejos disparaban los soldados.

Los pocos que sobrevivíamos nos vimos acorralados, pues al frente,  a lo lejos había una trinchera enemiga y por la retaguardia ya nos pisaban los talones más soldados enemigos.

Con toda la esperanza abandonada y el cuerpo agotado, solté el rifle y me dejé caer.

Resoplé el polvo del suelo. Me sentí aturdido, vacío, harto y muy cansado. Me sentí imposible de poseer aunque sea una falsa ilusión como la del loco y seguir corriendo para intentar salvarme. Cerré los ojos y envidié la suerte de todos los que ya habían muerto.

Lo único que deseaba, en ése momento, era descansar -literalmente- en paz.

© Francisco J. Carabez 18 Agosto 2008

 

Albert Einstein

El Querubín

July 24th, 2008

Les voy a contar de un sueño que tuve anoche.

Sucede que mi primo Miguel, que es “guerrero” en las campañas y maratones etílicos, tuvo a bien la idea de matrimoniarse y me invitó a su boda que ha realizarse el siguiente sábado en San Luis. En el pasado agosto lo invité a celebrar mi cumpleaños en El Hotel Danza del Sol ubicado en un sitio dentro del ombligo de México llamado Ajijic, y quedó encantado con el lugar.

Antes de dormir, ya acostado, hice un plan maestro para asistir a su boda: El sábado saldría temprano hacia San Luis y me hospedaría en un hotel en el centro de la ciudad, de tal manera que me facilitara el traslado tanto a la celebración religiosa como a la fiesta de brindis.

Según mi sueño la boda se estaba realizando en el templo de Ajijic y por alguna razón yo llegaba a media celebración nupcial. Había tantos asistentes que no cabían en el templo y varios de ellos estaban amontonados en la puerta principal. Yo no estaba presentable para una boda, pues vestía camiseta y pantalones cortos; saludé a algunos conocidos que estaban afuera del templo y me retiré inmediatamente para cambiarme de ropa en el hotel Danza del Sol, con la intención de regresar lo más pronto posible.

Así que caminé con rumbo al hotel, y pronto me encontré subiendo por una angosta calle empedrada, con ambas hileras de casas típicas coloniales (adobe, tejas, grandes ventanas y de color blancas con la parte inferior pintada de rojo). Y subí, subí la cuesta, hasta que llegué a lo más alto. Allí la calle se terminaba dando inicio a un desfiladero; pero con una magnífica vista del Lago de Chapala y las montañas que lo rodean. Para evitar que la gente se despeñara, había una pequeña reja de madera.

Pues allí estaba yo, en el mirador contemplado aquél hermoso paisaje. Y pensé lo bueno que sería poder volar y recorrer el lago desde lo alto. Como a mi edad uno se convierte en cínico, me dije:

-“Pues a la mejor y Dios te ayuda a volar” con cierto sarcasmo.

¡No me lo van a creer! apenas había yo terminado de hablar, cuando algo me tomó de ambas mangas de la camisa y me elevó por los aires; de la misma manera con que las águilas toman a sus presas, sentí que algo me sostenía fuertemente. Auque no podía verlo directamente pude ver, por la sombras que hacíamos en las rocas del desfiladero, que se trataba de un niño.

Pero como los niños no vuelan, creo que era un querubín o un demonio en forma de niño. El caso es que, como era algo pequeño, con más tranquilidad comencé a platicar con aquél ser y mientras ganaba altura, enseguida me platico que como era exageradamente travieso, incluso más inquieto e hiperactivo que los actuales infantes, nadie lo soportaba en el cielo y no tenía amigos con quien jugar. Después de varios minutos de placentero vuelo y de charla amena, él me dijo:

-“Así como yo te he cumplido tu deseo de volar, ahora quiero que tú me cumplas un deseo.”

Me sentí chantajeado y le dije que por mi parte no le cumpliría ningún deseo, que me bajara en ese instante.

Él, enojado por mi negativa, me soltó y yo comencé a sentir el vértigo de la caída y grité de miedo al ver la cercanía de las peñas; pero enseguida él se deslizó, cual águila, atrapándome de nuevo al vuelo. Sintiéndome a salvo, reconsideré su petición y le dije:

-”¡Hombre, está bien, vamos a negociar tu deseo!”

Seguimos avanzando, y esperé a que dejáramos las rocas y nos adentráramos hacia el lago. Entonces me enteré de su deseo:

-”Quiero que hagas que Enriqueta diga que me quiere mucho antes del viernes”. Me dijo.

Pues mis estimados amigos, sucede que Enriqueta es una muy querida amiga mía, así que la propuesta fue muy indignante para mí. Analizando la situación, si me dejaba caer de nuevo, ahora caería en el agua, en lugar de las rocas. Con la certeza de sentirme ahora seguro, con mucha autoridad y coraje, le ordené a aquella “cosa” del demonio que me bajara inmediatamente:

-“¿Estás loco?, no voy a hacer tal cosa”, le grité, “y quiero que me bajes donde están aquellos pescadores secando sus redes en la orilla del lago”.

Seguramente se asustó con mi actitud de enojo, pues me bajó rápidamente y aterrizamos a la orilla del lago, cerca los botes de los pescadores. Una vez que me sentí seguro en tierra firme, comencé a discutir con el niño, y lo atrapé de los pies. El me gritaba que lo soltara, y aunque apenas momentos antes él podía con mi peso, yo trataba de que no se fuera volando. Internamente tenía el temor de que por despecho le hiciera una travesura a Enriqueta. Así pues lo sujetaba de sus pies y me tenía con mis brazos al cielo:

-“Suéltame, esto es maltrato infantil”, me gritaba entre otras estupideces y malas palabras.

Y después de momentos de forcejeo, dejó de gritar palabras y ¡comenzó a gritar en pitidos! Yo me extrañé de lo anterior. Como dejó de patalear y dejó de resistirse, bajé su cuerpo a la altura de mi pecho mientras él seguía emitiendo los pitidos. Entonces su cuerpo se esfumó convirtiéndose en ¡un reloj despertador!

En ese preciso instante me desperté con la sensación de tener un ruidoso reloj despertador entre mis manos. Efectivamente, en la vida real, mi reloj despertador estaba sonando. Me giré, estiré la mano y lo apagué. Volví a recostarme y por momentos rumié lo que sucedió en mi fantasía onírica.

© Francisco J. Carabez 13 Octubre 2006

Monte Coxalá

Monte Coxalá

Una personalidad atrayente.

June 23rd, 2008

“El Barón los recibirá en su despacho” nos dijo el conserje de edad madura encargado de la casona vieja ubicada en un barrio del centro histórico de la ciudad, mientras caminaba al frente de nosotros para guiarnos para la entrevista concertada con anterioridad. La finca conservaba el señorío de antaño y uno se sentía transportado a los tiempos antiguos al pasar por los pasillos impecablemente conservados.

Para llegar al despacho subimos unas escales que tenían a su mitad un descanso. Antes de la oficina, había una sala de espera donde algunas personas aguardaban su turno para ser atendidos. Al llegar nos sentamos en unos cómodos sillones mis amigos y yo a esperar a que el Barón nos llamara. Sobre una mesa había una moderna pantalla de Alta Definición que serviría de recreo para hacer más amena el tiempo de espera de los visitantes.

“Aprovechando la ocasión”, se dirigió a mí el conserje, “acabamos de adquirir esta nueva pantalla, y ya que es usted entendido en estos aparatos modernos, nos complacería si hace los arreglos para que funcione correctamente”. “Con mucho gusto” contesté. Y después de algunos minutos terminé de conectar el Reproductor de Video de Alta definición con la pantalla, tomé una película incluida como obsequio por los fabricantes, la introduje al aparato que de inmediato mostró los títulos iniciales; era una película de dibujos animados por computadora y todo mundo quedó absorto ante la calidad de video y de sonido.

Apenas comenzó la trama cuando el Barón se paró en el marco de la puerta despidiendo a unas personas. Él era de ésas personas que tienen una personalidad atrayente. Al mirarme me saludó y con un ademán me pidió que me acercara. Después de saludarlo le expliqué que mis amigos tenían un negocio muy interesante que tratar con él, y que yo sólo era el contacto entre ellos y él; mis amigos se acercaron a mi señal. 

“¿Qué cuentas de nuevo?”, me preguntó cambiando de tema, le dije que acababa de conseguir el cuarteto para cuerdas K421 de Mozart en audio de alta calidad, que habría que descorchar una botella de tinto para apreciar y discutir sobre la interpretación.

Mis amigos entraban a su despacho al tiempo que yo me despedía del Barón. “¿No entras?”, me preguntó. Le dije que el negocio era idea de ellos y sólo a ellos les concernía. Que por mi parte tenía un asunto urgente que atender en la casa de mis padres. Me despedí y con celeridad salí de la casa.

Ya en la calle, abordé un taxi y desde el asiento de atrás podía apreciar que era un anciano el que manejaba, aunque sólo veía su nuca que tenía un corte de pelo corto y canoso. “A dónde vamos, joven” me preguntó al tiempo que me miraba con sus ojos grises por el espejo retrovisor. “¿Cuanto me cobrará por llevarme al Castillo?” le respondí. “Ah, el Castillo es un lugar lejos. Lo malo es que de regreso uno no encuentra clientes” me respondió a manera de justificar el precio alto que seguramente me cobraría. “Por favor dígame para ver si tengo suficiente dinero.” Dije. “Le voy a cobrar $800”. La cifra me pareció muy alta y sin ganas de negociar le pedí que detuviera el carro para bajarme.

Inesperadamente, él giró su torso y me sujetó las manos aprisionándolas contra mi pecho. Entonces fue que aprecié una marca que tenía en su frente, parecía causada por una quemadura hace mucho tiempo, que junto a sus ojos grises le daban un aspecto macabro a su rostro. Lo que terminó por paralizarme de miedo fueron sus uñas negras con forma como las que tienen las garras de cuervo, que miré cuando acercaba lentamente su mano a mi rostro haciendo una marca imaginaria sobre mi frente. Yo, paralizado, había entrado en estado de pavor. Después tocó con la asquerosa uña de su dedo índice a la vena de mi cuello, resaltada por la acelerada  palpitación de mi corazón. Seguramente a él le parecía graciosa que la vena reaccionara así con angustia del miedo.  “Lleva el mensaje” me ordenó mirando en lo profundo de mis ojos…

En ese preciso momento, me desperté boca arriba sintiendo la presión de mi brazo derecho en mi pecho y sobresaltado por la pesadilla, hice un intento por quitarme la siniestra mano que sólo existía en mis sueños. Aún tenía la boca amarga de miedo.

 © Francisco J. Carabez Víspera del día de todos los santos Noviembre 2007

Busco, busco y no busco.

May 12th, 2008

- Busqué.
- Busqué y busqué.
- Busqué, busqué y no busqué.
- Busqué el encuentro fortuito.
- Busqué el misterio de lo nuevo.
- Busqué en una amistad que nacía.
- Busqué su rostro que emanaba paz serena.
- Busqué sus ojos que brillaban aún en la noche más obscura.
- Busqué su voz melodiosa que llenaba los espacios con una alegría mágica.
- Busqué la razón por la que el corazón palpitaba con el frenesí de primavera.
- Busqué la metamorfosis de amiga en amante.
- Busqué los roces tiernos.
- Busqué sus manos suaves y su abrazo efusivo.
- Busqué la sensación de saberme amado.
- Busqué su sonrisa alegre y carcajada franca.
- Busqué su compañía y su charla.
- Busqué su silueta con forma dulce.
- Busqué su piel pálida y joven.
- Busqué percibir el aroma de su flor de mujer.
- Busqué la inocencia que le robé un sábado por la tarde.
- Busqué la dicha de poseer su sensualidad en plenitud.
- Busqué su calidez.
- Busqué y ella también buscaba.
- Busqué y la encontré y me encontró y nos encontramos.
- Busqué y ahora la busco de nuevo.
- Busco.
- Busco y busco.
- Busco, busco y no busco.
- Busco porque necesito encontrarla.
- Busco para desahogar el nudo en mi garganta.
- Busco aún la redención de un pecado ya perdonado.
- Busco saldar la promesa incumplida.
- Busco borrar el recuerdo oculto en la sombra lúgubre que tiritaba bajo sus labios que embozaron una mueca disipada en un patético intento de sonrisa cuando le dije que ya no me buscara más.
- Busco porque desde entonces a diario la pienso.
- Busco porque en lo profundo de mi corazón está latente un certero “¡Sí, búscame!”
- Busco saber, después de tanto tiempo, si ella es ahora feliz.
- Busco.
- Busco y busco.
- Busco, busco y ¿qué busco?…
- Busco el olvido.

© Francisco J. Carabez 26 Abril 2008

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El Dilema de los Eruditos.

May 2nd, 2008

Cuando les contaba a mis amigos este relato, les aclaraba que tenía la intención de que  éste sería un cuento para ser narrado solamente; pues era muy largo para ser escrito y que jamás lo plasmaría en papel. Así que al tiempo que escribo estas palabras se aplica una variante de la definición de ironía verbal: cuando el sentido literal es opuesto al sentido real. Pero el dilema moral que descubre mi anterior “proto-mentira” es simplemente el preámbulo de otros tres dilemas morales de mayor interés, lo cuales describo brevemente.

Primer dilema moral: Del erudito en libros.

Hace mucho tiempo, cuando Occidente dormía en su sueño medieval, la Iglesia era la encargada de conservar la memoria y el conocimiento de los hombres. Antes de que se inventaran las universidades, las bibliotecas en los monasterios  guardaban la sabiduría en las obras del pasado y de aquél presente.

Humberto Eco en su libro “El nombre de la rosa” narra que en el invierno de 1327 un maestro y su discípulo fueron enviados a una  abadía que era famosa por su enorme biblioteca, para discutir una supuesta herejía de una rama de los franciscanos llamados los espirituales. Pero debido a una serie de asesinatos que se inician el mismo día en que llegaron, el maestro y el discípulo desvían su atención para resolver los crímenes.

Finalmente las sospechas recaen en el viejo bibliotecario que tenía la responsabilidad de leer todos los libros para censurar aquellos que estaban en contra del dogma; y la causa por la que cometió los crímenes era el libro del segundo tratado sobre poética de Aristóteles –supuestamente perdido- que trata sobre la risa.

Moralmente para el bibliotecario, dar a conocer el contenido de dicho libro en un mundo donde la Iglesia dominaba por medio del dolor y del miedo traería el caos en el orden de aquella sociedad obscura y reprimida donde no había cabida para la alegría.

Así que cuando el viejo se ve descubierto por los jueces, huye tratándose de esconder en el laberinto de su biblioteca, y justo antes de ser atrapado tiene que tomar una decisión desesperada: Por un lado tiene que destruir el libro por las consecuencias que su divulgación tendría en la fe de los seglares; y por otro lado sería deplorable deshacerse de la reliquia histórica que tenía en sus manos. ¿Ven el dilema? Tiene que destruirlo pero no debe destruirlo. En el último momento, el viejo hace tirones el libro y se lo traga. Al no poder destruirlo: lo deglute, lo asimila. ¡Una solución genial!

 Segundo dilema moral: Del erudito en arte.

¿Conocen la trama del libro de Thomas Harris “El silencio de los corderos”? El libro precedente es “El dragón rojo” del cual asistí a ver la película que trata de un asesino en serie que nace con un defecto físico en el rostro; razón por la que es rechazado por sus padres y finalmente su infancia transcurre en una granja al cuidado de su senil abuela quien lo amenaza con castrarlo constantemente.

El niño rechazado y traumado comienza a hacer transferencias: su ira y su rencor encuentran alivio cuando mata animales de la granja en lugar de liquidar a la anciana.

Ya independiente, de adulto, investiga a fondo la obra del pintor William Blake y se obsesiona tanto con la obra “El gran Dragón Rojo y la Mujer vestida en sol” que se la tatúa en la espalda, acto que detona su instinto latente iniciándolo como asesino serial.  

Pero cuando empieza una relación romántica con una colega ciega, su nuevo amor crea un conflicto con sus impulsos homicidas que él atribuye a la pintura original.

Así pues hace una cita con el Museo de Brooklyn para estudiar la acuarela y cuando lo dejan sólo con la obra, se le presenta la siguiente encrucijada moral: Por una parte tiene que destruir la pintura para dejar de matar y buscar una relación normal con su novia. Por otro lado se sabe incapaz de dañar una obra de invaluable calidad artística y a la cual él venera. En esa precisa escena, estando yo en el cine, -pensando para mis adentros: “que se la coma, que se la coma”- al ver que él hace pedazos la acuarela y se los lleva a la boca, me levanté emocionado de la butaca gritando “¡bravo, bravo!” ante el enfado del resto de los cinéfilos. Sin duda una escena exquisita, y una excelente solución.

  Tercer dilema moral: Del erudito en floricultura.

La conocí cuando ella tenía catorce años. Era una chica aficionada al cultivo de las flores. No lo niego, me gustaba su charla y su compañía, pero la edad era un impedimento para que surgiera un romance entre nosotros, pues yo recién entraba a los treintas.

Cuando decidí no aceptar la invitación que me hizo para su fiesta de cumpleaños número quince, ella esperó un año y lo intentó de nuevo al llevarme serenata justo antes de cumplir los dieciséis. Yo aún respetaba sus sentimientos. La evadía y me mantenía al margen tratando de guiarla con los mejores consejos que podía ofrecer; ilustrándola con la obra de los grandes genios y llenando su cabeza con un mar inmenso de posibilidades para su futuro y haciéndole entender que yo sería un ancla en su proyecto de vida.

Para no hacer el cuento largo, ante su insistencia, decidí dar una oportunidad a la muchacha.

De manera que la relación era ya profunda cuando ella cumplió los dieciocho. Para entonces se dio la ocasión donde estuvimos por fin a solas, y justo antes de intimar sexualmente ella me aclaró que su flor de mujer estaba intacta. En ese momento exacto vino a mi mente la sabiduría fruto de todos mis años de estudio y de lucha por un mundo mejor, emergiendo mis sentimientos de protección paternal. Pero por otra parte el aroma de su flor de mujer había erigido mi primavera ahora palpitante y deseosa de explotar.

¿Ven mi dilema? Dentro de mi, el erudito no debería destruir la flor, pero mi patán interno no podía dejarla intacta. Así que siguiendo la inercia, mi solución también fue brillante: me comí la flor.

 

Conclusión: Los eruditos terminan asimilando aquello en lo que son expertos.

 

© Francisco J. Carabez 30 Abril 2008

 

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